Actualizado: 17/05/2024 12:58
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Japón, Lafcadio Hearn, Literatura

Extraño, errante y visionario

Durante muchos años, los libros de Lafcadio Hearn fueron el único acceso que miles de lectores de todo el mundo tuvieron a la desconocida y fascinante cultura japonesa

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Hace 120 años que Lafcadio Hearn falleció. Sin embargo, su nombre dista de figurar entre los de los autores olvidados. Por el contrario, sus obras se siguen reimprimiendo y forman parte del catálogo de varias editoriales hispanoamericanas. El tiempo no ha mermado el interés con que hoy se leen los apasionantes trabajos con los que introdujo en Occidente las culturas orientales, en especial la japonesa. Y quienes disfrutan de los cuentos fantásticos y de fantasmas, tienen en él a un autor de referencia. En el mundo hispano cuenta con una nutrida y selecta legión de lectores, lo cual explica que más de una docena de sus libros se hayan traducido.

Se trata de unos de esos autores a los cuales los académicos y estudiosos les cuesta etiquetar. De entrada, resulta difícil atribuirle una nacionalidad determinada. De ahí se deriva probablemente tanto su carácter marginal como su importancia. La suya fue una existencia dura y trashumante y desde muy joven estuvo marcado por los cambios y la tragedia. En muchos aspectos, causa asombro, y con algunos de los hechos vividos por Hearn se podría escribir una fascinante novela.

Nació en 1850 en Lefcade, una de las islas jónicas de Grecia, y nunca olvidó que aquel fue el lugar donde también nació Safo. Era hijo de una griega y un médico irlandés que servía en la Marina Británica. No alcanzó a tener una infancia plácida, pues a los dos años se mudó con sus padres a Dublín, donde vivieron con la familia paterna. Esta rechazaba a la madre, quien al cabo de cuatro años regresó sola a Grecia. Hearn y ella nunca más se volvieron a reencontrar. Por otro lado, el padre fue destinado a las Indias Occidentales y se desentendió del hijo. Este pasó a estar bajo la tutela de su abuela paterna, una rígida y fanática religiosa que quería que él estudiase la carrera eclesiástica.

Hearn se educó a caballo entre Irlanda, Inglaterra y Francia, en escuelas católicas de donde lo echaban. Era arisco y tenía la manía de declarar delante los sacerdotes que era ateo. No obstante, estudió mucho y aprendió inglés y francés. Esos idiomas le servirían más tarde para ganarse la vida como traductor. Lo colocaban además en situación de tener futuro, pero ese futuro se vio afectado. En lo que aparentemente era un “inocente juego de patio” perdió el ojo izquierdo y la mitad de su cara quedó parcialmente desfigurada. Era además miope del otro ojo, lo cual lo convirtió en tuerto de por vida. Para leer necesitaba usar una lupa; y para distinguir a más de tres metros, un mini telescopio. Un serio inconveniente para quien, andando el tiempo, sería un estupendo periodista y un notable escritor.

Su abuela le envió a París sin dinero, donde casi se muere de hambre. Se fue a Londres y de allí a Estados Unidos. Al llegar tenía 19 años y al principio también lo pasó mal. Ciego de un ojo y extremadamente tímido, le resultaba difícil abrirse camino. Durante los primeros años fue de trabajo en trabajo, en los que apenas ganaba para malvivir. En Nueva York se ganó la vida laborando en restaurantes.

Finalmente encontró uno en el que podía sentirse él mismo. Conoció a un impresor anarquista que le contagió su entusiasmo por el periodismo. Eso le permitió conseguir en 1873 un empleo como reportero en el Cincinnati Daily Report. No tuvo necesidad de que lo enseñasen, pues poseía cualidades de periodista nato. Redactaba crónicas de sucesos que se recreaban en el horror, la violencia y lo escabroso, y con ellas obtuvo cierto éxito entre los lectores. También realizó traducciones del francés de autores como Théophile Gautier, Gerard de Nerval, Pierre Loti, Anatole France, Guy de Maupassant y Gustave Flaubert.

Rechazado y apartado por la sociedad de Cincinnati

Hearn logró destacarse como periodista. Gracias a su fama y prestigio, era asiduo colaborador en periódicos y revistas, en los cuales escribía sobre los temas más imaginables. Pero a los 23 años se casó con una afroamericana, lo cual constituía una violación de las leyes que prohibían las uniones interraciales. A causa de eso, fue rechazado y apartado por la sociedad de Cincinnati. Tras divorciarse de la esposa, fue a dar a Nueva Orleans, donde vivió por diez años.

