Actualizado: 13/12/2019 11:14
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Umap, Homosexuales, Represión

Un ciervo herido (V)

CUBAENCUENTRO concluye con esta entrega la publicación de una selección de capítulos, en cinco partes, de esta novela testimonio sobre las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (Umap)

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Desde la puerta de la jefatura el teniente gritó: “¡Metan también a ese 33!” Con esto el teniente quería decir que metieran a Guillermo la Rumba en la reata de los testigos de Jehová. En este lance la perdición de Guillermo la Rumba ha sido la leche condensada. La leche condensada la habían traído hacía poco. Con ella preparaban el líquido del desayuno. Antes, había sido con leche evaporada; ahora, con la condensada, quedaba igual de transparente, agua casi. Guillermo había manifestado constantemente, durante los últimos cuatro o cinco días, que tenía unas ganas horribles de meterse por lo menos unos buches de leche condensada, chupados de la misma lata, como hacía cuando niño escondido de la madre; y ya grande sin tener que esconderse de nadie, “comprada con mi dinero”. “Hasta que ya ni con dinero: el comunismo acabó también con la leche condensada, de pinga”, aclara enseguida, levantando el índice, rastrillándolo en dirección al cielo. Creo que después del ron, la bebida que más me gusta es la leche condensada, había dicho quinientas veces en los últimos cuatro o cinco días, desde que había leche condensada en la “unidad”. Había tratado con los cocineros por todas las vías: dinero, chantaje (podría decir que tú —a un cocinero— les sirves más comida a los machos que te gustan), flirteo, apuesta de una lata a las tres y media. Pero los cocineros tenían pánico: cualquier cosa antes que soltar una lata y que no les diera correcto el conteo que les hacían los del “batallón”. La tarde anterior, el teniente en persona entró en las barracas y se fue directo adonde estaban los testigos de Jehová en sus grupitos y les metió una descarga que podría dar horror pero que no conmovió a los testigos. El teniente venía seguido por unos sargentos y cabos Umap y en el camino pateó cualquier tabla o caja o jarro que estuvo a la distancia de sus botas. De los jefes, es el teniente quien más rápido y suelto camina encorvado entre los soportes de las hamacas. Les dijo a los testigos, primero, que ya les había dado muchos chances para que rectificaran; hacía días que no los obligaban a formar filas. Los conminó a que entendieran sobre el porvenir de lo terrenal, que no tomaran por caso a un dios que no existía. Esto se los había repetido miles de veces. ¿Qué sería de la patria si todos actuaran como ellos: sin jurar la bandera, sin formar filas, sin trabajar uniformados, sin trabajar en fin? Era el atardecer. Se escuchó esta misma charla como de una grabadora dicha por el teniente a los tres o cuatro grupitos de testigos de Jehová, que no se ponían de pie y en atención cuando entraba un jefe, como era obligatorio, ni aunque fuera el teniente. Ninguno de los testigos de ningún grupito movió una pestaña por lo dicho. El teniente se volvía para los otros Umap que curioseábamos: “¿Ven?, ¡¿ven qué parásitos?!” Les dijo, segundo, que quien no trabaja no come y sin embargo ellos comían, ¿no? ¿Eh?, con ustedes no queda más remedio que la mano dura, la cañona, y nosotros —señaló abanicando con un brazo a los jefes que lo acompañaban— estamos aquí para que se cumplan las órdenes del Ejército y la Revolución, ¿verdad? A los testigos de Jehová que les miré la mirada, les vi en ellas, como otras veces, una mezcla de aburrimiento y estoicismo. Hacía días que no les hacían la reata para obligarlos a formar filas en la mañana. Guillermo no nos dijo a los socios que se iba a lanzar por una lata de leche condensada. En la trascocina se guardan los abastecimientos; un almacencito. La Rumba nos diría luego que él había cubicado bien dónde estaban las cajas de latas de leche condensada. Y