Actualizado: 19/04/2019 15:43
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Crónica

Alberto Guigou y la novela de su vida

¿Mano derecha de Chibás, sombra de Castro? La historia de uno de los personajes cubanos más polémicos y desconocidos de los últimos cincuenta años.

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A los 89 años murió Alberto Guigou en Nueva York el pasado 1 de febrero. Salvo por dos o tres piadosas columnas de opinión de algunos de sus amigos, el fallecimiento de este escritor cubano no tuvo ningún eco, ni siquiera en la prensa periódica en español que registra minuciosamente la peripecia y el tránsito de nuestros exiliados. Para alguien que había hecho durante muchos años profesión de nihilista, que decía no creer en ninguna trascendencia o inmortalidad, esta "desaparición" era tal vez la manera más adecuada de abandonar el escenario; si bien, por falta de un testamento legal, su última voluntad no pudo ser ejecutada: aspiraba a que sus cenizas las echaran al retrete y fueran a perderse en el inmenso albañal de la ciudad.

Conocí a Guigou en 1981, a poco de haber llegado yo a Nueva York y por el mismo tiempo en que apareció su novela Días ácratas, que él publicaba a los 21 años de su exilio. Aunque su narrativa era un tanto plana y teatral, es decir, con predominio del diálogo, sin las omisiones típicas de la novela contemporánea y, afortunadamente, sin los meandros barrocos de muchos de nuestros escritores, lograba asomar al lector a un ámbito muy peculiar: las pasiones en que convergían la violencia revolucionaria y el homoerotismo.

Era el esfuerzo consciente de sustraer la experiencia homosexual a los estereotipos tradicionales perpetuados en la estampa del "marica", con todos sus ridículos tipicismos, para situarla como un suceder que se daba, no exento de prejuicios, en la experiencia de hombres muy viriles que, además, eran el brazo armado de una revolución. El título de la novela, sin embargo, no parecía justificarse en esa trama, salvo desde la mirada distante de alguien que hace mucho ha perdido la fe en los cambios políticos, porque esos jóvenes revolucionarios no eran ácratas, sino comunistas.

Guigou había encontrado en la militancia del Partido Comunista un cauce a sus primeros entusiasmos políticos. Nunca le pregunté cómo se inició en esa "fe", pero, en medio de la agitación que vivió el mundo entre las dos guerras mundiales, un adolescente con sensibilidad, anhelos de justicia social y resentimiento frente al desdén de una burguesía filistea podía ver en el bolchevismo algo parecido a la realización de un sueño. El ingrediente de un hogar roto —en que la ausencia del padre impuso drásticas y desacostumbradas restricciones económicas— también debió haber contribuido.

El radicalismo no le vino a Guigou por su casa. El padre era un hombre más bien conservador que trabajó para el servicio exterior de Cuba en las primeras décadas de la república. Los Guigou eran provenzales pasados por Canarias. (Conocí a otras personas de apellidos franceses, descendientes de familias que se habían asentado en España por una o dos generaciones, cuyos padres también fueron cónsules de Cuba en esos años. Uno es el caso de Pablo Le Riverend, que nació en Montevideo cuando su padre era el representante de Cuba en esa ciudad; otro, el de Mario Abelend, que pasó parte de su infancia en Lisboa por la misma época en que su padre era el cónsul cubano). El padre de Guigou fue cónsul en Tenerife y, si recuerdo bien, en Barcelona y en Génova, en cortas estadas que le hicieron mudarse, con su familia, de un sitio a otro, sin contar frecuentes viajes de placer por distintas ciudades europeas.

Eso sucede en el tiempo que sigue inmediatamente a la primera guerra mundial, cuando Guigou, que ha nacido en 1913, es un niño de cinco o seis años. Casi al final de Días ácratas, Kin, el protagonista, perseguido y menesteroso, a punto de irse a vivir a un burdel de hombres, recuerda una mañana en Venecia en que, vestido de marinero, anda de paseo con sus padres. El apunte, como algunos otros de la novela, es estrictamente autobiográfico.

A principio de los veinte, cuando gobierna en Cuba Alfredo Zayas, Guigou está de regreso en La Habana, donde termina su niñez y comienza su adolescencia; de esa época es su primer encuentro "personal" con la literatura. El escritor colombiano José María Vargas Vila ha venido a someterse a una cura de descanso por la tisis que padece, y el congresista José Manuel Cortina lo instala en su finca La Luisa, donde también se ha ido a vivir la joven Mercedes Guigou, hermana de Alberto y amante de Cortina.

Este es el inicio de una amistad entre el niño y el novelista que habría de durar hasta la muerte de éste, y también de una vocación, aplazada y torpedeada muchas veces, que se iba a concretar en una obra escrita más de medio siglo después: la acción política se interpondría en el camino del quehacer literario. Cuando comienza la lucha contra el régimen de Gerardo Machado, ya Guigou es un joven cuadro del Partido Comunista que se ha leído con pasión los textos del canon marxista y que cree que la revolución del proletariado ha de inaugurar un nuevo orden mundial.

Al acentuar el gobierno de Machado sus rasgos dictatoriales, que recrudecen las acciones de la oposición y éstas, a su vez, la sangrienta represión oficial, Guigou encuentra prudente ausentarse del país y se marcha a Barcelona, donde reside ahora Vargas Vila y donde está por instaurarse la segunda república. El popular novelista ya empieza a extinguirse y AG se muda con él y le sirve como una especie de secretario y de factótum. Vargas Vila que, de alguna manera, se convirtió para él en una figura paterna, era "de la raza" —la manera que tenía Guigou de identificar a los homosexuales— y compartía con el muchacho sus saberes, mundanos y librescos, en medio de la vasta biblioteca donde se iba terminando su vida.


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