Actualizado: 23/06/2024 21:59
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Béisbol

Dos glorias cubanas

En memoria de los peloteros veteranos Octavio Rubert y Heberto Blanco, fallecidos recientemente

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Inmersos en el final de la contienda regular y los play-offs de Grandes Ligas, la mayoría de los fanáticos de la vieja guardia no se enteraron del fallecimiento reciente de Octavio Rubert y de Heberto Blanco, dos excelentes jugadores de la pelota profesional cubana. Ambos participaron en aquellos memorables campeonatos de los años cuarenta, pertenecientes a la época dorada del béisbol de la Isla.

Rubert, que murió en Miami, fue el mejor relevista en la historia de los gloriosos Azules del Almendares. Heberto, por su parte, fue el segunda base regular de los Rojos del Habana durantes varios torneos y falleció en la capital cubana.

Aunque Rubert perdió de pequeño la visión total del ojo izquierdo, fue un as en eso de "sacarle las castañas del fuego" a los pitchers abridores almendaristas. Era el paño de lágrimas de los miles y miles de seguidores de la gran divisa añil. Natural de Sancti Spíritus, nunca tuvo entrenadores, según confesó hace muy poco, y por sus resultados en el terruño fue al equipo Fortuna de la Liga Nacional Amateur y en 1947 debutó como profesional con el poderoso Almendares.

Su inicio en este equipo fue por todo lo alto, al finalizar la contienda como líder de los pitchers, aunque fue utilizado exclusivamente como apagafuegos. En la temporada siguiente repitió la corona entre los monticulistas y en 1949 estuvo a punto de ganar otra vez el galardón, pero le faltaron algunas entradas de actuación. En esa campaña el champion pitcher fue Vicente López, un excelente tirador derecho, también de grata recordación con la franela azul.

"Su especialidad era dominar a base de pronunciadas curvas hacia abajo a los bateadores, sobre todo con hombres en bases, pero también contaba con una buena recta que sacaba de paso a cualquier bateador", afirmó Vicente López, entrevistado por Encuentro en la Red en Miami, lugar donde reside.

Y acotó sobre Rubert: "Todavía me parece verlo salir al rescate de nosotros los abridores, en aquellos inolvidables domingos, en el Estadio del Cerro, que parecía que iba a reventar, atestado de un público delirante".

Rubert transitó también por el béisbol norteamericano y llegó hasta Triple A. En 1954 lució en gran forma y fue invitado al campo de entrenamiento de los Piratas de Pittsburg, pero ya tenía molestias muy serias en su brazo derecho, según señaló desde su residencia del Nort West de Miami, pocos días antes de fallecer víctima de una seria dolencia en el hígado, a los 80 años de edad.

El segunda base del Habana

Al igual que la casi totalidad de los peloteros cubanos del siglo XX, Heberto Blanco se inició en los placeres del béisbol en su ciudad natal, Bayamo, en el oriente de la Isla. Poco después, junto a su hermano Carlos, se trasladó a La Habana, meca primero y punto de partida después hacia otros territorios del área centroamericana, donde los peloteros cubanos eran verdaderas atracciones.

Además de defender el segundo cojín de los Rojos, fue el primer bate de la novena dirigida por Mike González. En 1941 jugó el campo corto con el Santa Clara, un potente seleccionado de la bola rentada. Ese año y el siguiente estuvo en Norteamérica con los New York Cubans. Durante esa etapa militó además con el equipo Monterrey, en México, en compañía de los gloriosos Santos Amaro, Silvio García y Tony Castaños, y participó en otros eventos foráneos.

Seguramente que viejos aficionados de la capital cubana, asiduos al Estadio del Cerro, al enterarse de ambos sucesos, recordarán con nostalgia la infinidad de veces que Heberto Blanco se enfrentó a Octavio Rubert. Ahora que se han marchado, seguramente que ingresarán rápidamente y juntos en el Salón de la Fama del Béisbol Cubano, instaurado en Miami, y algún día en el sitial de honor que se situará en el estadio habanero.