Actualizado: 20/11/2019 9:47
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Sociedad

¿Mal de muchos, consuelo de tontos?

Abulia, desesperanza y temor al futuro marcan el comienzo de este 2007 en Cuba.

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Fin de 2006 y primeros días de 2007 en Cuba: abulia, desesperanza, temor al futuro. Las calles vacías, la gente recogida como si esperara una tormenta de dimensiones imprevisibles.

Nada más ajeno a la época festiva de una Navidad recuperada dificultosamente después de tres decenios de prohibición, y de tantos esfuerzos para poder colocar un arbolito sin ser denostado y hasta expulsado del trabajo. Apenas se tuvo la cena familiar menguada por las carencias monetarias y, en esta ocasión, las dificultades adicionales para encontrar productos, incluso en las tiendas de venta en divisas mal abastecidas.

Un 31 de diciembre callado, ajeno a la antes obligatoria "caldosa", semiajiaco, o gran sopón con las viandas y pedazos de recortes de cerdo entregados en las bodegas al Comité de Defensa de la Revolución, cuyos miembros la han elaborado durante unos 40 años en una fogata callejera, mientras bebían ron o cerveza de dudosa calidad para "celebrar" el triunfo de la revolución aquel primero de enero de 1959. Tampoco vendieron alimentos adicionales por la tarjeta de racionamiento.

La cubana, emperifollada desde temprano, vestida con sus mejores "trapos", de saya muy corta o muy estrecha, pantalones bien apretados y el ombliguito afuera, según la edad, que muchas veces se ignora para satisfacer la vanidad propia de quien es coqueta. Todo comprado para la ocasión o simplemente recompuesto como nuevo. El maquillaje subido de tono y el perfume llamando a los cuatro vientos, antes que se escuche la risa desenfadada, anuncio de la alegría de vivir.

Los hombres, pulcros, vestidos con sus mejores galas —nuevas o recicladas—, dicen el último chiste perfumado con colonia y sazonado con ron y cerveza. Madres y abuelas cocinan a todo tren, y los chicos, en alegre revuelo por todas partes. La música, enloquecedora a veces, muy criolla, sea antigua o moderna. Gracias a la memoria, hoy eso se puede contar.

Instinto de conservación y miedo

Rostros lúgubres, contraídos, aburridos, apesadumbrados, tensos, arrugados, muestran prematuramente los cubanos de todas las edades y sexos. Quien trata de comprar algo, poco puede encontrar. Los estantes semivacíos hasta en las caras tiendas recaudadoras de divisas, la poca y mala carne de puerco indispensable en esta época, el escaso dinero y los precios de espanto, desestimulan a todos.

El transporte casi inexistente, el tedio en las paradas de ómnibus se confunde con la resignación, los almendrones, añejos autos-taxis americanos, están perdidos, y cuando aparecen, vienen cargados, aunque a veces se tiene la suerte de conseguir un pirata que está "boteando" para poder pagarse la gasolina o hacer algún dinerito.

Las mujeres visten como todos los días, y hasta las mayores llevan tenis o sneakers para poder enfrentar las largas caminatas. Quizás conservan el tinte en el cabello como signo de presunción. Los hombres van con ropa gastada, shorts, camiseta y chancletas, en un desenfado que se ha vuelto cotidiano y lastimoso. No se sienten muchas fragancias, aunque la mayoría de las personas se mantienen pulcras. En las casas, se arreglan para comer en familia, pero probablemente sin nada especial.

¿Dónde están la risa, el optimismo, la credulidad inducida, la alegría contagiosa, la espontaneidad hilarante, la música estridente, las fiestas con amigos de muchos años, que hace tiempo no se reúnen?

La gente en la calle, los borrachos trasnochados, los autos por todas partes, porque acumularon gasolina para fin de año, ¿a dónde fue a parar todo? Es como si cada cubano tuviera un gran peso encima, como si pasiones, sentimientos, deseos, estuvieran guardados o en asecho. Nadie lo dice, no lo comenta, no quiere demostrarlo, no puede ni quiere explicarlo.

El instinto de conservación y el miedo paralizan a los cubanos y, por tanto, a la sociedad, el país. Nadie podría suponer hasta cuándo, pero los cubanos saben que merecen vivir, tener sueños, seguridad y ser seres humanos libres para determinar lo que comen, en una vivienda adecuada para una familia segura, con un salario real y un transporte normal…; reunirse con quien quieran, cuando quieran y donde quieran. ¡Expresar las ideas! En fin, decidir su futuro.


Una oficina de la CTC, este fin de año en La HabanaFoto

Una oficina de la CTC, este fin de año en La Habana. (AP)