Actualizado: 17/04/2024 23:20
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¿Glasnost en Cuba?

La exhortación a opinar: Un signo de la liturgia castrista y la prueba de la ausencia de canales para debatir los problemas del país.

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TEMA: Un 'debate' por decreto

La invitación del dictador interino Raúl Castro para que la población opine sobre lo que no funciona en el comunismo cubano y las glosas al asunto del vicepresidente Carlos Lage, el canciller Felipe Pérez Roque y el flamante ministro de Comunicaciones, Ramiro Valdés, han abundado en la idea de que esas opiniones van a servir para resucitar al moribundo sistema imperante en la Isla.

"Nuestra agenda es hacer cuanto resulte sensato y posible, eliminar lo que sea absurdo, conciliar cada logro y asegurar cada día más la plena soberanía del país, el socialismo como fundamento de la independencia y el desarrollo material", proclamó Valdés recientemente.

El más elemental sentido común apunta a que una estrategia (si alguna hay) basada en reformas cosméticas, discursos soberanistas y socialismo (del siglo XXI o del XIX, tanto monta), como base del desarrollo, no va a producir resultados muy diferentes de los obtenidos en los últimos cincuenta años. En todo caso, los frutos serán aun más escasos y amargos, porque el país se ha empobrecido considerablemente en esas décadas y el contexto internacional es ahora menos favorable para experimentar con nuevas modalidades de colectivismo.

Ejercicio de 'rectificaciones' periódicas

Tras la victoria de 1959, el régimen castrista sobrevivió diez años a expensas de la herencia económica de la República y otros treinta gracias a los subsidios soviéticos. Ni el patrimonio de la era socialista ni los petrodólares de Hugo Chávez alcanzarán ahora a cumplir esa función con la misma eficacia.

Con diversas etiquetas, ese ejercicio de "rectificaciones" periódicas ha formado parte de la liturgia castrista desde la etapa inicial del régimen. La población lo sabe y conoce también los límites tácitos de esa inusitada libertad de expresión que las autoridades solicitan ahora con tan sospechoso ahínco.

Los exordios gubernamentales ponen además de manifiesto otras características de ese mismo sistema que hasta ahora sus defensores negaban enfáticamente. Según Valdés, "la inercia, el dogmatismo y el estilo burocrático" siguen predominando en el aparato gubernamental de la Isla. Cómo puede ocurrir algo así tras medio siglo de "lucha contra el burocratismo", "vigilancia revolucionaria" y "creatividad marxista", es uno de esos misterios insondables del socialismo científico a la cubana.

Consecuencia de lo anterior: "las fuerzas productivas están trabadas" en muchos puntos del aparato económico, que depende de fórmulas anquilosadas y anacrónicas. "Hay que revisar y actualizar críticamente las fórmulas que aplicamos en la economía…". Como suelen decir los juristas, a confesión de parte, relevo de prueba.

La exhortación a opinar demuestra también que las "masas" han carecido hasta ahora de medios para debatir los problemas nacionales e influir en la formulación de las medidas políticas que rigen la vida del país. Si para escuchar las opiniones de la población y tomarlas en cuenta es preciso convocar asambleas especiales, resulta obvio que los canales habituales de la sociedad no han cumplido nunca esa tarea.

A la masa se le ha asignado la función de llenar la plaza, aplaudir y agitar las banderitas en las manifestaciones (y poner la carne de cañón en África, y cortar la caña, y un largo etcétera de cometidos que servían a los intereses de la minoría gobernante). Ni los sindicatos, ni la federación de mujeres, y ni los comités de defensa ni la prensa, ni las asociaciones profesionales ni la Asamblea del Poder Popular, han sido otra cosa que correas de transmisión para "bajar las orientaciones" de la cúpula dirigente a la plebe encuadrada y sumisa.

En eso consiste siempre la democracia socialista: los órganos del Poder Popular "decidían" dar lechada a los contenes y barrer las calles para recibir en loor de multitud a cualquier sátrapa africano, pero no tuvieron voz ni voto en la decisión de enviar un ejército a luchar en Angola o en la de abrir la economía nacional a la inversión extranjera.

Claro que la retórica de la dirigencia se mantiene en el nivel de abstracción suficiente como para no especificar la lista de los males que padece la población y, sobre todo, para no ir a las raíces del asunto. Es poco probable que en el debate se pongan seriamente en tela de juicio los aspectos fundamentales del problema, como el hecho evidente de que el monopolio del Estado sociocaudillista es el origen del fracaso económico del país. Porque el mantra marxista de la base y la superestructura aparece allí vuelto al revés: es la falta de libertades y el dogal militarista del régimen lo que determina la ineficacia de su aparato productivo.


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