Actualizado: 03/07/2020 15:57
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La Habana

Creer o no creer

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Los kings, habitantes del desierto de Kalaharí, llamaban a la Vía Láctea "El espinazo de la noche", pues estaban convencidos de que el mundo era un gran animal en cuyo interior vivían. Puede que nos parezca una barbaridad, pero mientras así lo creyeron, el mundo (para ellos) era efectivamente un animal.

Son cuestiones cuya ventilación queda para los entusiastas de Kant y de Hume. No es en la substancia puramente filosófica del tema en la que interesa detenerse. De momento, baste con el ejemplo, no por exagerado menos sugerente, para medir el aliento que insufla a los humanos aquello en lo cual creemos.

Por decantación se infiere asimismo lo vacía y desasosegada que puede resultar la vida de las personas que ya no encuentran nada en que creer, los despavoridos a quienes se les escapó en un pestañazo el mítico animal que les servía de cobija.

Y he aquí el meollo, ya que tal situación parece ser hoy la de una gran parte de los cubanos que viven en la Isla.

Lo curioso (por no decir lo terrible) es que, entre nosotros, haber dejado de creer en ciertos postulados, con su correspondiente carga de planes y promesas que jamás se concretan, no nos ha conducido, como casi siempre sucede, a la búsqueda de otras alternativas que permitan renovar la credibilidad.

Los venezolanos y los bolivianos, sobre todo los pobres muy pobres, dejaron de creer en los políticos inútiles y/o corruptos y en los ricachones insensibles. Y con la misma han resuelto probar con los caudillos de charretera y barricada. No es mucho lo que ganan, mucho menos que nada, pero qué remedio, si todavía no se les ha muerto el animal dentro del cual viven.

"Lo que uno cree es tan cierto como la verdad", escribió Borges. Ante lo cual sólo quedaría por agregar: mientras que no se demuestre lo contrario.

Ahora los bolivianos y los venezolanos marchan crédulamente hacia el lugar de donde nosotros regresamos escépticos, hartos y, lo peor, cansados de creer.

Por ser excesivamente crédulos tal vez, o porque no les queda otra disyuntiva, ellos desconocen que toda voluntad política impuesta a la brava, violenta esencialmente el sentido del poder, que no es utilizar al gobernado según la elección, los intereses y el beneficio de quien gobierna, sino exactamente lo contrario. Ignoran que el poder absoluto en manos de un gobernante condiciona la absoluta negación del gobernado y, claro, el fracaso de sus aspiraciones.

Ya tendrán la oportunidad de enterarse. Sólo resta desear que no sea demasiado tarde y que no regresen del nuevo desengaño con la facultad de creer operada en variante taxidermia, o sea, muerta y disecada, aun cuando mantenga los ojos abiertos, que es justo lo que nos está sucediendo hoy a nosotros.

Y he aquí otra reacción curiosa (por no decir terrible): la incredulidad, lejos de conducirnos a una actitud de resistencia frente aquello en lo que dejamos de creer, nos mantiene igual de vulnerables (o más) que cuando éramos crédulos.


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