Actualizado: 28/02/2024 17:05
cubaencuentro.com cuba encuentro
| Entrevistas

Literatura, Biblioteca de Babel, Libros

La Biblioteca de Babel

En la casa de Andrés Reynaldo hay libros en todas las habitaciones, excepto las de sus hijos. Además de los estantes, se les puede encontrar en repisas, mesas de noche, gavetas y, en ocasiones, bandejas

Enviar Imprimir

Hace cuarenta y cinco años que un novel escritor villaclareño se dio a conocer al ganar el Premio David con el poemario Escrito a los veinte años. Tenía como eje temático el amor en toda su diversidad, visto desde el punto de un joven veinteañero que acababa de dejar atrás la adolescencia para ingresar en la primera juventud. Como se podía leer en la contraportada, aquel libro era una muestra de “poesía espontánea que encuentra su lenguaje en las palabras sencillas y las emociones grandes”. Era una escritura temporalizada, realista, más volcada hacia afuera, hostil al engolamiento de la voz, que ponía de manifiesto con nitidez su talante vital. En Escrito a los veinte años se podían encontrar versos como “Los ruidos que hacían el silencio se hacen ruido”, “Agosto queda sobre la isla que amanece” y “El recuerdo es la distancia más frágil”.

Tras aquel estreno, su autor, Andrés Reynaldo, demoró en comparecer ante los lectores. Lo hizo nuevamente a través de un premio, el Letras de Oro, que auspiciaba la Universidad de Miami. En La canción de las esferas (1987) el tratamiento del presente da paso a la mirada retrospectiva de la niñez y la adolescencia. Reynaldo levanta actas de vivencias y actitudes, y realiza un recuento de amores, nostalgias, sueños, fracasos. Bajo su aparente sencillez, en aquellos poemas escritos con las palabras de todos los días una lectura atenta permite descubrir la riqueza estilística que los alienta, su capacidad para incorporar, sin resentirse, detalles líricos, referencias cultas, imágenes metafóricas, aladas sutilezas.

Hubo que aguardar hasta 2015 para que Reynaldo entregara a la imprenta su tercer poemario, El problema de Ulises. En el comentario sobre el mismo, Alejandro Anreus expresa: “El poema que da título al cuaderno consiste de diez secciones, donde la trama de Ulises es contada con una frescura que podemos llamar revisionista. El mundo griego y el mundo cubano son entremezclados con un sentido de la historia cargado de ironía, de fatalismo, y sí, de redención. Este largo poema refleja la profunda y nada pedante cultura literaria e histórica del autor, a través de versos claros, depurados del insoportable barroquismo de tanta poesía en nuestra lengua”. Y afirma que con este libro “Reynaldo vuelve a donde siempre ha estado y tiene que estar: a la casa de la poesía, donde su voz es original e inconfundible por su claridad y eticidad, por la fuerte orfebrería de sus versos”.

Muchos, en cambio, no conocen a Reynaldo por su faena literaria, sino por su trabajo como periodista. Ha sido subdirector de noticias locales de El Nuevo Herald, en Miami, y jefe de redacción de la revista People en Español, en New York. En ese campo lleva más de tres décadas y sus columnas se publican en Estados Unidos, Europa y Latinoamérica. Sus textos periodísticos son a menudo polémicos, por la honestidad y la falta de prejuicios con que expresa sus ideas y puntos de vista. Pero más allá de que estos se compartan o no, están estupendamente escritos y atrapan por su aguda visión. Pienso que un botón de muestra de eso que digo son las respuestas a nuestro cuestionario. Espero que las disfruten tanto como yo.

¿Cuántos libros tiene tu biblioteca?

Debo tener alrededor de cuatro mil libros. Mi mujer disputa estos cálculos, con tal de llevarme la contraria. (El secreto de un matrimonio largo y estable, así como el de la democracia, radica en una alternante e insomne oposición.). Aquí encontrarás libreros doquiera que no haya muebles de extrema utilidad ni cuadros, fotos y adornos de discutibles valores estéticos, patrimoniales y sentimentales. Hay libros en todas las habitaciones, excepto las de nuestros hijos. La Generación Z, ya sabemos, lee por ósmosis.

