Actualizado: 18/10/2017 20:02
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Economía, Petróleo, Crisis

Malo si baja y malo si sube

El precio del petróleo ha sido la justificación más socorrida para tratar de ocultar la deficiencia del régimen para resolver los problemas económicos

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Antes de la llegada de Fidel Castro al poder, los cubanos vivían pendientes del precio del azúcar, que determinaba la existencia de “épocas de vacas flacas y gordas”. Pero a partir de 1959, otro producto ocupó ese lugar clave no solo en el imaginario popular sino en la realidad cotidiana: el petróleo.

Cierto que los enormes cambios en el mercado del crudo han repercutido en todos los rincones del planeta, pero en la Isla estos cambios se han visto definidos por coyunturas especiales, adaptadas a las características política. Ahora, sin ser un país petrolero, Cuba ve cercana la posibilidad de una grave crisis de liquidez precisamente por algo que en otras circunstancias le sería ajeno o incluso beneficioso: la caída de los precios del combustible.

Hay una especie de complejo de inferioridad petrolera que siempre ha recorrido el régimen de los hermanos Castro, y que ha buscado su compensación en aliados poderosos.

Es verdad que cualquier torpe especulación sicológica sobre el petróleo se enfrenta a la realidad de que se trata de una mercancía privilegiada en los mercados, pero aun así deja margen para señalar ese afán febril, que en un momento determinado puso en peligro incluso playas en la costa norte de la Isla —en un intento plagado de perforaciones mal hechas y peor planificadas— para llevar a cabo una búsqueda incesante de algo que, de forma asequible y en grandes cantidades, siempre ha eludido a Cuba.

Ese hallar una “fuente mágica” que solucione todos los problemas habla mucho de la herencia española de los hermanos Castro —de avaricia, ilusión y hasta envidia depositados en destapar un provecho abundante— y de su capacidad para trasmutar ese ensueño en oferta internacional.

Sin embargo, el limitado interés de las grandes compañías mundiales en los posibles yacimientos cubanos en la actualidad se debe en parte a los varios intentos fallidos en aguas profundas del Golfo. Pero también concurren los costos. Con los precios actuales del barril, la ilusión de encontrar petróleo en Cuba ha perdido todo su atractivo. Cualquier proyecto de aguas profundas, para ser rentable, necesita que el barril se coloque entre los $90 y $100.

El descenso en los precios afecta gravemente a Venezuela, el principal aliado del régimen cubano y suministrador de combustible.

En este sentido, la explicación se reduce a simples cifras. El Gobierno chavista lleva años gastando mucho más de lo que se presupuesta, lo que contribuye a que el país tenga una de las inflaciones más altas del mundo. El 95 % de los dólares que entran a Venezuela vienen de la exportación petrolera. El abastecimiento de productos, el costo de las mercancías y la amplia inversión social del gobierno ha sido fundamentalmente financiada por la estatal Petróleos de Venezuela (Pdvsa). Pero también esos ingresos sirven para otorgar petróleo subsidiado a Cuba y mantener un elevado número de proyectos comunes entre La Habana y Caracas. Más del 40 % del intercambio comercial de la Isla está vinculado al aliado venezolano, del que depende más del 20 % del PIB cubano.

Así que si bien Cuba no es un país petrolero, en la actualidad la perjudica enormemente un precio bajo del crudo.

Pero entonces, el problema para los cubanos con la economía de la Isla es que nunca habrá una solución para sus problemas. Durante décadas el elevado costo del petróleo fue un argumento de referencia para justificar carencias y dificultades para el desarrollo. Sin embargo, ahora el argumento contrario (el bajo precio del barril) se está empleando en igual sentido.

En ambos lados de la ecuación, el resultado es el mismo: la ausencia de un desarrollo que evite la dependencia total a un producto único, sea de exportación o importación.

Al final, el gobierno bajo el mando de Raúl Castro ha sido tan incapaz como el de su hermano mayor, a la hora de producir desarrollo e independencia económica y energética.


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