Actualizado: 24/05/2018 9:18
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Castro, Cambios, Presidencia

«Good Bye, Castro!»

No es que de inmediato se producirán cambios y sustos en un proceso pautado desde hace tiempo

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Desde la óptica del exilio cubano con mayor voz y voto, el proceso iniciado el 31 de julio de 2006 —lo que fue entonces la entrega temporal del mando del gobernante Fidel Castro— ha disfrutado de una visión pendular, cuando la realidad y la historia de la isla tienden al círculo y la espiral.

Luego el traspaso fue definitivo, después Fidel Castro falleció y esta semana Raúl Castro se va de la presidencia—bueno, al menos eso es lo que ha dicho.

Sin embargo, durante todos estos años ha continuado la discusión sobre dos conceptos supuestamente antagónicos: sucesión y transición. A veces este discurso ha quedado relegado casi al olvido, como un manto piadoso ante el fracaso. Otras, ha renacido impúdico, con llamados disparatados a “evitar la sucesión dinástica”, que suenan a barricada, pero cuyo puesto de avanzada no es de conquista sino de café.

Lo que se mantiene vigente es un alegato ilusorio, en que se mezcla el reclamo de avances de la oposición, que no se ven por parte alguna, y la persistencia del aparato represivo, que ha modificado procedimientos pero que mantiene fines.

Cuando las reformas anunciadas por el ahora gobernante saliente comenzaron a posponerse o a reducirse, y terminaron convertidas en capítulos de una nueva metafísica insular, la discusión giró hacia el estancamiento y la posibilidad real del caos y la catástrofe.

Durante todo ese tiempo dos actitudes determinaron la conducta de quienes estaban al frente del régimen cubano.

En el caso de los más viejos, un afán de ganar tiempo para mantenerse en el poder por lo que les quedaba de vida. Y en lo que respecta a los más jóvenes, sobrevivir a la espera de la muerte natural de aquellos de más edad, para a partir de ese momento establecer alianzas de todo tipo e integrarse dentro de un nuevo centro del poder.

Hasta cierto punto esta etapa se cierra a partir de hoy. No es que de inmediato se producirán cambios y sustos en un proceso pautado desde hace tiempo. Pero si finalmente Miguel Díaz-Canel es el elegido como presidente, surge la posibilidad de abrir un camino de gestión tecnócrata que si no logra el éxito esperado en un período determinado —sea por ineficiencia o por rencillas internas acrecentadas— es sencillo de modificar: no se sustituye a un Castro, pero a un Díaz-Canel se quita fácil del medio. Lo que abre la posibilidad de que Raúl Castro no esté designando a un sucesor sino simplemente a un paraguas.

En cualquier caso, desde el exilio cabe la esperanza de oír hablar menos de Castro. Posiblemente sea una ilusión tonta, que pasa por alto análisis políticos, el papel del Partido Comunista de Cuba, conspiraciones de todo tipo y la receta de las croquetas del Versailles. Aunque todo radica en vivir lo suficiente, y esperar por el día en que se mezclen Fidel, Raúl y Mariela con José Castro; el gobernador californiano que nunca renunció a la ciudadanía mexicana y hoy hubiera odiado Trump, y con un distrito que lleva su apellido y simboliza el movimiento LGTB en EEUU.


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