Actualizado: 22/11/2019 12:19
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Derechos, UE, Oposición

No hay que confiar en la bondad de los extraños

Bruselas lleva meses debatiendo el echar abajo una “posición común”, que desde hace tiempo ha dejado de ser común

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“Siempre he dependido de la amabilidad de los extraños”.
Blanche DuBois en un Tranvía llamado deseo.

Los exiliados cubanos, y también los opositores en la Isla, desde hace décadas padecen de una especie de síndrome de Blanche DuBois. Una y otra vez confían que un evento, un gobierno, un presidente extranjero le devolverá la democracia a su país de origen o residencia —o participará de forma decidida en el intento. Y una y otra vez, cuando ello no ocurre, se sienten traicionados y alimentan su frustración con el desengaño.

En el caso de los exiliados la explicación es sencilla, porque el expatriado trata de obligar al mundo a que acepte una visión que le es propia, “que uno hace más inaceptable porque, de hecho, no está dispuesto a que se acepte”, al decir de Edward W. Said. Y los opositores también han hecho suyo ese credo.

Bruselas, Washington y La Habana apuestan al statu quo, al tiempo que hacen “denuncias” y declaraciones en que se critican mutuamente. Pero todos comparten un marcado interés en que la inutilidad de sus esfuerzos sea todo un éxito. Lo han logrado.

La Casa Blanca despilfarra millones en planes sin sentido y sostiene organizaciones que justifican sus ingresos con campañas que llaman la atención solo en Miami.

En la Plaza de la Revolución no hay quien se atreva a proponer un poco de flexibilización, que permita el mejoramiento de las condiciones de vida de los habitantes de la Isla.

Bruselas lleva meses debatiendo el echar abajo una “posición común”, que desde hace tiempo ha dejado de ser común. Es decir, arrojar al cesto de papeles algo que en los países del área solo se menciona cuando algunos de sus diputados acuden a ciertas reuniones parlamentarias europeas.

Hace poco, el 27 de julio de este año, el Observatorio Cubano de Derechos Humanos pidió a la Unión Europea que reflexionara “ante la persistencia de la violenta represión, las detenciones arbitrarias, los allanamientos y confiscaciones en Cuba”, así como tuviera en cuenta que “más de 20 activistas se encuentran en huelga de hambre, entre ellos Guillermo Fariñas, Premio Sajarov 2010 a la Libertad de Conciencia del Parlamento Europeo”. Por todo ello, instaban a que el respeto a los derechos humanos fuera “una condición irrenunciable para avanzar con el acuerdo de cooperación bilateral UE-Cuba”.

Pues bien, la petición de la organización no ha servido de nada. Agua de borrajas —¿no sería mejor decir agua de “Coco”?—, porque sus papeles carecen de una condición elemental: no cuentan con fuerza política: ni en Europa, ni en Madrid y mucho menos en Cuba. Así que quedan, de nuevo, a “la bondad de los extraños” y en asuntos de Estado esa voluntad no existe.

Ni siquiera desde el punto de vista moral puede la organización establecer una reclamación, cuando invoca una huelga de “20 activistas” que fue abandonada por todos, incluido su opositor estrella.

El Observatorio ha pedido reiteradamente conocer el contenido de las negociaciones, y se queja que la Unión Europea siempre ha respondido con evasivas a esta exigencia. Por lo tanto, denuncia la “falta de transparencia cuando se negocia el futuro de una nación es inaceptable, y constituye un comportamiento connivente”.

No es que la organización carezca de razón, desde el punto de vista de un idealismo ético —es decir, aquel código de conducta que considera a los seres humanos como inherentemente inclinados hacia la bondad—, cuando plantea que la transparencia debe regir los acuerdos políticos. Pero se sabe que en la práctica la conveniencia política —o lo que es lo mismo, las razones de Estado—, junto con las valoraciones económicas, unido a un análisis sobre la utilidad de las normas, medidas o leyes, determinan por encima de las declaraciones al uso y de buena voluntad. Por lo que no es extraño preguntarse quién se encuentra tras un reclamo idealista: ¿un ingenuo o un pícaro?

Sin embargo, lo que llama la atención, cuando se leen declaraciones como la del Observatorio Cubano de Derechos Humanos, o de las decenas de organizaciones que pululan por Miami, y en las que se reprocha a determinado gobierno —sea el de Estados Unidos o uno cualquiera de Europa— su actuación respecto al caso cubano, son dos puntos: uno es la trascendencia que se concede al papel de la mencionada negociación para el destino de Cuba: “se negocia el futuro de una nación”. Otro es la importancia, que se conceden a sí mismo determinados actores, no para influir directamente en “el futuro” de su país, sino en la acción de otras naciones, que supuestamente dictan ese futuro. Presunción, con el agravante de un medio interpuesto.

Esa mezcla, al mismo tiempo de arrogancia en las ínfulas e insignificancia en la práctica, contribuye a un consecuente fracaso, que no se asume como tal sino como “traición”: “El Observatorio considera que si este acuerdo no impone un itinerario inapelable y verificable hacia un espacio democrático de convivencia para los cubanos, la Unión Europea habrá traicionado no solo a los cubanos sino a sus propios principios fundacionales”.

Sin embargo, más allá del problema de que “otros” —naciones, gobiernos, políticos— traicionen a los cubanos, hay que preguntarse cuánto hacen los cubanos para evitar ser traicionados. Porque siempre el expediente más fácil es recurrir a la culpa ajena. Y todo ello bajo la presunción que determinado opositor, líder u organización habla en nombre de todos los cubanos, con independencia de credo político o filiación organizativo, lo cual por supuesto no es cierto.

Aferrarse a una estrategia solo se justifica mientras esta brinde resultados. Un poco de cordura y sentido común bastaría para cambiar este panorama, pero interés económicos permiten que continúe la vanagloria de supuestos éxitos opositores como la aparente huelga de Fariñas— “era mejor ir al Parlamento Europeo”, dijo el opositor—, que cuando terminan en fracaso se saludan como “traiciones”.


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