En algunos estantes, los libros se apretujan en doble fila. Si la anchura del estante lo permite, se amontonan también horizontalmente en el espacio libre, como escalonados umbrales. Si lo permite la altura, reposan igual portadas sobre cabezas, sin tomar mucho cuidado de que el lomo quede mirando hacia afuera, de manera que necesitan ser reconocidos, con una mirada de carácter más bien obstétrico, por el volumen y la textura de la tripa.

Asimismo, libros en repisas, mesas de noche, gavetas y, en ocasiones, bandejas. Durante los últimos años se han ido formando islotes junto a los asientos y sofás de la sala y la saleta contigua a la cocina. Aunque todavía no estorban el paso, y a pesar de que mi mujer es una voraz lectora, el avance de este descuidado archipiélago ha radicalizado el marco de la retórica conyugal.

¿Cómo los tienes organizados: por autor, por temas, por áreas lingüísticas o indiscriminadamente?

Indiscriminadamente. Con frecuencia sucumbo al mismo estado de desesperación que los encargados de la biblioteca borgiana. Se me van horas y horas en busca de una necesaria referencia. Mi humor se agrava cuando empiezo a contemplar la paranoica posibilidad de que me hubieran robado el libro que estoy buscando. Por supuesto, inmediatamente surge una lista de sospechosos dividida por géneros y autores. Dado el caso, puedo comenzar a hacer llamadas indagadoras.

Sueño con tener el tiempo, la disposición y el total dominio del espacio hogareño, digamos, por un mes, para imponer el orden que llevo en mi cabeza desde hace décadas. La cosa iría así, más o menos. El área más accesible, luminosa y ventilada estaría estrictamente dedicada a Jorge Luis Borges, Marguerite Yourcenar y Ernst Jünger. Lo que yo llamo la Gran Tríada Normativa. Luego, un orden por géneros y/o temas, subdivididos en zonas lingüísticas. Cuba, que no pasa de cien autores, establece el único orden por país.

Otro anaquel al alcance de la mano, sin empleo de escalera, contendría diccionarios, mapas, compendios, guías de campo (tengo casi todas las de la Audubon National Society) y manuales de oficios. Esa lectura amena, sinóptica, fragmentaria, sin compromiso de continuidad, permite aliviar con unos minutos de mariposeo la culpa por no sentarme a leer en serio.

¿Qué criterio sigues para comprar: un criterio racional, la recomendación de un amigo, las críticas que se publican o te dejas llevar por el impulso?

Aparte de las recomendaciones de unos pocos y exigentes amigos, me dejo llevar por las críticas de algunas confiables revistas literarias y reseñas de periódicos. Por lo general, soy reacio a explorar nuevos autores. En ficción, trato de seguir la regla de Samuel Beckett de no leer nada que se haya publicado en los últimos 50 años. No es que la cumpla al pie de la letra, pero me ayuda a mantener un saludable escepticismo. Beckett, sin duda, exageraba. (Aunque en la exageración, como en el estereotipo, reside una verdad). Hay autores actuales que venero tanto como los clásicos. Además de la mencionada tríada: Houllebecq, Michon, Quignard, Bernhard, Murnane, Sebald, Cavafy, Quasimodo… Lo cierto es que cada vez leo menos ficción y mucho menos poesía.

Creo que la mayor fuente de referencias está en los propios libros; los unos te arrojan en brazos de los otros. ¿Se puede leer el Quijote sin caer en Amadís de Gaula? ¿Hesse sin recalar en el Mahabharata? ¿Paz sin Vasconcelos? ¿Borges sin De Quincey o Cansinos-Asséns? Cada libro es un virus que transforma tu sistema y se transforma en tu sistema. Por no hablar de las veces en que los otros te arrojan a los brazos de los unos. ¿Pound sin Dante?

¿Qué haces para controlar la superpoblación, la cantidad excesiva de volúmenes?

