Actualizado: 23/10/2017 23:51
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Derechos Humanos

«Si la gente se expresa, la tiranía tiembla»

Ricardo Bofill, el afán de la interrogante. Entrevista al fundador del Comité Cubano Pro Derechos Humanos.

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Ricardo Bofill. En 1988 el ex profesor de Historia de la Filosofía de la Universidad de La Habana fue conducido ante las cámaras de la televisión por el régimen cubano, en una operación de ultraje contraproducente, que pondría en el candelero a la disidencia interna. Todavía puedo paladear el asombro, la incredulidad del joven de veinte años, políticamente casto, al ver al fundador del Comité Cubano Pro Derechos Humanos bajo los reflectores de la policía del pensamiento.

La puesta en escena, impresentable como todos y cada uno de los montajes segregados por el aparato mediático del castrismo, desnudaba una vez más al rey, pero por partida doble. Castro llevaba ante las cámaras de la televisión a un opositor, luego la oposición existía (y se atrevía). El rey, no contento con arremeter contra su opositor maniatado, manipulaba a los jueces y hasta al público… luego la abyección del rey estaba más allá de toda duda.

El surgimiento del Comité Cubano Pro Derechos Humanos, en 1976, marca un antes y un después en la lucha contra el totalitarismo en Cuba. A partir de su fundación, el crecimiento de la oposición pacífica alcanza un ritmo sostenido, hasta desembocar en el pujante movimiento civil que ha forzado al régimen a decretar leyes especiales —como la 88 o Mordaza—, e incluso, en un hecho inédito en la historia nacional, a enfrentar y alterar su propia Constitución.

Alrededor de temas similares, incluyendo el del futuro cubano tras la desaparición de Fidel Castro, gira la entrevista concedida por Ricardo Bofill a Encuentro en la Red:

¿Cómo se convierte Ricardo Bofill en un activista de los derechos humanos?

Por mi mente no cruzaba eso de ir a la cárcel. Soy de un origen muy humilde, y durante los primeros años de la revolución había logrado hacer cosas que de alguna manera añoraba, como dedicarme a la educación. Yo aún no había finalizado mi carrera, pero gracias a gestiones del destacado historiador Elías Entralgo, decano de la Facultad de Humanidades de la Universidad de La Habana, ejercí como profesor auxiliar de Historia de la Filosofía en esa institución. Fue el inicio de mis actividades. Yo había generado un espíritu crítico ante situaciones que creía merecían ser criticadas, había emitido opiniones al azar, informales. Lo cual era ya un germen de disidencia.

En este período no faltaron advertencias, policíacas inclusive. El entonces capitán José Abrahantes me citó en dos ocasiones. Recuerdo que años más tarde, tras haber caído preso en varias oportunidades, Abrahantes me acusó de haber actuado con soberbia, de ser un resentido. "¿Pero cómo resentido?", le contesté. "¡No… no… si yo lo que tengo es un volcán… ustedes fueron injustos, en lugar de botarme de la Universidad, de perseguirme, esperaba que me dieran un diploma, un reconocimiento! ¡A mí me pagaban ocho horas y yo trabajaba catorce!".

Entonces me separaron de la Facultad. Fui enviado al Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA), casualmente a la división que dirigía un viejo amigo, Raúl Calcines. Nadie me maltrató en el INRA, yo desempeñaba una labor más bien burocrática, pero el hecho de ser separado de la docencia y que se me enviara allí tenía una cierta connotación.

La gente decía: "Lo condenaron a trabajar en la agricultura… lo botaron de la Universidad porque tiene desviaciones ideológicas". Aquello representaba una afrenta para un joven de veintitantos años, con una serie de aspiraciones en la Cuba de los años sesenta.

¿Cuándo es encarcelado por primera vez?

Tenía 28 años cuando fui arrestado por primera vez, en 1967. Luego fui condenado a doce años de privación de libertad, en el marco del proceso contra "La Microfracción". Pero yo era inocente… ¿cómo iba a estar en la cárcel?

En la prisión me encontré, digamos, con los delincuentes reales. Y me di cuenta de que el presidio es durísimo, incluso para las personas que han cometido crímenes reales. Gente que había violado, matado, robado… era durísimo incluso para aquellas personas que tenían la comprensión de su delito. ¡Pero yo era inocente!

¿Cómo encaja el preso común la cercanía del preso político?

Se producía una comunicación espontánea. Ya en los años sesenta había personas en prisión como consecuencia de una institución creada por el gobierno, el Consejo de Defensa Social (posteriormente tomó auge la llamada ley de "peligrosidad"). Muchas de estas personas eran, únicamente, delincuentes en potencia. No se había probado su culpabilidad. Y yo, que siempre consideré a los presos mis hermanos, me comunicaba muy bien con ellos.

Es así como surge la idea del Comité Cubano Pro Derechos Humanos, dentro de la prisión. Preguntándonos cómo era posible que aquellas personas fueran condenadas sin siquiera tener el derecho de demostrar su inocencia, encarceladas a base de pura presunción.

En la prisión teníamos todo el tiempo del mundo para hablar. Si no hablabas, te morías de angustia. Entonces discutíamos con la gente los términos que los habían conducido a prisión. Conductas predelictivas… comportamientos antisociales… que si parecías homosexual… ¿Qué significaba eso? Que si estos negros delincuentes… ¿Pero cómo que negros delincuentes? Alguien podía haber llamado así a Jesús Menéndez o a Lázaro Peña. Yo era vecino de Guanabacoa, donde la población negra es numerosa, y probablemente esto contribuyó a crear una empatía.


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