Actualizado: 18/09/2020 21:58
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Ucrania, Hungría, Comunismo

Al este de Ucrania en 2014 y un viaje a la Hungría poscomunista en 2002

Un viaje a un encuentro internacional de Literatura en Hungría y la realidad de la guerra ucraniana

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El derribo del avión de pasajeros en el este del territorio ucraniano el 17 de julio de

2014 ha sido una tragedia que parece reavivar la guerra fría de una manera nueva en el mundo globalizado en que vivimos.

Esta tragedia es singular porque se han establecido en la misma Ucrania dos grupos separatistas. Aquellos separatistas se autodenominan a sí mismos: DNR (República Popular de Donetsk) y LNR (República Popular de Lugansk).

El presidente ucraniano ha pedido a Naciones Unidas que sean denominadas organizaciones terroristas, pero eso hasta ahora no se sabe qué decidirá la ONU.

En las diversas fotografías y noticias que han dado la vuelta al mundo por la televisión de aquellos lugares, se ha visto la estatua de Lenin. Pareciera algo sin mayor importancia, pero aquellas repúblicas quieren resucitarlo como principal ideólogo de esas “repúblicas populares” y no sea una mera estatua abandonada en algún basural o museo prehistórico, como ocurrió inmediatamente después del colapso de los regímenes socialista del Este europeo desde el derribo (y no caída) de la Muralla de Berlín. Pero además desean ser integrados a la Federación Rusa como ocurrió con la península de Crimea.

No hay grupo separatista que no tenga una ideología en que respaldarse y esas dos repúblicas no son la excepción. En este momento no se sabe hasta dónde llegarán esas nuevas repúblicas populares que el presidente ruso hasta ahora no las ha condenado internacionalmente para que se disuelvan o si serán consideradas parte de Rusia, como piden esas autoproclamadas repúblicas populares del este ucraniano, donde se mantiene una intensa guerra interna.

Todo lo anterior es para revivir una columna que escribí en 2002 en un viaje a Hungría a un encuentro internacional de Literatura. La quiero actualizar porque con la situación reciente en el este de Ucrania, 12 años después, no sólo se quiere reavivar una especial guerra fría en medio de Europa, que ya parecía enterrada para siempre, sino que se quiere revivir probablemente otra vez un sistema basado en “democracias populares” pero con acciones nuevas o “terroristas”, como la comunidad europea y Estados Unidos los ha definido al derribar aquel avión de pasajeros desde el territorio que esos separatistas controlan, creándose allí una verdadera guerra civil en el este de Ucrania, a pasos de la frontera rusa, perfecto corredor desde donde llega el armamento ruso.

En ese 2002 el mundo parecía otro, convencido que jamás se reviviría en la Europa del Este el sistema comunista (ni menos se pensaba mucho en movimientos separatistas) que ya se había vivido, especialmente en regiones que fueron entonces parte de la ex Unión Soviética.

Realizar en 2002 un congreso de poesía en Hungría en nada se parecía a esos congresos culturales que se organizaban en la época comunista y bajo la poderosa influencia soviética.

En aquellos tiempos los congresos de literatura debían apoyar como fuese la causa proletaria y la solidaridad con los pueblos que luchaban por su liberación y eran explotados por la clase burguesa. Hungría en el 2002 era otro país, y lo sigue siendo en 2014, como eran todas las otras naciones que estuvieron bajo la influencia soviética.

En la nueva Hungría, el mes de mayo de 2002, se realizó en la ciudad de Pécs y en la Universidad de Pécs, el III Congreso de Poesía Hispana, Europa y las Américas. Alrededor de 77 participantes, entre poetas y críticos, nos juntamos para hablar, leer y discutir sobre poesía.

La mayoría de los participantes en aquel Congreso comprobó que ningún vestigio quedaba ni de la presencia soviética ni del socialismo en Hungría. Todas las estatuas alusivas a los héroes del comunismo que estaban en diversos lugares públicos en aquel pasado (Lenin, Marx, Engels, Dimitrov, héroes soviéticos, mártires comunistas, etc.), estaban y siguen estando en un parte de Budapest llamado el Parque de las Estatuas. Es una atracción turística para contemplar el pasado donde se quiso levantar una utopía social, pero que se desplomó. O la desplomó para siempre la modernidad occidental que ahora llamamos mundo globalizado. El pueblo húngaro, como ocurre con el resto de Europa, quería gozar la nueva vida y de eso no había la menor duda.

El deseo de vivir al estilo global se veía claramente en las grandes ciudades húngaras. Datos de entonces decían que Hungría era uno de los paraísos para las transnacionales. Un país ideal para la manufactura. En 2002, el 80 % de la exportación húngara venía de las industrias extranjeras instaladas allí. Nuestra guía en Budapest nos decía que las tierras más ricas de Hungría ya estaban en manos de capitales austriacos y alemanes.

Con la entrada en el Mercado Común Europeo en 2003 o 2004, Hungría se transformaría en un par de años en un país tan moderno o como Alemania o España, decían los analistas.

Esto no indicaba un paraíso absoluto, sino el riesgo de adquirir las lacras que iban a aparecer en su sociedad integrada a la globalización, según denunciaban los grupos anti-globalización. Tampoco era difícil entender cómo la gente, principalmente joven, estaba gozando, participando, y abriendo totalmente las puertas a la cultura popular norteamericana. Bastaba en 2002 sentarse en cualquiera de los cientos de hermosos cafés y restaurantes que había en avenidas y agradables callecitas de Pécs o de su bella capital —Budapest—, partida en dos por el río Danubio, para darse cuenta de ese cambio que deseaba la mayoría de la población húngara.

