Actualizado: 25/10/2021 18:08
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Plástica

Mensajero de Ochún

«Soy mulato, injerto de españoles y africanos, y como decía el poeta: 'dejo que mi canto negriblanco suba', porque los orishas negros son mensajeros de Dios», dice el artista Alberto Morgan.

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Para entender a Alberto Morgan; para saber por qué este actor, bailarín y cantante, borda capas de ensueño para Ochún y la Virgen de la Caridad, que recorren los museos del mundo, hay que entender por qué "Cachita", patrona de los cubanos, es también Ochún, orisha del río, y amante de Changó, señor del fuego; hay que digerir que en Cuba, la sangre española se mezcló con látigo y lujuria con la africana durante cuatro siglos, y que un día, este mulato artista y santero, hijo de Ochún, se tiró al mar (como miles de cubanos) para escapar de su isla.

"Nací en Puentes Grandes, en las afueras de La Habana —cuenta Morgan—. Mi abuelo, Alberto Quintana, era secretario de Carlos Miguel de Céspedes, el hijo del Padre de la Patria, pero también era jefe de una secta secreta abakuá. Mi padre era mecánico en los tranvías del Vedado. Margarita, mi mamá, era costurera. Mi tía era la famosa actriz Candita Quintana; ¿mi casa?, de madera. En la familia nadie creía en la santería. Mi abuela Primitiva era médium, pero no consultaba. A casa: Ochún la traje yo".

"El arte me llegó a los 13 años, en las clases de guitarra, donde conocí a tres negritas que cantaban como diosas: formamos un cuarteto. Nos presentamos en La Corte Suprema del Arte, y ganamos la semanal. Cuando llegó la mensual, Isolina Carillo, autora de Dos Gardenias, que apoyaba su cuarteto Las Canelitas, tocó al piano nuestra canción un tono más arriba, para que desafináramos. Pero mis negras sacaron el galillo, pitaron, y volvimos a ganar".

El pintor de orishas

Con la revolución, a Morgan lo reclutan en el Conjunto Folklórico Nacional, para cantar… pero Ramiro Guerra lo haría bailarín. Todos aplaudieron su Oggún, en la ya clásica Suite Yoruba, de Danza Nacional de Cuba. Ahí fue seleccionado para actuar en la película Soy Cuba, junto a Luz María Collazo, impresionante mulata, diva de la danza, que sería la madre de su hijo. El matrimonio se rompió cuando Morgan, entonces en el cuarteto Los D'Enrique, intimó con Elena Burke, la Señora Sentimiento, y grabaron la balada Palabras, contrapunto amoroso que terminó en boda, amadrinada por las legendarias cancioneras Moraima Secada y Vilma Valle.

El éxodo del Mariel arrastró a Alberto Morgan hasta Unión City, donde lo golpeó el destierro, la nostalgia, la soledad. Se encerró en el sótano de la casa de su hermana. Era tanta la desesperación que, con furia, estalló una botella azul en mil pedazos. La vergüenza lo hizo dormir profundamente. Cuando despertó, agarró la cajita de madera en que sus sobrinitas guardaban los lápices de colores, extendió sobre ella un lienzo, y comenzó a pegarle los fragmentados vidrios azules. Al otro día, volvió a recrear a sus orishas, a sus santos protectores. Su fe hacía renacer al artista. El arte lo hacía volver a vivir.

Un día llegó una clienta de su hermana costurera, y ante el mar azul que Morgan había titulado La vida, donde nadaban orishas, peces y cubanos, ofreció comprárselo. Había nacido el pintor de orishas. Dos décadas después, sus deidades creadas con cristales, piedras, tela, materiales de desecho ("todas las técnicas son válidas para alcanzar al cielo"), impactaron la exposición de arte africano del Soho neoyorquino, sus altares de santos yorubas han viajado Europa, y The New York Times escribió maravillas de su "arte magnífico".

Alberto Morgan cumple 43 años de haber recibido a Ochún, de que su letra de santo revelara que tenía que consultar a los demás. Si a veces no lo hace, es por los prejuicios del llamado exilio histórico (los que vinieron antes de los años setenta) contra la santería. Frente a sus monumentales altares de porcelana coronados por girasoles (la flor de Ochún), aclara que los orishas habitaban humildes jícaras en los barracones de los esclavos, pero que al igual que las iglesias cubren sus altares de oro, los santeros también derecho a enriquecer los suyos.


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