Actualizado: 03/08/2020 19:56
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Opinión

Los retos del nuevo abuelo

Raúl Castro tiene fecha de caducidad. Su única alternativa es liderar una apertura como paso previo a un régimen de libertades.

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El discurso de Raúl Castro durante la clausura de la Asamblea Nacional del Poder Popular en La Habana, ha dado pie a todo tipo de interpretaciones, desde las más pesimistas hasta algunas que se atreven a atisbar en el jefe de Estado una cierta voluntad de apertura, estrictamente en el ámbito económico.

Resulta un hecho incuestionable que Raúl tendrá que gobernar a partir de resultados, o sea, intentando solucionar los más acuciantes problemas de la población, que son muchos y muy complejos, acumulados a lo largo de décadas de riguroso monopolio de la economía.

Durante casi medio siglo los intervalos aperturistas han sido muy breves y sólo han servido para rearmar el poder en su obstinada cruzada contra la libre iniciativa de los ciudadanos. Resolver las penurias alimentarias y de diverso tipo para el más común de los ciudadanos pasa por modificar parcialmente —como mínimo— el régimen de propiedad, particularmente el de la tierra, considerando que Cuba es un país de base esencialmente agrícola. Esto significa permitir determinadas formas de propiedad privada en el campo, con lo cual se lograría incentivar la producción de renglones básicos de la dieta cotidiana que desde hace mucho tiempo resultan deficitarios en los hogares.

Si Raúl implementa un paquete de medidas que, liberalizando parcialmente el mercado, contribuyan a aumentar la producción agropecuaria, así como otras que alivien un tanto la penosa situación del consumo de bienes esenciales para la subsistencia, lo hará porque advierte que los fenómenos negativos se van acumulando y, al formar cierta masa crítica, pueden crear una situación explosiva que comprometería la misma gobernabilidad del país.

Está claro que la permanente crisis estructural del socialismo cubano lo obliga a dar esos pasos, así como el reconocimiento explícito de su incapacidad para administrar el país basándose en la "batalla de ideas". Él mismo lo admitió de buen grado: "Fidel es insustituible".

Punto de arrancada

Desde el punto de vista de la disidencia, el exilio y gran parte de la población de la Isla, de lo que se trata es de que el país avance pacífica y ordenadamente hacia una economía de mercado y un régimen de libertades políticas. Entonces, lo más importante resulta la creación de ciertas premisas materiales que la acerquen a ese umbral a partir del cual el tránsito resulte lo menos traumático posible, evitándose la violencia y propiciando así la emergencia de una sociedad basada en la libertad y el imperio de la ley.

Si determinados países ex comunistas de Europa central transitaron sin grandes quebrantos hacia el capitalismo, fue fundamentalmente porque su punto de partida, o sea, los requisitos que facilitaron su avance hacia un régimen de libertades pleno, eran, con diferencia, muy superiores a los que existen hoy en la sociedad cubana en su conjunto.

Cuba se halla hoy bien lejos de ese punto de arrancada, pues la situación precaria de la economía encierra un inventario pavoroso de necesidades acumuladas que serían la causa de una gran turbulencia social e impaciencia popular. Una buena parte de la población, a los simples fines de la subsistencia, se ve obligada a robarle al Estado, burlando así su férreo control económico.

Al poder no le ha interesado formar productores libres con sentido de civismo y responsabilidad social, sino un "compañero" amoral, sometido y reverente. Lo más preocupante de esta conducta es que goza de muy fuerte implantación en la sociedad, y será uno de los más importantes frenos para el restablecimiento y el respeto de las instituciones que componen una economía de mercado.

La existencia de tales rasgos negativos ha dado lugar a un comportamiento económico con fuerte tendencia al estancamiento y la degradación de la economía y la sociedad, lo cual, de cara a una transición, encierra un creciente riesgo que podría poner en peligro hasta la propia supervivencia de la población.

De modo que mientras más se dilate el momento en que se implementen determinadas medidas generadoras de premisas legales y materiales que permitan una cierta relación mercantil, peor será. Y, con ello, se elevarán dramáticamente los costes y amenazas reales que comporta una transición que podrá tardar aún, pero de la que cada vez estamos más cerca. El tiempo obra a favor del cambio en Cuba; hasta el poder lo sabe, lo intuye.

Crédito agotado

Así que Raúl, a pesar de la sombra ominosa de su nefasto hermano y sin perder de vista los elevados riesgos que comporta, aplicará limitados correctivos de mercado que, por supuesto, no comprometan la retención del poder político por la generación del Moncada y de la Sierra. "El ministro" sabe muy bien que a una leve señal en la dirección mercantil, la respuesta de cientos de miles de ciudadanos será inmediata. Tratará de que tal demostración popular no sea incontenible, o sea, que el ritmo de las medidas aperturistas no se le escape de las manos.

Una máxima propia del despotismo ilustrado del siglo XVIII expresa que "se puede gobernar con el pueblo, sin el pueblo, pero no contra el pueblo". Fidel Castro, a lo largo de su dilatado ejercicio omnímodo del poder, gobernó en un principio con la abrumadora mayoría del pueblo. Años después, tras los descalabros de la Zafra de los Diez Millones y la estampida del Mariel, gobernó a partir de una "resignación de apoyo", al decir del extinto vicepresidente de los Consejos de Estado y de Ministros, Carlos Rafael Rodríguez.

Tal resignación de apoyo por parte del pueblo continuó deteriorándose durante el "proceso de rectificación de errores y tendencias negativas" de finales de los ochenta, el "plan alimentario" y la vuelta a las microbrigadas. Quiere decir, sin contar ya con buena parte del respaldo popular. Y terminó agotando definitivamente su crédito como gobernante a partir de la frustración popular que produjo el "acallamiento" (en vez de llamamiento) al 4º Congreso del PCC y el descenso de un 35% del producto interno bruto del país en 1993, con su atroz secuela de penuria y carencias extremas.

A partir de aquí, el castrismo se recompuso en una suerte de capitalismo de Estado para retener el poder a toda costa, yendo así en contra de su esencia ideológica y del pueblo. Para ello, alentó la creación de una casta de generales-empresarios, a la vez que desatendió las necesidades y reivindicaciones más elementales de una población sometida, depauperada y sin esperanza de futuro.

Para preservar el poder, Fidel recurrió una vez más a su erosionado ascendente popular como personalidad histórica y a la movilización ideológica de las masas, bloqueando tenazmente la adopción de reformas que podrían haber contribuido a estimular la iniciativa creadora de las personas para elevar la producción y el bienestar de las familias, así como reprimiendo y encarcelando brutalmente a gran parte de la disidencia.

El totalitarismo castrista, como todos, es intrínsecamente conservador. Se niega en redondo a toda innovación, se atrinchera y ve por todas partes serias amenazas al statu quo, que se esfuerza en preservar, pues lo concibe como la garantía de su propia existencia. Raúl forma parte de esta trama desde siempre y no va a ceder el poder gustosamente, pues aún está en pleno uso de sus facultades.

Sin embargo, ya es un abuelo de 76 años, o sea, cuenta con 5 ó 6 años para intentar gobernar de forma eficaz y tiene plena conciencia de que sería incapaz de ejercer el poder contra el pueblo. De modo que su única alternativa es liderar, en el ocaso del castrismo, una parcial apertura mercantil que consiga la solución de los problemas más graves, y que, aun sin quererlo, sirva a la vez de requisito mínimo para la ulterior transición hacia la economía de mercado y la libertad.


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