Actualizado: 28/11/2022 17:08
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Otro problema para el régimen: los alumnos crecen

Cuba sigue sin resolver el problema de los uniformes escolares y los residentes de la Isla apelan a sus parientes exiliados y las tiendas de Miami

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A comienzos del nuevo curso escolar en Cuba, apareció una noticia solo para nacionales. Es decir, la exclusiva para entenderla es de quienes nacieron, han vivido, viven, o al menos han pasado largos años en la Isla.

La ministra de Educación convocó a los gobierno provinciales y municipales para que buscaran iniciativas que dieran solución al problema de las tallas de los uniformes escolares.

Alumnos gordos, flacos, altos y bajitos existen en todas partes del mundo. La cosa se complica un poco por el hecho de que un niño o una niña pueden estar gordos este año y adelgazar a los pocos meses; “dar el estirón” y adquirir mayor altura en breve tiempo y en general pasan de ser chiquitos a más grandes. Pero que la titular del ramo tenga entre sus obligaciones tratar el asunto de si al alto le quedan cortos los pantalones, al gordo no le cierra la cintura, el bajito tiene que doblarle media pierna y al flaco se le acaban de caer, solo en Cuba.

Ese paso de los problemas del aula al taller de costura ejemplifica muy bien una situación absurda que imperó por décadas, y cuya solución se dilata o se resuelve a medias: la nota de prensa enfatiza en que hay que buscar “iniciativas locales”.

Uno piensa al leer esto que se ha abandonado el proyecto de una planificación central que lo conoce todo, pero no es así.

Una viceministra de Educación explicó a la prensa que las medidas de los estudiantes se toman con un año y medio de antelación, respecto al momento en que se comienzan a distribuir los uniformes, porque de hacerse en una fecha más cercana no daría tiempo a comprar la tela y confeccionar el medio millón de uniformes que se elabora cada curso.

El problema es que: ¡los niños crecen!

Como no se les puede imponer el deber patriótico, socialista y revolucionario de detener su crecimiento hasta tanto lleguen los nuevos uniformes, pues ocurre que algunas tallas se quedan en las tiendas y otras faltan.

Uno de los tantos problemas de los sistemas totalitarios, es que cuando quieren llevar a cabo con eficiencia una buena acción, les sale torcida.

Décadas atrás, Correos de Cuba decidió que ninguna madre se podía quedar sin recibir la postal de felicitación en su día. Para lograrlo interrumpían las labores cotidianas y echaban a un lado el resto de la correspondencia durante una quincena.

También el Día de las Madres estaba garantizado un cake o pastel para todo núcleo familiar. De pronto las bodegas de esquina se convertían en dulcerías por un domingo. Sin embargo, por el resto del año las pocas dulcerías que quedaban en el país estaban vacías.

Por qué todavía a estas alturas el gobierno cubano se sigue ocupando de la confección de los uniformes escolares. Simplemente porque no quiere perder el control: quiere mantener la propaganda de los “logros educacionales”: busca evitar una posible fuente de descontento social —al proporcionar uniformes y arreglo de ropa escolar a bajo costo, cuando los hay— y porque no se resigna a aceptar su incapacidad productiva.

Aquí aparece de nuevo lo que ya es una constante en cualquier problema de desabastecimiento en la Isla: la solución está en buscar el artículo en Miami.

Al menos dos tiendas en esa ciudad tienen a la venta ropa escolar para uso en Cuba, informa el Diario Las Américas.. La mercancía llega importada en grandes cantidades desde China.

Un estudiante cubano tiene derecho a solo un uniforme al año en la Isla, y si está en el último grado de un nivel de enseñanza sus opciones se reducen a solo una pieza, y debe escoger entre comprar saya o pantalón nuevo, o decidir si le hace más falta una blusa o camisa.

Así que hay varias opciones en Cuba para adquirir un uniforme escolar: esperar pacientemente a que llegue la talla a la tienda, algo que puede no ocurra durante el año, comprarlo en el mercado negro o pedirlo a un pariente en Miami.

Emilio Ichikawa considera que el hecho de que los uniformes para las escuelas en Cuba se compran en Miami “puede jalarse indistintamente desde los dos polos políticos. Es decir, desde el anticastrismo y desde el castrismo:

  1. Que Miami tenga que vender uniformes para escolares cubanos demuestra que la Isla no puede cumplir ni con las bases más elementales de su pregonado ‘logro social’ educativo.
  2. Miami se ha convertido en una factoría de apuntalamiento de la revolución cubana, hasta el punto de que propicia que los pioneritos asistan a nuestras escuelas comunistas correctamente vestidos.

Para seguir la analogía: como si los textileros ingleses y franceses hubieran desplazado a Hugo Boss en la confección de los uniformes nazis”.

Sin embargo, no hay fábricas de uniformes escolares cubanos en Hialeah ni telares junto al río Miami. Las tiendas i traen la ropa de China —uno de los principales socios comerciales del gobierno cubano— y en esta ciudad del exilio los cubanos pagan por ella en dólares y luego la envían a la Isla, donde seguramente se vuelve a pagar por el artículo en la aduana. Doble ganancia.

Lo anterior no hace más que ejemplificar otro problema también inherente a un sistema totalitario, que es convertir lo complejo en simple y lo simple en complejo. Así que hay pocas esperanzas de que para el próximo curso escolar, en 2015, disminuya la incomodidad de padres y estudiantes, al no encontrar el uniforme adecuado. Las medidas son viejas, las telas se compraron hace un año y la nueva ministra está reunida otra vez. Sin embargo, cabe la posibilidad de que toda esta situación cambie un poco: ya no serán dos sino cinco o veinte las tiendas en Miami vendiendo uniformes para los alumnos en Cuba.


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