Actualizado: 14/09/2019 3:07
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América obtiene un alto índice de “felicidad”

No resulta nada sorprendente que Brasil lidere a los países de las Américas en el índice de la felicidad

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El sentimiento de satisfacción por vivir —conocido comúnmente como felicidad— es de lo que se trata, pero qué es lo que nos hace felices es un tema totalmente diferente. El adagio “el dinero no compra la felicidad” resulta equivocado generalmente.

Si por dinero queremos decir coches y mansiones lujosas y joyas exquisitas, entonces puede que haya algo de verdadero en ello. Pero si, por otro lado, significa bienestar personal y nacional, el dinero sí puede comprarnos la felicidad.

En The Economics of Happines in the Americas (La economía de la felicidad en las Américas), Margarita Corral —candidata a doctora en la Vanderbilt University— hace un retrato del bienestar subjetivo de nuestro hemisferio basado en una encuesta del Barómetro de las Américas 2010.

A excepción del caso de Haití, las mayorías consultadas en los 26 países se consideran que disfrutan de una vida satisfactoria. En los primeros cinco lugares aparecen Brasil (71,6 %), Costa Rica (67,7 %), Venezuela (65,6 %), Panamá (65,1 %), con Trinidad-Tobago y Honduras empatados en el 63,3 %. Si apartamos a Haití —que ocupa la última posición—, las cinco naciones que le siguen de abajo a arriba son Jamaica, República Dominicana, El Salvador, Belice y Perú, si bien todos están por encima del 50 %.

Estudios recientes han puesto en entredicho una paradoja de investigaciones anteriores: los ingresos repercuten únicamente en la satisfacción individual, que no necesariamente aumenta en países más ricos. La felicidad constituye un estado de ánimo relativo. Si nos vemos como menos pudientes que las personas que nos rodean, tendemos a sentirnos menos satisfechos con nuestras vidas. Por el contrario, personas en países más pobres pueden sentirse conformes si sus condiciones de vida superan a las de sus vecinos.

Corral sostiene que los factores económicos son importantes tanto a nivel personal como nacional. La manera en que percibimos nuestra situación material personal, la abundancia doméstica y la economía nacional constituyen importantes vaticinadores de la felicidad. Otros factores como el estado civil y si se tienen hijos o no, si se es asiduo a la Iglesia, la edad, la confianza interpersonal y la identificación con una corriente política (la eterna dicotomía izquierda-derecha) cuentan también. Asimismo, el género, la educación y el tamaño de la ciudad donde se vive.

Los datos del Barómetro de las Américas confirman que los factores económicos —ingresos y percepciones a nivel individual y nacional— mantienen una correlación positiva con los niveles de satisfacción. Para la región en general, la percepción de nuestras condiciones económicas personales constituye, con gran diferencia, el más significativo vaticinador de la felicidad individual. Cómo se percibe la economía de la nación representa también un factor relevante, pero no al nivel anterior. Corral subraya lo que los sociólogos deberían tener en cuenta siempre: la experiencia subjetiva sí es importante.

Así, no resulta nada sorprendente que Brasil lidere a los países de las Américas en el índice de la felicidad. Tras convertirse en el “país del futuro y siempre lo será”, Brasil es actualmente la séptima nación más rica del mundo, ha reducido la pobreza y ampliado la clase media considerablemente, todo gracias a reformas dirigidas al mercado y a políticas sociales progresistas e inteligentes. Y por si fuera poco, Brasil será la sede de la Copa Mundial de fútbol (2014) y de las Olimpiadas de Verano (2016).

A diferencia de otros contextos, el matrimonio tiene un efecto positivo, pero no significativo, en el bienestar en los ciudadanos de la región. Los que asisten a misa con regularidad y aquellos rodeados de personas en las que confían registran también niveles de satisfacción elevados.

Las mujeres, los ancianos, los adultos jóvenes, los más cultos y los residentes en grandes ciudades registran asimismo un alto grado de felicidad. Sin embargo, tener hijos y estar desempleado pesan negativamente en la satisfacción personal.

Como otros estudios, el Barómetro de las Américas señala que los ciudadanos de opiniones conservadoras tienden a ser más felices que los situados a la izquierda.

Los conservadores de la región tienen más razones hoy para ser felices que tres décadas atrás, cuando políticas centradas en el Estado causaron estragos.

La mayoría ha aprendido también a ser democráticos, ganar elecciones primero, para sucumbir luego a las demandas de los votantes, y volver de nuevo ahora a ganar la próxima ronda.

Los latinoamericanos de izquierda, sin embargo, se están enfrentando a sociedades que todavía requieren largos años de buen rendimiento económico y políticas sociales responsables para que se haga mella duradera en la pobreza y la desigualdad.

El Presidente Obama ha regresado de una gira por Brasil, Chile y El Salvador. En general, los latinoamericanos tienen una buena percepción de EEUU. Y puede resultar comprensible que Obama no le haya prestado mucha atención a la región. A diferencia de épocas anteriores, América Latina se encuentra, en su mayor parte, transitando por el buen camino. Los gobiernos norteamericanos han prestado más atención cuando las cosas van mal.

En el índice de satisfacción por vivir, Estados Unidos se sitúa hacia abajo. Con el 58,7 %, se halla entre Guyana y Bolivia, lo que no es precisamente un buen lugar para estar.


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