Nada. Mis fuertes instintos malthusianos fracasan frente a mis libros. Pura vanidad, quizás. Me creo incapaz de consumir chatarra literaria. Este es el punto en que el lector de la entrevista advierte un trauma. Lo confieso. Su raíz hay que buscarla en la excesiva exposición a lo peor de la literatura cubana y latinoamericana durante los 27 años vividos en Cuba. En cierto modo, es un caso de pedantería como retroactiva oposición anticastrista.

¿Cuál es el ejemplar más valioso que posees?

Un ejemplar del álgebra de Baldor que me regaló mi padre en 1962. Una vez por década, más o menos, leo la breve y sencilla dedicatoria, escrita en su armoniosa y límpida letra. La letra de un hombre que se deja leer. Tengo la superstición de que una lectura más frecuente agotaría sus poderes de resurrección.

¿Cuál es el libro que más veces has releído?

Tracy´s Tiger, de William Saroyan. Tiene el ecléctico encanto de un roman noir y un cuento de hadas. (Saroyan me parece mejor cuentista que Salinger, pero ahí entramos en guerras de religión.). En Cuba, bajo el título de El tigre de Tracy, se publicó en una formidable traducción de mi amigo Antonio Benítez Rojo. Lo leía a principios de cada año. Su carga viral me llevó, siempre, a Blake: “Tyger, Tyger, burning bright, / In the forest of the night”. Lo dejé de leer porque ahora Blake me asusta. Ahora sé a cuál abismo se asomaba.

¿Hay títulos de los cuales tienes más de una edición?

Si lo tengo, debe ser pura casualidad. Pero el estado desordenado de mi biblioteca exige un gran esfuerzo para esas comprobaciones. Sospecho que tengo como tres ediciones del Quijote. Hace unos años tropecé con dos ejemplares de La interpretación de los sueños, de Freud, en sendas ediciones en inglés y español. Es curioso que hayan ido a parar juntos. Por ahí deben andar hermanados en el caos.

No puedo perder la ocasión de coincidir con Armando de Armas en que Freud, al igual que Marx y Darwin, pertenecen al género totalizador de la novela. Más allá de nuestro ámbito insular, coincidimos con Nabokov. El titán ruso decía que la teoría de Freud se resumía en proponer la cura de los males del alma y la mente mediante “la aplicación de los mitos griegos a determinadas partes del cuerpo”.

¿Tienes un lugar específico para los libros escritos o editados por ti, eso que podríamos llamar la egoteca?

Mi egoteca viene a ser una ceroteca. Una vez me reí de alguien que se preciaba de tener una “extensa obra inédita”. Me pareció pretencioso y picúo. Pues bien, he acabado en las mismas. Ahora que Padre Tiempo se me acerca con sus amoladas tijeras me he propuesto convertir esa extensa obra inédita en una limitada obra édita. Veamos qué lugar, cuánto lugar, ocupará mi egoteca.

¿Lees solo libros impresos o también electrónicos?

Detesto el libro electrónico. Si no abuso del espacio de la casa entrevistadora, reproduzco la entrada 148 del libro de ensayos La edad del cedro, que duerme el coma de mis gavetas:

