Actualizado: 14/10/2019 9:31
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Artes Plásticas

Profetas por conocer

La plástica del exilio ha logrado abrirse camino desde Nueva York hasta París, pero todavía tiene una cita pendiente: el Museo Nacional de Cuba.

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A la memoria de Daniel Serra Badué, Jorge Hernández-Porto, Jaime Bellechasse y Juan Boza, amigos entrañables.

"Nadie es profeta en su propia tierra".
Refrán popular

"El exiliado sabe su lugar, y ese lugar es la imaginación".
Ricardo Pau Llosa

Antes del principio

Con la plástica cubana, al igual que con la música, el refrán se cumple en la vida real. Al menos se cumple con la plástica moderna, la que surge después de 1920 con la irrupción en el panorama artístico de los primeros modernistas cubanos: Víctor Manuel García, Carlos Enríquez, Fidelio Ponce, Mariano Rodríguez y Amelia Peláez.

Hasta ese momento, y desde la fundación de la Academia de Dibujo y Pintura San Alejandro en 1818, el arte cubano había seguido los cánones académicos tradicionales y de clara influencia europea. Todo cambiaría con la explosión de color y de nuevos referentes identificables como cubanos —guajiritas, palmas, vitrales, gallos, campiñas...—, que plasman sobre el lienzo Víctor Manuel, Enríquez y Peláez, entre otros, durante la década del treinta. Estos primeros maestros del modernismo se darán a conocer al mundo en 1944, año en que Alfred H. Barr, Jr., director fundador del Museo de Arte Moderno de Nueva York organiza una exposición sin precedentes que acuña un nuevo sello en el terreno de la plástica: "arte cubano".

Detrás de este evento hubo dos grandes visionarios en Cuba: el crítico José Gómez Sicre, que seleccionó las obras y escribió para la exposición lo que sería el primer libro sobre el arte moderno de Cuba; y María Luisa Gómez Mena, hasta entonces la única mecenas de las artes con que contaba la Isla, que financió el proyecto. Pintores cubanos contemporáneos, acompañada del libro de Sicre ( Pintura cubana de hoy), incluyó también a artistas más jóvenes que comenzaban a forjar una segunda generación modernista. La muestra la integraron Amelia Peláez —la única mujer—, Víctor Manuel, Fidelio Ponce, Carlos Enríquez, Mariano Rodríguez, Felipe Orlando, Felisindo Iglesias, Rafael Moreno, Luis Martínez Pedro, Cundo Bermúdez, Mario Carreño y René Portocarrero.

Desde entonces, el arte cubano ocupa un lugar prominente en el mundo de la plástica, desde las principales galerías avant garde hasta los museos más exigentes. Sin embargo, hay algunos datos que se ignoran, como por ejemplo, que en 1956 se creó el Instituto Nacional de Arte en Cuba, que propulsó a los plásticos de la segunda y tercera generación modernista mediante becas de estudio y de trabajo, entrenamiento y promoción en el extranjero, exposiciones nacionales y en el exterior, y mediante una labor de proselitismo que puso el arte cubano en el mapa.

También hay que señalar que en 1958 existía una modesta red de galerías y espacios alternativos —centros mutualistas, bancos, corporaciones, etc.— en la capital y en provincia, además del Palacio Nacional de Bellas Artes radicado en La Habana, y del Museo Bacardí, en Santiago, que ofrecía a los artistas la oportunidad de darse a conocer. Además, desde 1950 y hasta 1959, se organizó anualmente un Salón Nacional de Arte, que el nuevo gobierno revolucionario suspendió en 1960.


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Obra de Gina PellónFoto

Gina Pellón. 'Mujer' (1984). Óleo sobre tela. Colección privada.