Actualizado: 01/12/2021 17:25
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Opinión

La cuadratura del círculo

Los jerarcas del nuevo-viejo régimen lo saben: Es imposible liberalizar la economía y al mismo tiempo mantener el monopolio del PCC.

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El factor americano

La idea de liberalizar la economía y al mismo tiempo mantener el monopolio político del Partido Comunista es irrealizable en Cuba, y los jerarcas del nuevo/viejo gobierno lo saben perfectamente. Ni las dimensiones del país, ni los recursos o la estructura de la economía, ni las relaciones con el exilio/emigración, ni las tradiciones culturales, ni el entorno geoestratégico le permitirían a la élite gobernante aplicar con tranquilidad un sistema de esa índole.

La cuarta motivación de Castro II para atrincherarse en la ortodoxia es la muy real perspectiva de que una victoria del Partido Demócrata en las elecciones de este año ponga fin al semiembargo que Estados Unidos mantiene sobre la Isla.

Si Hillary Clinton o Barack Obama llegan a la Casa Blanca y levantan el embargo sin exigir mayores contrapartidas de La Habana, el régimen obtendría una resonante victoria política, a la que seguirían sustanciales ventajas económicas. La concreción de esa hipótesis complementaría el giro favorable que han experimentado las relaciones con América Latina en los últimos tiempos, en particular desde que Hugo Chávez obtuviera la presidencia de Venezuela.

Con la mirada puesta en el horizonte de los próximos meses —no debe olvidarse que los guerrilleros se ocupan de la táctica y se ciscan en la estrategia—, Castro I decidió lo que Castro II puso en práctica el 24 de febrero: mantener el rumbo y seguir entreteniendo al personal con jarabe de pico y con la esperanza de que las cajitas vengan más nutridas a finales de año, después de que el "período de reflexión" y quizá la muerte del caudillo permitan aplicar las reformas cosméticas.

Sin embargo, en un estrato más profundo de la realidad el problema se plantea de otra manera.

Vía gatopardesca

Una vez comprobado empíricamente que el sistema socialista es incapaz de generar riqueza suficiente y proporcionar a la población un nivel de vida decoroso, cualquier medida destinada a aumentar la eficiencia del aparato productivo pasa por la ampliación del sector privado y el aprovechamiento de los mecanismos de mercado. Esto equivale a aflojar el control gubernamental sobre vidas y haciendas y pone en peligro la supervivencia del régimen.

A la inversa, cualquier decisión que tienda a la expansión del sector estatal, contribuirá a hundir aún más la economía y rebajar las condiciones de vida de la población.

Entre esos dos rumbos divergentes, la nomenklatura cubana cree posible lograr la cuadratura del círculo: mantener el statu quo por un tiempo y mejorar la alimentación, la vivienda y el transporte, si se conservan los suministros de petróleo procedentes de Venezuela, las remesas de los exiliados y la ayuda económica y tecnológica de China. Y, sobre todo, si el gambito electoral norteamericano se resuelve de manera favorable al castrismo.

A esa vía intermedia y gatopardesca apuesta hoy la gerontocracia de La Habana: cambiarlo todo para que todo siga igual. Claro que esa creencia de los dueños del Estado no tiene en cuenta el estado de las creencias. Porque las encuestas e investigaciones informales apuntan a que el sistema está carcomido hasta la médula por la incredulidad y la mentira. Pero eso es harina de otro costal.

Van a tenerla cruda los transitólogos, para glosar ese simulacro de evolución. Al revés del conocido chiste ruso, en Cuba las reformas serán el método más largo y doloroso para pasar del tardocomunismo al socialismo "perfeccionado". Como diría Yogi Berra, ese gran filósofo de las bolas y los strikes: "It's déjà vu, all over again".


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