Actualizado: 20/09/2019 11:30
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MÉXICO DF

Fidel y la comida

Espaguetis, quesos franceses y coco glasé: ¿Cuánto han repercutido en la política nacional los gustos alimenticios del Comandante en Jefe?

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"Playa Larga..."

"Playa larga, igual que tú", respondía el otro.

Aparte del obvio símil entre "larga" y "espagueti", el chiste entrañaba un sarcasmo político porque Playa Larga es el nombre de uno de los arenales que están en Bahía de Cochinos, donde tuvo lugar la invasión de Girón en abril de 1961. Se ridiculizaba así —como desquite a tanta penuria planificada— un acontecimiento oficialmente presentado como heroico. La gente se vengaba con razón de que los antojos de un solo individuo se hubieran convertido en política alimentaria a escala nacional.

A finales de aquel año 1982 la Pepa y Gades se casaron en La Habana con Fidel Castro como padrino, quien volvió a obsequiarlos con otra de sus imposibles espaguetadas. Al año siguiente pude confirmar mis sospechas sobre el despotismo gastronómico durante un viaje que hice a Italia. Mi editora de entonces, Inge Feltrinelli, me entregó un paquete herméticamente embalado para el Comandante. Al principio pensé que eran libros, pero aquel envoltorio estaba tan rodeado de misterio que ni siquiera me atreví a preguntar qué contenía.

Cuando llegué a La Habana lo entregué a las autoridades pertinentes, y sólo más tarde supe lo que contenía el bulto: ¡una máquina de hacer espaguetis! Fidel no sólo quería hervir personalmente sus espaguetis, también quería fabricarlos. ¿Era simple prurito o más bien miedo a que lo envenenaran?

Años más tarde, cuando yo trabajaba en la Unesco, fui testigo de envíos de diversas variedades de quesos franceses para el Comandante. A veces era tanta la urgencia que en la embajada cubana de París usaban la valija diplomática para hacerlos llegar a La Habana a la mayor brevedad posible. Por supuesto, esos no eran los quesos que se servían (parcamente) en las pizzerías cubanas.

Otras de sus debilidades culinarias

Aparte de la cocina italiana, la otra pasión gastronómica del Comandante es la comida china. De ahí la soya en los espaguetis. Cuando estudiaba en la universidad iba al barrio chino habanero a comer en un restaurante llamado El Pacífico. Era un lugar caro, no una de las tantas fondas chinas donde se consumía ante todo sopa de aleta de tiburón.

El barrio chino empezó a decaer a inicios de la revolución. La última oleada de emigrantes asiáticos había llegado a la Isla hacia 1929, de modo que ya para 1960 la población estaba envejecida, y con el triunfo revolucionario el Chinatown recibió el de gracia cuando cerraron todos los negocios privados, entre los cuales estaba el favorito de Fidel, El Pacífico.

Hace poco reabrieron El Pacífico, pero ya no es lo mismo, porque no hay chinos. Se murieron todos. A menos que importen orientales de Corea del Norte, no sé cómo van a resucitar el espíritu de ese vecindario. Y ni así… ya nunca El Pacífico ni el Barrio Chino volverán a tener el encanto milenario de otros tiempos.

Y así llegamos a los postres… A mediados de los ochenta fui testigo de otra debilidad culinaria del Comandante: el coco glacé, o nieve de coco. Estábamos en el Palacio de la Revolución, en el salón de recepciones. Fidel Castro flotaba literalmente en medio de una multitud de admiradores que lo seguían a todas partes, como autómatas. Casi huyendo de ellos, de pronto el Comandante se metió en un salón más privado, más pequeño, con puertas de cañas de bambú. Allí no cabía la muchedumbre de invitados.

En el último minuto pude colarme en el saloncito de bambú. Yo iba picando de todo lo que había en la mesa. Una periodista española, descalza, se empinaba para hablar con Fidel. Él le contaba la historia de las guerras de independencia de Cuba. A ella se le caía la baba contemplando a su héroe. Fidel miraba de vez en cuando los cocos glacés desplegados en la mesa: blancos, helados, cremosos. La periodista gallega saboreaba su coco glacé mientras se comía con los ojos al Comandante. Fidel exclamó: "¿y para mí no hay coco glacé?". La periodista se apresuró a alcanzarle uno de los que estaban en la mesa, pero Pepín Naranjo —mano derecha del Comandante por aquel entonces— alzó las cejas y la petrificó en el acto.

Pepín no se separaba de su jefe, estaba a sus espaldas. Hizo una seña con el dedo y enseguida apareció un cocinero, como salido de la nada, con un coco glacé especial para Fidel. Traído exclusivamente para él, directamente de la cocina. No era un coco glacé cualquiera de los tantos que estaban en la larga mesa. Era el coco glacé destinado a él. ¿O debo decir a Él?

De nuevo me asaltó la pregunta: ¿tenía miedo a que lo envenenaran con un coco glacé? ¿Tenía miedo incluso allí, en el sanctasanctórum del salón de recepciones del Palacio de la Revolución, rodeado de cientos de agentes secretos y soldados armados?

Sea como sea, lo cierto es que el manjar más deletéreo para el Comandante fue el corderito que le ofreció no hace mucho el presidente Fox. El corderito asado —picoso o no— que motivó el desaguisado de la grabación telefónica que el mandatario cubano hizo pública. Políticamente hablando ese corderito sí que fue mortífero, mucho más letal que todos los cocos glacés del mundo.

(*) Publicado en la revista mexicana Día Siete.


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