Actualizado: 05/12/2019 10:02
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Umap, Homosexuales, Represión

Un ciervo herido (III)

CUBAENCUENTRO continúa la publicación de una selección de capítulos, en cinco partes, de esta novela testimonio sobre las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (Umap)

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Buruburuburu hacían las tripas de la loca, 21, en la noche. Si yo hubiera tenido las pastillas de Meprobamato me hubiese tomado un par luego de asegurarme de que él dormía. Pero no tenía. Y después que lo sabía dormido intentaba dormirme yo y me demoraba mucho, muchísimo. No tenía dudas de que era una loca intrépida. Tampoco se refrenaba para ocultarlo. Yo me dije: 22, termina esta jodedera de una vez porque te vas a enloquecer más de lo que siempre has estado, durmiendo tan poquito, con sobresalto tanto y derritiéndote requetesoñoliento en el día contra los números. Yo hacía broncas en las raspas de arroz por Luis Arturo. Si agarraba yo una buena torta de raspa, Luis Arturo se alegraba descomunalmente porque, agarrase lo que agarrase, le daba a él tres cuartos. Él se comía toda la que pudiera agarrar para sí. Las raspas las sacaban anochecido hasta unos metros más allá de la entrada del comedor. Cerca de la pipa de agua. Junto al tramo entre los excusados y los lavabo-lavaderos. Allí se iban los grupazos de Umap en cuanto terminaban de comer. Muchos fingían una cola para tomar agua. Los cocineros sacaban el calderón y el enjambre le partía encima. Creo que a veces los cocineros dejaban que el arroz hiciera más raspas de la cuenta. Y otras aun venía arroz real sobre las raspas. Cuando ya no era posible sacar más puesto que el fondo del calderón y la lámina de raspas eran la misma cosa, los cocineros, que habían observado como quienes se hallan de espectadores en una arena de boxeo, metían agua al calderón y limpiaban bien y soltaban en la cubeta del sancocho —dicen que destinado a una granja de puercos. Cada Umap procurador de raspas llevaba una cuchara, algunos dos para halar con todo y echárselas hasta en los bolsillos y masticar luego aun cuando ya habían dado la orden de silencio. Llegó un sargento político y dijo está bueno ya de pelearse por las raspas. Tenía trazas de mandril y hablaba como si los mandriles hablaran. Los Umap rasperos nos quedamos congelados, en firmes, mientras el uniforme verdeoscuro, yendo de un lado a otro, brillaba con los destellos de los mechones del comedor. Quiso decir que era un espectáculo infame eso de ver a los hombres que se están formando en los principios socialistas y revolucionarios del Hombre Nuevo peleados por un poco de raspas. Quiso decir que era una debilidad ideológica que debilitaba ideológicamente la ideología de un soldado de la patria de Fidel y de Martí esa mierda de estar guerreando como contrarrevolucionarios por un poco de raspas. Esto fue en suma lo que quiso decir, si bien utilizó palabras de mandril. Algunos lacrosos Umap masticaban o mordían o guardaban en bolsillos cuando él apareció y quedaron fragmentos de raspas afuera de varias bocas y otros desdichadamente cayeron al suelo al ponerse sus posesores en firmes. Yo estaba fuera de la vista del mandril; venía por la acera de entrada al comedor y quedé en atención con el mandril de espaldas a mí. Mandó a ponerse cómodos y siguió mandrileando oralmente unos minutos. Dijo a los cocineros que en lo adelante le avisaran a él cuando estuvieran listas las raspas. A los demás Umap cada uno a su barraca. Se vio al mandril ir a la jefatura y regresar con sus congéneres sargentos políticos. Se reunieron junto al calderón y finalmente lo halaron más allá, hacia la cabeza de la pipa. Volvieron a reunirse y al minuto y medio o dos desenvainaron cucharas y se pusieron a comerse las raspas. Me alejé y, porque estaban al dar la orden de silencio y no quería me agarrara caminando por fuera, me metí por la entrada del fondo y atravesé la barraca encorvado a todo dar entre las hamacas. Me sentí triste. Hasta la mudez. Como otras veces por diferentes causas me eché un par de cabecitas de lágrima por lo menos. Me metí en mi hamaca medio muerto de pesar y ya la arrojada loca se hallaba acostado y comenzó el regateo. Sus tripas cabronas como conejos haciendo cuevas. Lo enfilé de reojo mucho después para asegurarme de que no sólo sus ronquidos indicaban que se había dormido. No se le veían las chispas de los ojos. Moví mi codo derecho bien fuerte y por tanto igual mi hamaca contra la suya y la señal que dio fue la de un sueño de muerto. Me concentré en busca de mi dormir mirando al techo o creyendo que miraba al techo que no se veía. De primer paso al quedar dormido soñé con mi mujer estudiantica y jovencita, sus ojos candorosamente oscuros. Yo había regresado y llevaba catorce horas haciendo el sexo con ella y mi mamá gritaba derribando la puerta del cuarto coño pero te vas a morir de tanto templar, diciendo. Esto yo lo sabía y lo afirmaba mi mamá con sus gritos. Pero era sólo la memoria del sueño porque en imágenes únicamente había transcurrido el palo que ahora estaba echando: mi mujercita bocabajo con su hermoso y tierno culo trigueño como toda su piel y yo que la iba penetrando despaciosamente mientras la asía por la cintura con ambas manos como si mis dedos fueran colmillos. La clavé hasta donde dice “aquí termina el camino” mientras gozaba mirando cómo se agitaba su revuelta negra cabellera y cuando me sentía al eyacular desperté. En la vida real la avezada loca, el 21, tenía mi majagua, parada y durísima, agarrada con toda saña por encima de los calzoncillos verdeoscuros de popelín satinado.


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Edición en italiano de Un ciervo herido.

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