Actualizado: 16/10/2017 9:39
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Turismo, Cambios, Economía

La clave está en el turismo

La relación del Gobierno cubano con el turismo internacional está convirtiendo a esta industria tanto en motor de cambio como en razón de sobrevivencia del sistema

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Hace años, un joven sociólogo cubano comenzó a comentar, entre sus amigos y compañeros de investigación, que pensaba que la solución a las dificultades económicas de Cuba radicaba en el turismo. No veía grandes posibilidades en la industria azucarera, incluso si se desarrollaba de forma adecuada. Los precios del azúcar nunca alcanzarían niveles “estratosféricos”, como el petróleo, y menos aún con el creciente desarrollo de los edulcorantes y la tendencia mundial en aumento a que todo el mundo hiciera dieta. No veía tampoco solución en otros terrenos, como la exportación de níquel y la producción agrícola. Por otra parte, la industrialización del país era un sueño irrealizable, pese a la “ayuda solidaria” de la URSS y el campo socialista. La Isla necesitaba una fuerte entrada de divisas, y ahí estaban los turistas internacionales para brindarlas. Pronto le advirtieron “amigablemente” —los “compañeros de la Juventud y el Partido”— que dejara de hacer esos comentarios o sería acusado de “diversionismo ideológico”. Corría la segunda mitad de la década de 1970.

Con el tiempo el Gobierno cubano llegó a admitir casi todas las realidades de las que hablaba el sociólogo, y a nadie se acusa en la Isla de “diversionismo ideológico” por ello. Todo lo contrario, Cuba alcanzó ya los tres millones de turistas extranjeros en lo que va de año, lo que significa un crecimiento acumulado del 12 % respecto al mismo periodo del año anterior, y la prensa oficial informó y alabó la noticia.

El Ministerio del Turismo señaló que ese resultado se ha registrado 39 días antes que en igual periodo de 2015 y considera que ha sido posible gracias “a la labor de los trabajadores del sector, así como de otras áreas de la economía y por el apoyo del Gobierno de la isla”, según una nota oficial, según la agencia Efe.

Sin embargo, el “peligro ideológico” continúa siendo real. No de la forma simplista de que los turistas internacionales y las posibilidades de obtener sustanciales ganancias por medios privados contaminarán la pureza del pueblo cubano, como aún advierten los partidarios del Gobierno. Tampoco bajo la ilusión neoliberal de que los visitantes extranjeros llevarán a los ciudadanos en las calles, y a las casas particulares si escogen ese tipo de alojamiento, los principios de la libertad y la democracia. El asunto es más complejo y fundamentalmente económico.

Un gobierno autoritario puede permitirse “el lujo” o la necesidad —por supuesto que es siempre la necesidad— de un turismo masivo desde el punto de vista migratorio, siempre que quienes van de visita sepan a qué atenerse. Para un gobierno totalitario las reglas son otras y el control migratorio mucho más estricto. Claro que, en la actualidad, y en lo que se refiere al turismo, los extremos han cambiado, aunque no la naturaleza del sistema.

La Unión Soviética practicaba un aislamiento total hacia los visitantes extranjeros, mientras que en la actualidad cualquier occidental puede visitar China y caminar libremente por las calles y hablar con los nacionales sin problema alguno; siempre y cuando no se meta en política y en ciertos sitios que no son precisamente la Ciudad Prohibida y ahora turística. A todo se añaden factores que van desde las diferencias culturales al conocimiento de idioma. En China, por otra parte, buena parte del turismo es nacional. Si uno visita, por ejemplo, la Muralla China, encontrará más chinos de otras provincias visitando el lugar que extranjeros.

Cuba es parte de Occidente, aunque Fidel Castro trató de alejar a la nación de esa realidad histórica y geográfica. Por lo general a ningún occidental se le ocurre, para ir de turista a China, buscar alojamiento en una casa particular. Pero para cualquier turista estadounidense esa idea es cada vez menos extraña.

Por la carencia de una estructura económica adecuada, y gracias a las afinidades culturales, la participación de los negocios particulares en la industria turística cubana es un fenómeno en ascenso. A eso es a lo que se refiere, indirectamente, el Ministerio de Turismo cuando menciona “otras áreas de la economía”. Admite, pero no reconoce. Pero la realidad es que el Gobierno cubano se ve obligado a compartir los beneficios monetarios con el sector económico no-estatal, o verse privado de ellos.