“Un exceso de herramientas puede ser paralizante. Tanto más en lo que concierne a la palabra. La escritura (entendida como arte de escribir y arte del pensamiento, si cabe diferenciar) se aleja cada día más de la mano. Y la mano se olvida de pensar. Lo saben escritores y filósofos: la mano tiene su logos. La máquina de escribir mecanizó la palabra. Thomas Mann protesta en sus diarios contra esta innecesaria subversión de la naturaleza humana. Como es habitual, la novedad echa raíz en América. El Verbo entra en la línea de ensamblaje. El periodismo y la publicidad le otorgan inmediato prestigio al invento. Hay que escribir de manera legible y, sobre todo, de prisa. La Idea, es evidente, sufre al distanciarse de su fuente fisiológica. De la escritura cuneiforme a la moderna cursiva, la mano sostuvo al espíritu. ¿Que la mano no piensa? Observemos al niño. Tratemos de inculcarle las vocales sin que el lápiz ilumine el camino. Luego, con el ordenador, la palabra se volatiliza peligrosamente. Ya no dice, simplemente comunica. Otra vez la eficacia aniquila la sustancia. La oración subordinada va en vías de extinción. ¿El uso de punto y coma? Ahora el párrafo obedece a los cánones del diseño gráfico. El modo en que se ven las cosas prima sobre el modo en que son (y se leen) las cosas. La literatura pierde la carga mántica. Del ethos a la telegrafía ilustrada. Ya no se habla del estilo, que es una cosmovisión. La escritura se hace inconcebible sin la máquina. Pantalla y teclado. En un nivel primario, ya se acusa la merma en la caligrafía y la ortografía. En la cúspide, se abandonan las prerrogativas de la mente en favor de una panoplia de diccionarios y programas de edición y corrección electrónicos. La autoedición, que es un proceso ético, corre a cargo del software. Las palabras han perdido el pulso. La intención utilitaria acaba por destruir al lector. Se propagan en las escuelas los métodos de lectura instantánea. Por la obligada aceleración de su metabolismo, la inteligencia sólo acepta alimentos ligeros. La civilización se ha metido las manos en los bolsillos”.

¿Acostumbras prestar libros a tus amistades?

Solo en aquellos casos en que pudiera imponerme a una voluntad antidevolucionista mediante la fuerza física, el chantaje o ambos.

¿Devuelves los libros que te prestan?

Solo en aquellos casos en que mi voluntad antidevolucionista pudiera ser sometida mediante la fuerza física, el chantaje o ambos.

¿Tienes un lugar y un horario fijos para leer?

Mi lugar preferido es el patio, bajo la sombra híbrida de un almendro y una yagruma. Pero el verano designa un segundo lugar preferido junto al ventanal del florida, en un butacón verde que a un estoico se le haría sospechosamente cómodo y a un sibarita se le haría decididamente incómodo. Según mi ánimo, alivió la incomodidad con unos almohadones o leo sentado al pelo. Ah, la sombra de almendro y yagruma se sustituye por la presencia de una orquídea blanca que, a mi sola presencia, emite luz y eco. Phalaenopsis amabilis. El nombre lo dice todo.

¿Sueles subrayar y anotar los libros que lees?

Subrayo, anoto, voy dejando los signos de una personal masonería que señalan en tal o tal frase, en tal o tal pasaje, los monumentos de una incesante iniciación. Diría que un libro que te gusta es un libro que te lee.

¿Eres monógamo para leer o lees más de un libro a la vez?

Hubo tiempos en que tenía diez o doce libros al retortero. Para ya no estoy para poligamias. Trato de terminar lo que empiezo. O no empezar lo que no sé si quiero terminar. Ocurre, sin embargo, que puedo interrumpir la lectura de un libro que sé que voy a terminar por otro que también sé que voy a terminar.

¿Qué libro estás leyendo ahora?

Viene a cuento la situación de la pregunta anterior. Estaba empezando a leer Journey of the Mind, de Peter Brown, cuando mi amigo Armando Correa me contagió del virus de Emmanuel Carrère. Voy de pegueta por tres de sus novelas. Pero volveré a esta autobiografía de Brown, que será seguida por su colosal The Rise of Western Christendom, y la biografía del cardenal John Henry Newman, por Ian Ker. Con eso tengo hasta que llegue el otoño (la variante veraniega que los snobs llamamos otoño) y pueda partir del territorio de la orquídea al territorio del almendro y la yagruma.

Por último, si alguien quisiera iniciarse en la lectura y te pidiese ayuda, ¿qué diez títulos le recomendarías leer?

No es que quiera llevar agua al molino de mis obsesiones. Claro está que comprendo la utilidad de una guía que parta de los clásicos, refleje épocas, enseñe a encontrar afinidades. Pero recomendaría empezar por la lectura de las obras, completas si es posible, de Borges, Yourcenar y Jünger. Ahí no estamos hablando de senderos que se bifurcan sino de caminos que van, a la vez, hacia atrás y adelante, hacia arriba y abajo. Castigo al lector con un haiku sacado de la gaveta: “Yourcenar, Borges, / Jünger. Del viejo pozo / bebe el valle”.