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Muriendo… y no pasa nada

Los habaneros siguen negociando, vendiendo y comprando, y un buen número estafando o maldiciendo.

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Timado por partida triple

A pesar de que recordaba perfectamente las condiciones nacionales, pequé de desatento. En una tienda de divisas compré por cerca de doce dólares una botella de ron adulterado, pero con todas las etiquetas del Habana Club añejo. En otra me dieron un vuelto donde descubrí luego dos monedas con la efigie de Ernesto Guevara, en vez de número igual de chavitos. Son bastante parecidas. Esta rapacería le significó a la cajera más de 40 pesos. Posteriormente, me ocurrió lo mismo en uno de los más conocidos restaurantes de La Habana.

Aunque resulta difícil ver en mi semblante una pizca de extranjero, no sé cómo huelen que uno no vive en la Isla, y las posibilidades de timo se acrecientan en mil por ciento. Un librero, que oferta indicios de toda la cultura universal en tres metros cuadrados y tiene su boliche a pocos metros del Yara, intentó entregarme —60 dólares mediante— un fajo de novelas de Corín Tellado, que no me gusta, a pesar del aprecio que manifestó por la autora Mario Vargas Llosa.

Pero lo mejor de la visita me sucedió en una suerte de cafetería que cobra en divisa, ubicada exactamente en 28 casi llegando a tercera, en Miramar, el bello barrio donde pasaron volando mi niñez y juventud. Como no había mucho para escoger, me decidí por un entremés de queso y un plato de espaguetis. Estos nadaban entre un alegre líquido rojo, lo menos parecido a salsa de tomate que se pueda imaginar. Con el queso reforzaría el espagueti.

Cuando llegó la cuenta, observé que no había un entremés anotado, sino dos. La muchacha, una rubiecita agraciada, me respondió: "Usted pidió uno pero yo le serví dos, porque una ración es muy poco". Sonreí, sonreí admirado pensando hasta dónde ha llegado mi país. Y me marché.

Los taxis —me refiero a los almendrones, como se llama en La Habana a los autos museables— ya no cobran 10 pesos por ir de determinado sitio de la capital a otro, como era mi experiencia. Ahora aquel tramo está dividido en dos, y así, por la misma carrera de antes, piden 20 pesos.

Los apuros por hallar alimento, que ha creado una suerte de obsesión entre los isleños, continúan en todo su fragor, en toda su tenacidad, en toda su psicosis. Desde luego que se fundamentan en la escasez y los elevados precios. Cuando lleguen a Cuba los Moles y las enormes tiendas de las sociedades de consumo, los cubanos sin duda estarán entrenados. Van de un puesto de viandas a otro, y a otro y al de más allá, aunque esté a veinte cuadras, hasta alcanzar la oferta más barata.

Castro, en fin, se moría y daba fe de sus límites, pero los habaneros —al menos así los vi— prosiguieron, como entes biológicos que son, empecinados en vivir y asegurarse una esperanza, pero conscientes de que esa esperanza acabará al próximo día.

Con otro amigo indagué cómo era posible que el "comandante en jefe" se estuviera muriendo y no pasara nada. Y el amigo, con la lógica aplastante de sus muchos años, me dijo que se está muriendo, pero no ha muerto todavía.


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