Actualizado: 14/11/2019 12:33
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La pelota cubana no cabe en la azucarera

El cuento de los millonarios virtuales, a quienes les bastaba el cariño de su pueblo, dejó de reeditarse tras la caída del campo socialista y el avance de los cubanos que decidieron probar suerte en Grandes Ligas

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El declive de la pelota cubana es un fenómeno tan sencillo para sus detractores como irreparable para sus defensores. La historia beisbolera posterior a 1959 es similar al trayecto de la revolución; allí donde la pasión se congeló tras el ocaso de la guerra fría y la muerte del caudillo que la respaldaba con fanatismo. Se comentaba que Fidel Castro era el manager del team Cuba. Como era imposible suplantar con estímulos morales las recompensas materiales, esa hegemonía internacional de nuestras selecciones cayó en un estado de coma. De la máscara amateur al disfraz profesional, la miseria fulminó al complejo de utopía.

Fidel Castro llamaba por teléfono a los jugadores cuando decidían un partido contra Estados Unidos, o contra «los yanquis», como prefería nombrarlos. Los peloteros entraban a formar parte de la épica revolucionaria, al poner en alto el honor de la patria. José Antonio Huelga fue el «Héroe de Cartagena» en 1970, Agustín Marquetti el «Héroe de Managua» en 1972, Lourdes Gourriel (padre) el «Héroe de Parma» en 1988, y Antonio Pacheco el «Capitán de capitanes», un ejemplo a seguir. Pero Huelga falleció en un accidente automovilístico a los veintisiete años; en cambio, Marquetti y Pacheco se fueron sin hacer bulla para anclar en Estados Unidos.

El cuento de los millonarios virtuales, a quienes les bastaba el cariño de su pueblo, dejó de reeditarse tras la caída del campo socialista y el avance de los cubanos que decidieron probar suerte en Grandes Ligas. Atrás quedaba la inserción de los primerizos Bárbaro Garbey o René Arocha, quienes abrieron la brecha para que otros lo intentaran. Después, llegaron los éxitos de Liván Hernández y su hermano mayor Orlando «El Duque» Hernández, ganador de cuatro Series Mundiales, tres veces consecutivas con los New York Yanquees y una con los Chicago White Sox.

El temor al fracaso devino un riesgo común. La consigna de «Sí se puede» adquirió otra connotación. Tanto que los peloteros empezaron a irse sin garantías. Según rumoran, el torpedero Reinaldo Ordoñez brincó la cerca de un estadio y un agente de la seguridad cubana lo persiguió en vano, y el lanzador Adrián Hernández, «El Duquesito», rebasó la vigilancia del Aeropuerto Internacional José Martí disfrazado de mujer con un pasaporte falso. ¿Quién ha visto una mulata de exportación tan alta y fibrosa?

Yobal Dueñas y Maels Rodríguez se fueron tarde, cegados por el pasado de una ilusión. Yobal fue de los que atacó al gordito que salió al terreno con un letrero anticubano en los Panamericanos de Winnipeg 1999. No pudo hacerse justicia en las Mayores. Estuvo preso por robar artículos y joyas. Maels lanzó al mar su compromiso político-deportivo, aunque ya no era un pitcher de 100 millas por hora que completó ante Las Tunas el único juego perfecto que registra la historia de las Series Nacionales. Luego temió acabar como esos atletas retirados que iban a su casa pidiéndole ayuda.

En los dos mil, lo mismo se perdía la pasta dental, el papel higiénico que dos o tres peloteros. Los managers de los equipos en la Serie Nacional planificaban las alineaciones con antelación por una cuestión de oficio, bajo la incertidumbre de quién faltaría al día siguiente. Cada vez que se ausentaba un jugador en una selección, la primera pregunta del aficionado era: ¿se habrá ido?

Este año Cuba no asistió a la Copa Mundial para menores de dieciocho, celebrada en Corea del Sur entre agosto y septiembre. Evyan Guerra, un narrador de probeta, dijo en una trasmisión televisiva que la ausencia se debía «a razones obvias como la pérdida de jugadores en dichas categorías». Más que un robo de prospectos, los scouts de la Major League Baseball les recuerdan a esas criaturas en bruto y a sus padres, sumidos en la ansiedad, que un mundo mejor es posible.

Así en las altas o bajas de las bonanzas socialistas, ha sido indigente el sistema de estimulación destinado a un deporte priorizado como el béisbol. Se le otorgaba a una figura un carro y al deteriorarse se lo reponían por uno nuevo y el viejo se lo daban a otro atleta de menor jerarquía, entrenador o árbitro. Dichas transacciones resultaban humillantes, ya que un deportista valioso podría recibir como obsequio el auto de un colega en malas condiciones. Ello provocaba burlas desagradables entre quienes observaban con pavor tales remiendos. Algo peor suele ocurrir con las viviendas; si el inquilino temporal abandona el país, le quitan el inmueble a quien lo habita. Ningún «regalo» deja de ser medio básico del Consejo de Estado.

Claves al son de la presión política

El trayecto del béisbol durante el periodo de la revolución demuestra que los peloteros cubanos siempre han competido bajo presión, mucho más en el auge de la Guerra Fría y el odio hacia Estados Unidos sostenido por Fidel Castro en sus intervenciones públicas. Como ídolos populares que representaban un ideal de justicia, los beisbolistas fueron convertidos en leyendas vivas por el máximo gobernante, quien no les perdía pie ni pisada a los percances de sus vidas.

Durante lustros los peloteros no pensaron en jugar por la mayor suma monetaria posible. Parecía que un abrazo de Fidel y una semana en Varadero con la familia les bastaban para consagrarse en cuerpo y alma al béisbol. El amor a la camiseta era la pasión por su vocación. La motivación consistía en llevar en el pecho las cuatro letras de CUBA.