Hungría, a diferencia de otros países bajo la órbita soviética, tuvo un comunismo singular. Un comunismo, como ellos mismos dicen, igual a su tradicional “sopa gulash” (que tiene de todo: carne, papas, cebollas, tomates, pasta, pimentón, ajo, aceite, hierbas, harina, pan).

No hubo la eliminación de ciertas libertades como en otros países. Se permitió poseer cierta propiedad privada como bares, restaurantes o tiendas.

También, nos decía una profesora húngara, que ella en el periodo comunista tenía acceso a muchas lecturas que en otros países, bajo el mismo dominio soviético, fueron totalmente prohibidas. Había sí control de la gente que salía del país.

Sería por ese comunismo “sopa gulash” que a Budapest se la llamó, a partir de los 70, “el París del este europeo” porque el control soviético nunca fue absoluto en Hungría. Del pasado comunista, a parte de las estatuas de aquel parque mencionado, quedaban reliquias como curiosidades: insignias de Lenin o de Marx que orgullosamente quizás (o no) llevaban alguno en su pecho, o en su gorra de soldado comunista, o le había sido dada por el comité central del partido. Se vendían en 2002 a dos dólares.

Era aquel tiempo bajo la influencia soviética, en que poetas, escritores, artistas, cantaban a la sociedad nueva que se construiría sobre las ruinas del capitalismo. Eso pensábamos algunos en el Congreso reciente en Pécs. Otros no lo mencionaron o porque ya era un pasado casi arcaico o porque a nadie le interesaba hablar de eso. Yo pensaba que si ese mismo Congreso se hubiera realizado en 1965, por ejemplo, de seguro más de algún poeta habría sido invitado a leer ante las masas algunos de sus versos. Quizás ante la gigantesca Plaza de los Héroes en el medio de Budapest.

Pedro Lastra me recordaba en ese entonces, mientras caminábamos aquel mayo por la misma Plaza de los Héroes en Budapest, y mirando desde el siglo XXI cierta poesía de Neruda que el vate chileno había escrito una abundante poesía presionada por el partido. Una poesía militante que sólo sirvió al propósito utópico de aquella época y que probablemente quedará arrumbada al igual que esas estatuas del Parque aquel de Budapest.

Neruda también pasó en 1965 por Hungría y escribió junto a Miguel Ángel Asturias una crónica larga titulada “Comiendo en Hungría”. Relato poético que exaltó la cocina húngara con imágenes pantagruélicas.

Ese mismo año Neruda también era parte del jurado del Premio Lenin que había instituido la Unión Soviética (en contra respuesta al Premio Nobel occidental). Esa vez el galardón se le dio al poeta español Rafael Alberti. Aún más, Neruda pocos años antes de 1965 había ya estado en Budapest después de un recorrido por la URSS y Polonia. Allí firmó un contrato para una edición de su poesía.

Fue en Hungría cuando Neruda rechazará toda su producción previa, principalmente la amorosa y la de Residencia en la Tierra por la poesía militante. Así lo dijo en un famoso discurso en México por esas fechas: “Yo había visto a miles de jóvenes que empezaban a llegar a Hungría de todos los puntos del planeta para participar en el Festival Mundial de la juventud… No quise que nuevos dolores llevaran el desaliento a nuevas vidas…y no acepté que uno solo de esos poemas míos escritos antes se publicaran en las democracias populares”.

Todos esos datos me producían una sensación difícil de describir allí en Budapest en 2002. La poesía militante de Neruda; su paso por Hungría en 1965; aquel discurso suyo rechazando su poesía previa; el Premio Lenin; la insignia de Lenin que compré por dos dólares; ese Parque de las Estatuas; la conversación con Pedro Lastra. Todo el conjunto me daba vueltas mientras me tomaba luego una taza de café expreso en el centro de Budapest. Y para aumentar aún más la imagen posmoderna de todo, el lugar donde estaba instalado el café era también un casino tan espectacular como el mejor de Las Vegas en Estados Unidos.

Los fenómenos separatistas que aparecen en recientes años es el nuevo problema político que está ocurriendo en el mundo, principalmente en el antiguo Este europeo así como en África, que probablemente cambiarán las relaciones económicas a nivel planetario. En América Latina países como Venezuela y Cuba, según declaraciones del presidente Maduro y en reciente artículo del mismo Fidel Castro, expresaron sus simpatías por esas autoproclamadas “repúblicas populares”. Las simpatías también las han declarado el presidente Correa de Ecuador y Daniel Ortega de Nicaragua.

Los analistas dicen que este fenómeno separatista tiene mucho que ver, por un lado, con la crisis económica que ha afectado a la mayoría de los países europeos (por ejemplo luego del colapso del socialismo del Este), donde unos pocos gozan el mundo global, señalando quienes son los responsables y la inconformidad por las soluciones impuestas a la población, factores que han contribuido a la exacerbación de los ánimos regionalistas y a la búsqueda de alternativas como territorios independientes. Y por otro lado, mucho tienen que ver las transformaciones a que fue sometido el mapa político del mundo que no siempre tomaron en consideración los aspectos étnicos, lingüísticos y culturales, y las consecuencias futuras de promover la unión de grupos.

En reciente análisis publicado en El País (España, 24 de julio de 2014) se apunta a las consecuencias de estos fenómenos separatistas: “La economía mundial, embarcada en la ruta de la recuperación, aún no puede respirar tranquila. La inestabilidad del tablero geopolítico, cuyo deterioro se ha agudizado en las últimas semanas en el este de Ucrania, acecha en el umbral. Tanto la espiral de violencia en Oriente Próximo como el agujero negro en que se ha convertido Ucrania amenazan con enfriar aún más unas perspectivas de crecimiento global que, rebajadas en tres décimas desde abril, se cifran en un débil 3,4 % para 2014”.

Tomado de Carjac. Se reproduce con autorización del autor.


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