De esta manera, el cambio que viene ocurriendo no tiene que ver con turistas portadores de ideas democráticas y libertarias, más bien con dólares en los bolsillos. Y no se trata de una transformación inspirada en un paradigma de derechos humanos y sociedad civil, sino en el ejemplo de emprendedores que pueden vivir mejor trabajando por su cuenta y sin depender del Estado como empleador.

Visados

Si el Gobierno cubano quiere ampliar su industria turística, además de construcciones e inversiones extranjeras, necesita evolucionar dentro de ese modelo apegado al desaparecido ejemplo soviético, e imitar a naciones como España.

De acuerdo a Passport Index, en su edición 2016, solo los ciudadanos de 19 países pueden viajar libremente a Cuba, sin que se les exija visa. Ello coloca a la Isla, en la exigencia de visa, en una posición similar a la de Túnez, Cabo Verde, Zambia y Ghana.

Cuba se encuentra entre los países peor situados en el recibimiento libre de visitantes en una escala mundial, con un indicador de 61 (el lugar se determina en relación al número de viajes sin visados, junto con el visado a la llegada, así como la puntuación del país atribuida por el Índice de Desarrollo de Naciones Unidas para el Desarrollo Humano).

España ocupa el tercer lugar en la lista, junto a naciones como Francia, Gran Bretaña, Finlandia, Suiza y Francia, donde los ciudadanos de 89 naciones pueden visitarla sin necesidad de visa.

Al mismo tiempo, los cubanos pueden viajar sin visa solo a 19 naciones. Lo que coloca a la isla tropical al mismo nivel de países africanos como Níger, Nigeria y Sierra Leona.

Los españoles, por su parte, pueden ir sin visa a 157 países, al igual que los franceses, los británicos y los finlandeses.

Si Cuba pretende un desarrollo exponencial de la industria turística, tiene que ampliar su política de visados. Aunque de momento el objetivo de La Habana es, por una parte, potenciar el aumento de los visitantes tradicionales, canadienses europeos; incrementar nuevos mercados dentro de un marco confiable, como los turistas chinos; y, por la otra, en especial lograr cada vez más la llegada de visitantes estadounidenses.

Los ingresos que proporcionan los cubanos residentes en el extranjero, con familiares, vínculos o interés en visitar la Isla, quedan fuera de este marco. Para La Habana, el cubano que vive en el exterior, con independencia de que este haya adquirido otra ciudadanía, no deja de tener obligaciones raigales con la “patria”, en este caso y fundamentalmente someterse a sus requerimientos políticos y económicos. El “irse y quedarse” como política de Estado.

Desarrollo del país, bienestar de sus ciudadanos

Tanto en lo que se refiere al desarrollo del país. en su totalidad, como en lo que respecta al bienestar de sus ciudadanos, el turismo debe marchar parejo. Fue una realidad que terminó imponiéndose en España, incluso en tiempo de la dictadura franquista.

El Gobierno cubano continúa empeñado, como concepto, en una industria turística que limita al visitante extranjero a un receptor de beneficios en enclaves controlados, y a las empresas dentro del sector a un sector administrativo con inversión extranjera actuando en una propiedad estatal que es cada vez más un consorcio militar. Dicho esquema limita al ciudadano del país a simple empleado, que solo se distingue del resto de la población por desempeñarse en un área privilegiada en cuanto a ciertas ventajas (fundamentalmente económicas), pero a cambio de lo cual se le exige no solo eficiencia sino fidelidad absoluta. Es una política de cuentagotas: un trickle-down effect al estilo castrista.

El emergente sector privado —paladares, casas particulares— rompe este esquema y en la actualidad es permitido solo gracias a dos factores: la incapacidad del Estado para suplir la demanda y el empeño por la dirección del país en desarrollar una industria que considera vital para su sobrevivencia. Pero está condenado a un “enfrentamiento” inevitable con el Gobierno, en la medida que crezca su papel y los ingresos de quienes lo integran.

Cuánto demorará este enfrentamiento depende solo del mantenimiento o avance de la política de distensión con Washington y de la ausencia de un país extranjero que actúe como necesario patrocinador de la elite gobernante, en sustitución del cada vez más menguante rol desempeñado al respecto por el Gobierno de Nicolás Maduro.

En este sentido, puede afirmarse que tanto la sobrevivencia del imperante sistema cubano, como su transformación dependen en buena medida del turismo.


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