Actualizado: 18/10/2019 17:37
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Estudiarla para destruirla

Las muchas analogías entre la lengua del nacionalsocialismo y la del castrismo delatan la naturaleza totalitaria de ambos regímenes.

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'Apelación, arenga, incitación'

Quienes hemos sufrido la dictadura de Castro sabemos que la metáfora leninista de los maestros como ingenieros del alma no "remite a la libertad", como cree Klemperer, y nos resulta fácil advertir que no pocos de los rasgos que él señala en la LTI caracterizan la lengua que se fue imponiendo en Cuba a medida que el proceso revolucionario se radicalizaba en sentido comunista y la esfera pública, como la sociedad toda, se uniformaba.

En la LRC (Lengua Revolutionis Cubanae, cabe llamarla, siguiendo el latinismo de Klemperer, que ha sido recientemente adoptado por el marxista Eric Hasan en su análisis de la lengua, no ya totalitaria, sino neoliberal, de la Quinta República francesa en LQR. La propagande du quotidien, Editions Raisons d'agir, París, 2006) encontramos, ciertamente, la militarización de la sociedad y la polarización del mundo de los valores en torno al absoluto revolucionario, las continuas apelaciones al pueblo y al heroísmo, la ridícula celebración de todo como histórico, la profusión de epítetos y siglas, la erosión de la frontera entre el lenguaje hablado y el escrito, hasta hacer de todo discurso "apelación, arenga, incitación".

Klemperer señala cómo el rechazo de la ideología nacionalsocialista a la filosofía, considerada una actividad decadente e intelectual a la que se contraponía una "concepción del mundo" basada en la síntesis y la inmediatez, caracteriza todo el sistema de la LTI. En Cuba, podría afirmarse que este papel de Weltasnchaung fue jugado por el marxismo-leninismo, considerado como una verdad definitiva frente a los extravíos idealistas o metafísicos de la "filosofía burguesa".

En su versión más vulgar, el diamat ofrecía una rápida respuesta a todos los problemas, una clave preciosa para resolver los misterios de la historia y la naturaleza, un método infalible con que desenmascarar científicamente las mistificaciones de la ideología burguesa. Semejante fantasía, suerte de versión kitsch del ideal ilustrado de conocimiento y transformación del mundo, no hace sino convertirse, como sabemos, en un oscurantismo de nuevo tipo.

En curiosa dialéctica, lo que se presenta como ciencia no es más que pura ideología, el lenguaje de la ciencia —ese que nos hacía repetir en la escuela que "el ser social determina la conciencia social", como si de la primera ley de Newton se tratara— se convierte en un lenguaje religioso con su ortodoxia, su herejía y su infidelidad.

Como si fuera una lengua muerta

Las muchas analogías entre la LTI y la LRC no implican, sin embargo, una comunidad ideológica fundamental, sino más bien la naturaleza totalitaria de ambos regímenes. No es que el nazismo haya sido en algún sentido modelo para el régimen cubano, sino que aquél asimiló, por intermedio del fascismo italiano, muchas prácticas y tópicos de su enemigo bolchevique, y la LRC combinó, por su parte, los temas de la extrema izquierda provenientes del marxismo soviético con una retórica nacionalista celebratoria del sacrificio patriótico que se remontaba al siglo XIX.

Internacionalismo proletario, nacionalismo revolucionario, populismo tercermundista: he ahí los principales ingredientes de esa lengua que, entre los encendidos discursos de Martí y los kilométricos discursos de Castro, ha encadenado por décadas el espacio público y el tejido todo de la comunicación social en Cuba.

Ahora que de aquella paideia marxista que pretendió convertirnos en hombres nuevos no quedan sino algunos adefesios lingüísticos en la jerga de ciertos intelectuales oficialistas; ahora que la LRC pierde espacio en el conjunto de la sociedad, mientras adquiere en la retórica "batalla de ideas" un súmmum de grandilocuencia, analizar esa lengua moribunda como si fuera ya una lengua muerta puede ser una provechosa lección de anatomía. Un viaje a la médula misma del castrismo, sus orígenes y desastres. Porque hemos mamado esa lengua como si de la madre natura proviniese —o así, al menos, lo intentaron—, habrá que estudiarla para desaprenderla, para destruirla de una vez.


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