Actualizado: 20/11/2019 9:47
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Cebras letales

Opositores al régimen envueltos en 'accidentes' fatales. ¿Una casualidad?

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En España se llaman pasos de peatones y en Francia, passages cloutés, porque inicialmente estaban bordeados de grandes clavos ( clous) de bronce incrustados entre los adoquines. En Cuba y en Inglaterra les dicen cebras, por la analogía de las rayas blancas sobre la negra piel del asfalto.

Hasta había una cancioncita que en los años sesenta repetían en radio y televisión en el marco de una campaña de educación vial: "Al cruzar la calle / hazlo por la cebra / la cebra te espera / te invita a pasar…". La melodía procedía de una archisabida lección de solfeo del método de Hilarión Eslava, por lo que el anuncio se volvió muy popular. Do-mi-do-mi-sol-do, si-la-sol-fa-mi-re…

Motos asesinas

Andando el tiempo, la confianza ingenua en la seguridad que las cebras ofrecen al peatón se transformaría en una trampa mortal para muchos exiliados cubanos. En conjunto, quienes hemos huido del régimen de Fidel Castro tenemos una tasa de siniestralidad vial elevadísima, por lo menos mil veces superior a la del resto de los mortales, y la mayoría de los accidentes se producen precisamente en las cebras. Aquí van algunos ejemplos.

Hace cuatro años, Manuel Antonio Sánchez Pérez cruzaba por un paso de peatones en el centro de Barcelona cuando una moto de gran cilindrada lo atropelló. El golpe le produjo graves traumatismos y una pérdida de masa encefálica que poco después le causó la muerte.

Manolo había sido viceministro del gobierno de Castro. En diciembre de 1985 pidió asilo en España. Unos días más tarde, un equipo de agentes cubanos intentó secuestrarlo a mediodía, cuando salía de un banco situado en el madrileño Paseo de la Castellana. La intervención de la policía española impidió el rapto. La frustrada operación provocó la expulsión de varios diplomáticos cubanos y agrió por un tiempo las relaciones entre ambos gobiernos.

Una tarde de verano de 2005 el pintor Guido Llinás Quintans cruzaba un paso de peatones en la avenida de Nogent, que atraviesa el Bois de Vincennes, en el este de París, cuando una moto de gran cilindrada lo atropelló. Guido llegó al hospital en estado de coma y murió un mes después, sin haber recuperado el conocimiento.

Miembro del Grupo de los Once, fundador del abstraccionismo en Cuba, Guido vivía exiliado en Francia desde 1963. Aunque no militaba en ningún grupo político, mantuvo siempre una actitud de firme crítica al régimen castrista. Su obra figura hoy en los principales museos de pintura moderna del mundo.

Pero los accidentes de circulación que han diezmado al exilio cubano en Europa no pueden atribuirse exclusivamente a las cebras. En el verano de 2006 la doctora Martha Frayde se disponía a subir a un taxi en Madrid cuando el vehículo arrancó inopinadamente y la arrastró varios metros. Pese a su avanzada edad, Frayde sobrevivió a las lesiones, aunque sufrió una fractura de cadera que la ha mantenido largos meses recluida en un hospital.

En los años sesenta, Frayde fue una estrecha colaboradora de Castro y desempeñó altos cargos en su gobierno, entre otros el de embajadora ante la UNESCO. Luego pasó a la oposición, sufrió cárcel y ostracismo, y desde los años ochenta dirige una revista de derechos humanos que se publica en Madrid.

Quizá el antecedente más claro de esta propensión a sufrir accidentes de tráfico que padecemos los opositores cubanos sea el caso del sacerdote Miguel Ángel Loredo. Después de cumplir diez años de cárcel como preso político plantado por una causa que la policía amañó para condenarlo, el padre Loredo regresó a su parroquia en 1976 y reanudó su labor pastoral.

Poeta y pintor, además de cura franciscano, Loredo gozó pronto de extraordinaria popularidad entre los jóvenes habaneros, que empezaron a frecuentar los templos donde predicaba. El gobierno presionó a la Conferencia Episcopal para que lo obligara a exiliarse, pero Loredo se negó a partir.

En 1982, mientras hacía su recorrido habitual entre dos iglesias, un camión lo atropelló en la Virgen del Camino. Después de golpearlo y lanzarlo contra un muro, el conductor del camión aceleró y se perdió de vista. El cura salvó la vida de milagro, gracias a que un auto lo recogió y lo llevó a un hospital.

Estoy seguro de que ha habido otros incidentes similares y que son más abundantes en Europa que —digamos— en Estados Unidos, donde se camina menos y se circula más en automóvil. Me he limitado a relatar algunos casos de amigos muy cercanos, con los que he departido en muchas ocasiones y cuyo destino personal me afecta íntimamente.


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