Estaba el caso de Agustín Marquetti, quien siguió jugando para elencos de la capital con una eterna sonrisa y el orgullo intacto, a sabiendas de que no volvería a integrar el equipo grande. Estos impulsos románticos se han esfumado del contexto beisbolero, donde ya casi no quedan pretextos para justificar la debacle.

El éxodo que flagela a la pelota no es una tragedia deportiva, sino el drama de una tierra donde sus habitantes huyen rumbo hacia cualquier lugar del mundo donde sea posible respirar. El ocaso de nuestro deporte nacional equivale a una pérdida de la fe en la revolución cubana. ¿Por qué durante la última década no han surgido bateadores ambidextros como Luis Ulacia o Frederich Cepeda? ¿Apatía de los entrenadores o desgano de aprendices? Ni tampoco hay lanzadores que intimiden a los rivales como Braudilio Vinent, Pedro Luis Lazo, Aroldis Chapman; o relevistas con la inteligencia flemática de Euclides Rojas, quien dejó la Isla en 1994. Ya nadie roba bases con la frecuencia del recordista Enriquito Díaz; mucho menos el home plate a lo Víctor Mesa. El cansancio es otra pérdida de la fe.

La presión económica doblegó a la presión política con el fin del entusiasmo desmedido. De lo contrario, una supuesta víctima de la presión política como el cuestionado Yulieski Gurriel hubiera fracasado en su proceso de inserción en Grandes Ligas. Tardío, para los expertos. Otros también han salido airosos en la pugna entre mercado e ideología deportiva. Yasiel Puig, José Abreu, Yoenis Céspedes o Aroldis Champan pueden decir que el desafío es duro, pero tiene su recompensa.

Puede argumentarse que no todo es una cuestión de contratos millonarios. Hay peloteros conocidos y desconocidos insertados en la liga rusa. ¡Quién lo imaginaría durante la época de sovietización insular, aquel subproducto de la cortina de hierro! Para los rusos que trabajaban en Cuba, el béisbol no tenía ni pies ni cabeza.

Es cierto que muchos han fracasado e, incluso, han vuelto para reincorporarse al diezmado movimiento deportivo del patio. Tal son los casos de Erisbel Arruebarruena, Leslie Anderson o Lisbán Correa, entre otros que están por enrolarse en la Serie Nacional. La Gran Carpa y sus ligas satélites no son campamentos de refugiados para inadaptados, incompetentes e indisciplinados. Cuando hay dinero de por medio, quienes tienen su fortuna en juego no perdonan.

Cuba registró la peor actuación de la historia en los Juegos Panamericanos efectuados en Lima, Perú, 2019. Desde 1963 la selección nacional no quedaba fuera del medallero en la cita continental. El manager Rey Vicente Anglada estuvo también al frente del conjunto que ganó el último Panamericano en Río de Janeiro, en 2007. Él asumió la culpa colectiva de un elenco que parecía estar en huelga de bates caídos. Parecía mentira que el inspirado Yurisbel Gracial no disparara un extrabase, con el aval de una treintena de cuadrangulares en la liga japonesa donde se desempeña.

A su regreso de la liga canadiense, Stayler Hernández le confesó a un periodista que al equipo de los Panamericanos le faltó motivación. ¿A qué se refería el jardinero de los Industriales? Al sueldo insuficiente que reciben los soldados del músculo por ofrecer servicios casi voluntarios a la patria. ¿Cuánto les pagarán a los privilegiados que juegan en Canadá? Por lo visto, equivale a un secreto de guerra. A solas con su gente, los atletas no hacen más que hablar de aspectos materiales. Sobreviven tragando en seco, ahogados por las carencias individuales o familiares.

La palabra dinero, siendo el problema crucial, es un tabú en los análisis de la prensa oficial cuando hay una debacle y, tal como reconoció el mismo Anglada al concluir los Panamericanos, «ya nos hemos acostumbrado a perder». Fingir el desconocimiento de la causa banaliza cualquier discusión con tintes demagógicos. La retórica de fortalecer el trabajo en las categorías inferiores ya no tiene sentido.

Pero la colina de las justificaciones quedó envuelta en el silencio. La reacción oficial fue la destitución de Yovani Aragón Rodríguez como Director Nacional de Béisbol. En su lugar, se eligió a un tal Ernesto Reynoso Piñeiro, quien fungió como primer secretario del Partido Comunista en el municipio especial Isla de la Juventud. Otra vez una solución política a un dilema profesional. Igual sucede en el terreno del arte: la militarización de los gestores escogidos causa estragos.

¿Por qué no cesan del cargo a Higinio Vélez Carrión, presidente de la Federación Cubana de Béisbol? Ya el acuerdo del Instituto Nacional de Deportes, Educación Física y Recreación (INDER) con la Major League Baseball acabó traducido en pretexto; las autoridades seguirán recostadas al bloqueo imperialista como una tabla de salvación. Los obesos políticos deberían brindar por Donald Trump en las sobremesas de sus comelatas.

Sustituir a Higinio sería tan saludable como darle peritaje médico al comentarista Rodolfo García, «Rodo» para sus acólitos y alias «La hiena» en los pasillos del Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT). Este personaje restituye un verso profiláctico de la poeta cubana María Elena Cruz Varela, dedicado al tutor simbólico de R.G.L: «El aire será más puro con tu silencio».

Aunque, bien mirado, ¿por qué el béisbol sería la excepción de la regla en un país que se quedó atrás en todo lo que era posible hacerlo? Los principios del deporte amateur no son más que un manojo de promesas incumplidas y viejas palabras de uso que no significan nada.


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