Actualizado: 15/11/2019 19:53
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El poema 'Tengo', que tan aclamado fuera en su momento, hoy ya no es el himno de la Revolución del 59 y de Girón.

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En 1943, cuando yo tenía diez años y faltaban dos para el descubrimiento de la penicilina, un amiguito mío le preguntó a su padre qué cosa quería decir la palabra "gonorrea". El padre hablaba en la acera de su casa con dos comadres, maestra una de ellas y la otra esposa de un comerciante al por mayor.

El niño acababa de atrapar en el aire un suelto que anunciaba un depurativo mágico para curar la gonorrea (aun la de garabatillo de los soldados) en sólo cuatro semanas. "¡Sucio!", exclamó el padre agarrando al niño por el pelo y aplicándole un tapabocas que le aflojó un diente.

Gonorrea era entonces una palabra muy fuerte. Lo seguía siendo todavía no hace tanto, a pesar del liberalismo llegado con la revolución sexual de los años sesenta, que tantas camas enviara a la basura sin que los apiadados carpinteros pudieran hacer nada por salvarlas.

Evitando el estupor que aquella voz solía causar, los médicos acudían a un eufemismo: "blenorragia", el cual, por su empaque científico, le permitía al interlocutor darse por persona culta, entendida. Y a quien no la entendiera, educadamente le aclaraba el doctor, bajando la voz, como revelándole un secreto: "Enfermedad venérea".

Otra palabra gorda de entonces, absolutamente impronunciable en público, era "condón". Para humanizarla, las buenas costumbres inventaron el eufemismo "preservativo", aunque quedando de hecho prohibido mencionarlo o hacer alusión a su existencia delante de las señoras, y menos aún de las muchachas solteras —"las señoritas", como les decían entonces.

En ese sentido se era tan respetuoso, que en las farmacias el cliente esperaba mirando con disimulo en el mostrador-vidriera a que el dependiente se liberara del comprador que estuviera atendiendo. Y si no existía dependiente en la farmacia, entonces le decía a la dependienta que, por favor, tuviera la bondad de llamar al boticario. Y de allá atrás, del fondo de la rebotica donde permanecía machacando granos en el mortero y preparando pócimas, salía el regente y dueño de la farmacia a despachar el humilde condoncito, que en esos tiempos valía cinco centavos.

No traería cara de agravio, por el contrario. Como en los hogares de entonces las señoras parían doce y trece veces, el condón, al carecer de uso doméstico, era el signo de los Casanova. Y él, el boticario, había sido escogido por un cliente a quien a lo mejor veía por primera vez, para confiarle en lo que andaba. De ahí la cara de satisfacción del doctor al poner el condón en la mano del cliente, con el aire de quien promete guardar un secreto.

Hoy, ya ven. En Cuba al menos, cuando no aparecen globos paras las fiestas infantiles, la gente infla condones. Y en los anuncios de la televisión, la radio y la prensa escrita, gonorrea y condón son palabras más utilizadas que paz, amor, amistad, Dios. Esto, en Cuba y en el mundo entero.

No hay cosa, hecho o suceso cuya lectura permanezca estática.


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