Actualizado: 25/04/2019 10:04
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Música

Canciones viejas para el hombre nuevo

Tras cuatro décadas de dogmatismo ideológico y aislamiento, ¿hacia dónde va la música cubana?

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"Hasta la Reina Isabel bailó el danzón", el son, la guaracha, la rumba, la conga, el mambo y el chachachá recorrieron el planeta. ¿Cuál fue la fórmula de tanta música buena? Mezclar guitarras y bandurrias españolas con tambores africanos, agitar la explosiva fórmula durante cuatro siglos, sazonarla con violines franceses huidos de Haití, laúdes con aire de opera italiana e instrumentos de viento y estructuras orquestales tomadas del jazz.

Los cubanos maceraron la ritmática fórmula cadenciosamente con los pies y las caderas, antes de servirla bailando con picardía en el muelle de cualquier puerto, en la calle, en la bodega de la esquina, en un cabaré a media luz...

La música cubana hace milagros: "Caballero, esto le zumba, la cosa se ha puesto fea, el muerto se fue de rumba", cantaba la multitud en los carnavales habaneros, pero los ritmos cubanos lo mismo hicieron bailar a un muerto que profetizaron —a golpe de guaguancó— la tragedia de su pueblo: "Timba en la trampa cayó y no puede salir".

En las últimas cuatro décadas, la producción de nuevos ritmos bailables se agotó. Las causas hay que hallarlas en la revolución misma: el autobloqueo, la falta de grabaciones y comercialización; pero sobre todo, en el dogmatismo que calificó el pasado como decadente; en la represión sistemática que acabó con todo resto de espontaneidad, de individualidad, de bohemia, y pretendió crear el hombre químicamente puro: el hombre nuevo.

Las dos caras de La Habana de los sesenta

En 1959, los perfumes Guerlain llevaban impreso en sus etiquetas París, New York, La Habana. Y no era por gusto… La bohemia musical habanera comenzaba en Santa Fe, en una veintena de clubes sobre el mar y recorrían cuarenta kilómetros de música en vivo hasta el Rincón de Guanabo.

La Habana era mucha Habana, a las cuatro de la mañana, en el cabaré Las Vegas, de la calle Infanta, cantaba la temperamental Vilma Valle; en la Taberna de Pedro, de la Playa de Mariano, a la hora de la resaca, el timbalero Chori aún repiqueteaba botellas, como en la época feliz de Marlon Brando; en la Autopista del Mediodía, los fieles al bolero iban a desayunarse con Orlando Vallejo cantando "que murmuren, que me importa que murmuren"; en los Aires Libres de Prado, descargaba el Conjunto Saratoga, y en el Night and Day, de la Avenida de Rancho Boyeros, si se ponía usted de suerte, el Benny Moré, con su Banda Gigante, melodiaba "cómo fue, no se decirte cómo fue…".

Pero ya a los cabareteros nos miraban feo cuando llegábamos a casa con el sol, mientras el vecino se levantaba para cortar caña.

En la calle Infanta, a una cuadra de Radio Progreso, en la conjunción de Vapor y 27, hay un parquecito con una parada de guaguas. Un amanecer coincidimos allí las dos caras de La Habana de los sesenta: de un lado, un grupo de jóvenes que cantábamos filin alrededor de una guitarra: "esta tristeza se niega al olvido como la penumbra a la luz…"; del otro, el hombre nuevo, un miliciano con su mocha en la mano, que esperaba el camión que lo llevaría al surco.

De pronto, el de uniforme se puso de pie, nos miró, escupió con asco, y exclamó: "me gustaría cortales la cabeza, pero ya la revolución se encargará de ustedes". Y bien que lo sabíamos, había que ganar la carrera contra reloj, disfrutar cada noche como si fuera la última…

Al día siguiente, estaba parado en la esquina de Espada y Jovellar, en el barrio de San Lázaro, recostado al mostrador de la bodega de la esquina, cuando se llevaron la vitrola, la rockola, o como quieran llamarle. En una tarde, retiraron la mayoría de las vitrolas del barrio, hasta el Parque de Trillo; las montaron en camiones, en un operativo, por orden "de arriba"... Las pocas que quedaron se atragantaron de níqueles hasta enmudecer.


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