que, ojalá, pensaba, había rogado a sus santos, pudiera meter mano a dos o tres latas. La Rumba quedó trabado y un cabo Umap dio la alarma amaneciendo: “Ese negro cabrón está trabado en la ventana”. La ventana estaba como a siete pies de altura. Guillermo se subió en dos o tres cajones y afincó manos y se tiró hacia arriba. Él sabía que a la ventana, muchas veces, no le cerraban la hoja; era más bien una ventana para la entrada de aire, los cocineros solían pegar la hoja desde abajo con un palo, con el que podrían también pasarle el cerrojo, pero este último trabajo casi siempre se lo ahorraban. Guillermo la Rumba, mitad inferior del cuerpo colgando hacia afuera, mitad superior hacia dentro, logró agarrar par de latas de leche condensada con la derecha; con la izquierda, afincada en la base de la ventana, trataba de ayudarse en el equilibrio. Pero la sangre se le iba toda a la cabeza y sus pies, allá afuera, patinaban en el vacío. ¿Qué coño hago ahora?, se preguntaba sin soltar el par de latas. ¿Cómo meto ahora la marcha atrás?, se preguntaba. Entonces decidió que se iba a tirar hacia dentro, esperar a los cocineros, amenazarlos, llevarse las dos latas, guardarlas en sus pertenencias, meterse en la hamaca, esperar, tranquilito, el “¡de pie!” Él, furtivo, se había levantado, aún a oscuras, para llevar a cabo la operación. Él, la tarde antes, había localizado y calculado a vista los cajones que le iban a servir, y la ruta que seguiría para no toparse con algún cabo Umap. Pero sus cálculos fallaron en cuanto al tiempo que emplearía en la operación: ya casi amanecido fue que logró saltar a la ventana. Si perdí tanto tiempo fue porque había que hacerlo sin ruido, de pinga, nos dijo luego. ¿Y por qué no nos avisó que pensaba embarcarse en este asunto? De pinga, respondió, ya ustedes lo saben: no me gusta preocupar a los socios. ¿Y cómo fue que el cabo Umap descubridor, si sólo lo veía del culo para abajo, supo que era Guillermo? “¡Ese negro cabrón está trabado en la ventana!”, había gritado el cabo Umap. Me miró a los pies, contestó Guillermo, yo fui descalzo, sutilito, sin ruido, de pinga. “¡Cáete pa’ dentro, 33!”, le ordenó el teniente desde dentro de la trascocina. El teniente y otros jefes habían sido avisados y estaban mirando el desenlace dentro de la trascocina. Toda la sangre de Guillermo la Rumba se agolpaba en su cabeza; rojísima debía estar mi cabeza, dijo él luego. “¡Suelta las latas, ladrón! ¡Cómo se te ocurre robar lo que es del colectivo!”, le gritó el teniente. Guillermo dejó caer el par de latas y ya, de tanta sangre acumulada en la cabeza, apenas le quedaba vista, contó luego. “¡Que te dejes caer pa’ cá, ratero!”, le gritó el teniente. Guillermo se deshizo de la palanca que se hacía con la mano izquierda y la contracción del vientre, y se dejó ir en brazos de dos o tres cabos Umap que lo pelotearon él cayendo de cabeza. De pinga, dijo ya con los pies en el suelo, respirando a trancos, mareado, y más que todo: se sentía humillado. “¡Y encima dices malas palabras!”, le gritó el teniente levantándole la cara mediante un apretón en la barbilla. No había terminado el teniente de gritar: “¡Metan también a ese 33!”, cuando un sargento, que desde los primeros días había dado muestras de sentir por Guillermo la Rumba el sentimiento más contrario al amor que pueda existir, se lanzó hacia él y de una patada en las nalgas lo sacó de las filas, donde ya estábamos en posición de atención, y lo llevó adonde se hallaban los testigos de Jehová esperando para que los mancornaran. Los testigos de Jehová son todos iguales, no es posible decir el rubio o el trigueño o el alto o el chico o el delgado o el grueso, son como un ejército hecho con el mismo gen. Nunca se resisten cuando les amarran el cuello, los ponen en reata, los encaminan a las filas. Pero cuando los están haciendo llegar a la formación se dejan caer, se desmadejan. A Guillermo lo llevó el un sargento y lo enganchó al final de la reata; ya sólo quedaba un pedacito de soga libre. A