Durante su etapa en Dublín, a Hearn se le despertó el interés por la espiritualidad irlandesa. En Nueva Orleans descubrió el exotismo de una ciudad donde confluían varias culturas. Allí además comprendió que le atraía la investigación de los vestigios de épocas pasadas, anteriores al desastre de la revolución industrial, y que a él le parecían más gloriosos y dignos. También visitó a una practicante del vudú. Eso le estimuló a explorar las raíces de la magia y las creencias religiosas de origen africano de esa región. Escribió sobre esos y otros temas. Además preparó un diccionario de refranes criollos, así como la primera colección de recetas de comidas criollas. Recopiló parte de sus trabajos en Hojas sueltas de literatura extraña (1884) y Gombo Zhebes (1885), y dio a conocer las novelas La última isla (1886) y Youma (1890), que lo convirtieron en un respetado escritor.

Por encargo de la revista Harper’s Magazine, viajó a Martinica. Residió allí dos años y la estancia dio origen a Dos años en las Indias Occidentales Francesas (1890), un excelente libro de viajes. A esa obra se sumó Un crucero de verano por las Antillas, que fue el resultado de los casi 5 mil kilómetros que recorrió en menos de dos meses. Se embarcó en 1887 en Nueva York en un “buque alargado, estrecho y grácil, con dos mástiles y una chimenea anaranjada” para recorrer las Antillas, en un itinerario que lo llevó a través del Mar de los Sargazos hasta los trópicos.

Se trata de una obra fascinante, que anticipa los travelogues de los grandes escritores del género en el siglo XX, como Bruce Chatwin o Naipaul. Ese mismo año, cuando aún no había emprendido su aventura oriental, dio a conocer Algunos fantasmas chinos, una colección de antiguas narraciones sobre la vida después de la muerte. Jorge Luis Borges calificó esos cuentos de “precisos y a la vez lejanos”, y dijo que ese era uno de sus libros de cabecera.

El hecho más importante de su existencia fue su viaje a una extraña y popular isla llamada Japón. En 1890, Harper’s Magazine lo envió para que escribiera una serie de artículos acerca de aquel país. Hearn tenía 39 años cuando pisó por primera vez el archipiélago nipón. El país y su cultura rebasaron todas sus expectativas y quedó subyugado. Rompió el contrato con la revista y decidió quedarse a vivir allí. Recibió el apoyo de Basil Hill Chamberlain, profesor de la Universidad Imperial de Tokio, y pasó a ganarse la vida enseñando literatura inglesa.

Un año después de haber llegado, se casó con Setsuko Koizumi, una dama de linaje samurái que provenía de una familia pobre. Para los estándares japoneses, no era una mujer agraciada ni muy brillante, pero Hearn la adoraba. A su vez, él podía presumir de ser más alto que la mayoría de los japoneses, y para estos su extraño aspecto no era más raro que el de cualquier occidental.

El país donde halló la felicidad

Con Setsuko tuvo cuatro hijos. Como esposo, se convirtió en el pilar económico de su familia y de la de ella. Trabajó mucho y con su esfuerzo logró sacar a esta última de la pobreza. Ellos, por su parte, aprendieron a preparar recetas occidentales para él y, como nunca llegó a dominar la lengua de su país adoptivo, le leían libros escritos en japonés. En 1896 Hearn adquirió la nacionalidad japonesa y adoptó el nombre de Yakumo Koizumi. Asimismo, se hizo budista y se convirtió en un experto conocedor de la cultura de Japón. Fue su modo de expresar su agradecimiento al país en donde halló la felicidad.

Hearn llegó a un Japón que se hallaba en pleno proceso de transformación. Los japoneses estaban divididos entre los que rechazaban la presencia extranjera y los que la saludaban y recibían con los brazos abiertos. Para él, significó encontrar una realidad fascinante: un país que, tras tres siglos de autoaislamiento, se debatía entre sus ancestrales costumbres o abrazar con entusiasmo la influencia occidental y la modernidad. En Hearn convivían dos facetas: la del escritor y la del filósofo capaz de analizar con hondura. Eso le permitió penetrar en el alma y el espíritu verdaderos de aquella nación.

A eso también contribuyó su visión nada tropocéntrica, adquirida en su amplia trayectoria trashumante. En la base de su comprensión de una cultura ajena, estaba además su mirada libre de prejuicios occidentales. Gracias a esa mentalidad abierta, Hearn pudo penetrar en la médula de la cultura japonesa, lo cual a su vez le hizo dejar de ella una perspectiva de futuro. Algo que se pone de manifiesto en su libro póstumo, Japón. Un intento de interpretación (1904), en el cual nos da las claves para entender una mentalidad y una idiosincrasia tan distintas a la nuestra. De particular interés resultan hoy día los capítulos referentes a la familia y a las creencias de ultratumba.

En su aproximación al Japón, Hearn no se centró en la economía ni en la política, sino en la vida y la civilización, pues las consideraba su verdadero corazón. Observador sagaz de las culturas extranjeras, hizo lo que antes había hecho con Martinica. Logró comprender como nadie la idiosincrasia del Japón tradicional y consiguió convertirse en un autor de referencia para quienes deseaban adentrarse en él. En sus libros capturó con precisión la naturaleza social y moral de un pueblo y reveló los sitios más arcanos de su alma. Acercó así al lector a un mundo lleno de sutiles matices y de insólita belleza.

