Actualizado: 26/09/2022 12:32
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Cuba: ¿el equipo imposible?

¿Un equipo unificado podría juntar todo un país, partiendo del hecho cierto, incontestable, que somos una nación dividida?

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Desde el pasado 10 de marzo —día funesto en la historiografía cubana— la llamada Asociación de Beisbolistas Cubanos solicitó a las Ligas Mayores de Béisbol —MLB— conformar un equipo de peloteros cubanos para competir en el Clásico Mundial. Las razones esgrimidas podrían parecer ingenuas. O politizadas. Al final, la unificación beisbolista ha sido negada. De modo que la previa es solo una anti-introducción para imaginar un futuro largamente deseado por muchos.

La idea inicial era conformar un conjunto mixto: los de aquí y los de allá. Desde el punto de vista deportivo, eso sería un batazo, un jonrón. Después fue la alternativa de conformar dos equipos, dos Team Cuba, al estilo de los bien recordados Cuba Azul y Cuba Rojo. Muchos en la Isla saben de decenas de cubanos que triunfan en Ligas Mayores de Estados Unidos, sin duda, donde brilla lo mejor de este deporte en el mundo. No hay comparación posible con otras ligas; sea por dinero u otros motivos, las estrellas de Asia, América o Europa sueñan con la Gran Carpa, el lugar donde se inventó este juego hace más de siglo y medio.

Sin muchas consideraciones, un equipo unificado es el sueño de muchos. ¿Es posible? Como si se tratara de la diplomacia del Pin-Pon con China, o la idea de Mandela para reconciliar Sudáfrica con un equipo racial mixto de Rugby en 1995, tal vez los organizadores creían que a través de la pelota, la Isla podría dejar de ser un equipo privado del gobierno para convertirse en el conjunto de todos los que aman, a través del béisbol, a su patria. Lo más cercano fue cuando expresidente Obama estuvo sentado en el Latino junto al general-presidente presenciando el juego entre Tampa Bay y una selección nacional cubana. No pasó nada después. Marcador: cero carreras.

Sigamos la metáfora beisbolera para comprender que los sueños, sueños son, y nada cuestan, aunque muchos no podamos vivir sin ellos. ¿Un equipo unificado podría juntar todo un país, partiendo del hecho cierto, incontestable, que somos una nación dividida, y que de los demás no depende ponernos de acuerdo? ¿Pudiera imaginarse lo que sería un equipo Cuba-País integrado por cientos de miles de profesionales capaces, artistas, intelectuales, obreros calificados y campesinos exitosos en otras tierras y quienes se unirían a sus hermanos en la Isla en igualdad de condiciones?

El primer dilema para “unificar” el equipo llamado Cuba-País es tener voluntad de hacerlo. Voluntad es motivación. Algo que mueva a las personas a unirse con un objetivo común. En el caso de la Isla, la motivación es la desmotivación: casi nada está bien. La propaganda se encarga de negarlo o justificarlo. Tampoco en el llamado exilio todo marcha de maravilla. Siempre seremos emigrantes. Miles de cubanos desearían regresar a su patria si las condiciones socioeconómicas y políticas cambiaran. La yuca con mojo y el lechón asado no saben igual en Hialeah que en Marianao.

Una vez decididos a hacer un equipo Cuba en conjunto —de otra manera nadie va a ganar nada y todos hemos perdido algo— habría que seleccionar a los “jugadores”. ¿Quién escoge a quién? Los de la Isla suelen seleccionar por lealtades políticas; los méritos dentro de las reglas que ellos mismos ponen. Un ministro de la agricultura o la alimentación habla de tripas mientras come jamón; un presidente cuya base de todo no es libertad sino la limonada y no es nada original —Sammy Davis Jr. habló antes del valor filosófico de la limonada. Los de esta orilla creen que los de allá son malos peloteros porque hasta el otro día fueron opuestos leales, y del monstruo tuvieron que comer sus entrañas.

Un equipo Cuba para ganar la competencia de la Felicidad, como en el deporte, debe estar basado en los rendimientos, en la real y comprobada capacidad para jugar bien en cada posición. Y tal selección solo es posible con un director de equipo, y un consejo asesor que deben escogerse por consenso. Mientras el equipo Cuba-País tenga un solo manager, y una estrecha y única manera de hacer el juego, el campeonato estará perdido. Un manager no gana solo, por mucho que crea que tiene el apoyo de gente. No hay nada peor que tener disgustados en la nómina; nadie lo dice, por miedo… y juegan majá. Después de tantos ponches, juegos perdidos, un manager con dignidad, respeto a sí mismo y sobre todo valor, se retira y deja libre el camino a otros.

Pero si el siguiente director de la novena insiste en la misma táctica y estrategia que ha hecho que el equipo Cuba-País esté en los últimos lugares del campeonato Felicidad, se arriesga a terminar cargando la culpa de sus fracasos y de los anteriores. La continuidad no debe existir ni en el juego del Taco. Y si se impone, a pesar del fracaso a la vista, entonces se torna suicida, criminal. La pelota es casi la misma desde hace siglo y tanto. La forma de jugarla ha cambiado con el tiempo. Los managers y los deportistas que no se adaptan a los tiempos quedan en el sótano de la Historia.

¿Sería imposible que el régimen reaccionara antes de morir el viejo manager, ese que tantas derrotas tiene en su haber y que se ha retirado al fondo del bullpen sabiendo que nadie perdonará las derrotas? Como en cualquier campeonato, ¿podrá la nación cubana sacar un extra, y en el último inning detener las derrotas de seis décadas de separaciones y confrontación artificial? ¿Qué tiene que ver el “bloqueo” de guantes, bates y pelotas norteamericanas con la fuga masiva de peloteros y la quiebra de la marca Batos y la industria deportiva?

La esperanza son los nuevos jugadores. Esos que están llegando ahora a las Grandes Ligas —las no oficiales— y son protagonistas de excelentes demostraciones de talento y creatividad. La esperanza es que desde la Isla, y antes de que se derrumbe el Coloso del Cerro, un grupo de anti-continuistas salgan al terreno, inviten a todos en las gradas y en las afueras del estadio a participar de la Fiesta Innombrable. Pero si es mucho pedir, basta que quienes manichean el juego hasta ahora dejen que sea el público todo quien escoja sus jugadores sin interferir en el normal desarrollo del evento.

Ni los de aquí ni los de allá ganaran el campeonato de la Felicidad con equipos separados, cada uno por su cuenta. El premio tampoco se obtiene con más dólares o hipócritas lealtades. Ya lo intentaron alemanes, coreanos y vietnamitas: un país dividido no llega lejos, aunque una parte —sabemos cuál— presuma de ganador. Cuando una nación se escinde, como un equipo de béisbol, todos pierden. Un solo manager, o un par de estrellas no ganan nada, solo hacen más evidente, dolorosa la derrota. Siempre cabe la posibilidad de que esa sea la opción de quienes están en la Isla: dejar que los decrete out por regla el umpire inapelable, el tiempo. Estarán entonces en primera fila para entrar en el Salón de la Infamia.


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