veces, hacen tres o cuatro reatas con sendos grupitos de testigos. A veces, como hoy, empatan las sogas y hacen una sola: como una larga sarta de chorizos. Ningún sentido tenía sacar a Guillermo de la fila, ponerlo en la reata, traerlo sumado a ésta como si también él se negara a formar, fuera un testigo. Pero el teniente estaba este amanecer con inmensa mala sangre. Guillermo nos había dicho antes de formar, recién llegado de su derrota: y el muy maricón me dijo que en ésta iba un buen castigo, ya lo vería yo, pero en la próxima falta me mandaba enterrar, y eso sí es del carajo, de pinga. El teniente hizo una señal desde la puerta de la jefatura y los sargentos ordenaron ponerse en posición de descanso. Yo lo vi: el segundo teniente se había ido a los excusados ya zafándose el cinto por el camino y apretándose la barriga, como quien se está cagando ahora mismo y se está reventando de dolor de vientre. ¿Sería? Guillermo la Rumba venía cabizbajo al final de la reata y con las manos entrelazadas a la altura de los cojones. Todos los testigos de Jehová serán iguales, pero debo decir que ahora, el que más gaznatones cogió fue el más rubio de los rubios; que se tiró en el suelo antes de lo tradicional y paró el compás de la reata antes de lo tradicional. ¿Por qué este testigo, que agrego era de los más suaves, se dejó caer en el suelo antes de tiempo? Él, Dios y el Misterio sabrán. Su tez era blanquísima y a cada bofetón la sangre parecía parársele sobre la piel. El soldado de guarnición Luis Díaz Campanería, par de cabos Umap y par de sargentos lo sonaron a cachetadas más largas y más cortas. Un sargento político haló la soga por el extremo delantero y el tirón, en contra del peso del testigo de Jehová que ya estaba en el suelo, se llevó a la tierra al resto. ¡”Cojones, me cago en Dios, sáquenme de aquí!”, gritó arrodillado Guillermo la Rumba. El sargento de su pelotón, el un sargento que tanto desamor por él sentía, fue y, arrodillado el mulato, le pegó un aletazo que traqueteó por todos estos montes. El testigo rubio continuaba en el suelo, ahora boca abajo y tirado a todo lo largo que el lazo le permitía, y cabos Umap y sargentos y sargentos políticos fueron y lo pusieron en pie a la fuerza, a jalones, y arrearon con toda la fila mancornada adonde la formación. El bulto de testigos de Jehová con Guillermo la Rumba de rémora fue desenlazado. Los testigos de Jehová nunca habían respondido por sus números. El segundo teniente seguiría cagando y adolorido de panza; debió ser el teniente quien diera la orden a los sargentos: llamar a cada cual por su número y que se incorpore a su lugar. Los sargentos, con el desgano de quien ya sabe de antemano la respuesta, llamaron a los testigos por su número. Y ellos siguieron en el suelo. Sin oír. Sin mirar. Sin estar. Con qué clase de mala sangre amaneció hoy el teniente: “¡Métanlos!”, gritó desde la puerta de la jefatura. Es también el amanecer del Misterio: golpean mucho más los que hasta ahora golpeaban poco, y aun golpean los que yo no había visto golpear. Sólo el 33 se había incorporado a su puesto con el llamado. Bajito, venía repitiendo, “de pinga”. A empujones y patadas por el culo, fueron llevados a sus sitios vírgenes en la formación los testigos. Y allí, unos se sentaron, otros pusieron una rodilla en tierra, otros se encorvaron mirando al suelo. El teniente gritó que ya el sol estaba en medio del cielo —el sol, en verdad, apenas estaba tomando cuerpo a espaldas de nosotros— y entonces ¿qué?, que desayune esa tropa y que vaya a trabajar la tierra, que eso es lo que la Revolución socialista está esperando. Dicho esto, el teniente se acercó, en su mañana hasta ahora de más mala sangre según mi contabilidad, y señaló uno por uno a los testigos diciendo “amarrado a un poste hasta el atardecer”, y apuntaba a las cercas, y dejó para el final al rubio pielblanquísima: “Enterrado hasta que yo me acuerde que existe”. Y a mí me temblaron los huevos.


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