En su búsqueda del alma japonesa, una de las fuentes literarias a las que acudió fueron los cuentos fantásticos. Se sumergió en el inconfundible mundo del folclor tradicional, poblado de fantasmas, seres espectrales y espíritus reencarnados. En esa narrativa sobrenatural, descubrió lo que para él representaba “una faceta de la verdad”. Al realizar esa labor contó con la ayuda de su esposa, quien recorría las librerías de ocasión a la caza de antiguos cuentos populares de carácter fantástico. Después se los relataba a Hearn, quien cuando alguna de las narraciones estimulaba su imaginación, redactaba una versión propia que, a menudo, se apartaba del original.

Intercalaba exquisitas muestras de su sabiduría

Escribió así libros como En el Japón fantasmal (1899) Sombras (1900), Kotto (1902). Esos relatos macabros tuvieron en su época una gran aceptación entre los lectores y sus constantes reediciones son una prueba de que al cabo de más de un siglo mantienen su encanto. Constituyen un catálogo de narraciones fantásticas y recogen una serie de historias antiguas sobre espectros y hechos extraordinarios que el autor rescató del olvido, en una época en la cual ni los propios japoneses se preocupaban de ello.

De todos esos libros, Kwaidan (1903) es su título emblemático y el que posiblemente más popularidad le dio en todo el mundo. Publicado poco antes de que Hearn falleciera, se trata de una recopilación de cuentos fantásticos, relacionados en su mayoría con el más allá, la reencarnación o el karma. Hearn dedica la última parte a algunos insectos (mariposas, mosquitos, hormigas) y sintetiza con exquisita sensibilidad las supersticiones y creencias japonesas en torno a dichos animales, así como sus atribuciones culturales.

Tras leer ese libro, el escritor norteamericano H.P. Lovecraf expresó: “Personaje extraño, errante y exótico, se aleja aún más de la esfera de lo real, y con la maestría suprema de un poeta sensible urde fantasías imposibles. Su Kwaidan, escrito en Japón, cristaliza con habilidad y delicadeza incomparables las tradiciones escalofriantes y las leyendas que susurran en aquella nación tan pintoresca”. En 1964, Masaki Kobayashi adaptó al cine cuatro cuentos de esa colección en Kwaidan, film con el cual ganó en Cannes el Premio Especial del Jurado.

En sus obras narrativas, Hearn intercalaba exquisitas muestras de su sabiduría en forma de textos breves. En ellos escribía sobre temas como la doctrina y la filosofía del budismo, con el valor adicional de que lo hizo de manera sencilla y clara. Se puede encontrar también un detallado estudio sobre la importancia de las luciérnagas en la literatura nipona. Hearn publicó además una docena de obras sobre diferentes aspectos del Japón. La primera fue Visiones del Japón menos conocido (1894), donde recogió sus primeras impresiones acerca de la vida en aquel país. En el texto titulado “Diario de un profesor”, se refiere a la mentalidad de los estudiantes japoneses y su manera de acercarse a la cultura occidental.

Otro de esos libros es Kokkoro (1896), cuyo subtítulo adelanta su contenido: Atisbos y ecos de la vida interior japonesa. También forma parte de esas obras El romance de la Vía Láctea (1905), que apareció póstumamente. Sobre ella, en su introducción a Fantasmas de China y el Japón (Editorial Renacimiento, 2011), Luis Alberto de Cuenca apunta que “consiste en una serie de apasionantes trabajos misceláneos sobre el Japón, entre ellos uno delicioso, repartido en catorce epígrafes, sobre «La poesía de los fantasmas»”.

En sus últimos años, Hearn se embarcó en una frenética actividad literaria. En trece años produjo once obras, esto es, prácticamente una al año. La vida en Japón era ya entonces muy cara y las creó al mismo tiempo que trabajaba sin descanso para ganar el dinero con que poder mantener a su familia. De acuerdo al testimonio de sus amigos más cercanos, ese esfuerzo acabó por causarle la muerte. Falleció en 1904, a causa de fallo cardíaco. Tenía 54 años.

Durante mucho tiempo, los libros de Hearn fueron el único acceso que miles de lectores de todo el mundo tuvieron a la cultura japonesa, tan desconocida como fascinante. Eso lo convirtió en intérprete privilegiado entre Occidente y aquel país al que admiró y amó. No fue hasta dos décadas después de su fallecimiento, cuando su obra, tras ser traducida al japonés, se ganó la estimación de los japoneses. Hasta entonces, estos consideraban a Hearn como aquel raro hombre occidental que se dedicó a rescatar del olvido los antiguos cuentos fantásticos y las costumbres ancestrales de ese país.