Actualizado: 26/06/2019 9:43
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México, EEUU, Cuba

AMLO y la para nada deseable caída del Imperio Americano

La propuesta de AMLO evidentemente va más allá de solucionar un problema mexicano, y lo convierte en el líder de la izquierda democrática latinoamericana

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A mi amigo y coterráneo Mauricio Escuela

Ya es un hecho: Estados Unidos ha dejado de ser la potencia hegemónica del sistema-mundo. Vivimos en un mundo multipolar, en que dos superpotencias económicas (EEUU y China), y dos superpotencias militares (EEUU y Rusia), se disputan las áreas de influencia global.

En este contexto AMLO ha demostrado ser uno de esos pocos políticos de izquierdas capaces de ver las oportunidades donde la mayoría solo ha ensayado más de lo mismo, inspirado en ese antiamericanismo ancestral tan de la izquierda latinoamericana toda: ya que Trump, para cumplir con sus compromisos de campaña electoral, necesita detener el flujo migratorio hacia EEUU, y ya que sus oponentes en la política interna también necesitan solucionar las distorsiones que sin dudas crea en el mercado laboral ese flujo, si es que desean ganar a un importante sector de la clase trabajadora americana, aunque en su caso sin tener que echar mano de un impresentable muro, pues entonces presentémosles a ambos una solución salomónica: un plan para crear un tapón de prosperidad en México y Centroamérica; un plan para multiplicar las posibilidades de empleo relativamente bien remunerado en los vecinos de dónde hoy procede en lo fundamental esa inmigración.

Pero en sí AMLO le propone a EEUU algo más que un tapón para la inmigración: les propone que creen a su alrededor una vecindad plenamente integrada a su economía como semi-periferia, pero privilegiada, porque el objetivo no es tanto desviar producciones hacia zonas de bajos salarios, como crear zonas de cierta prosperidad, gobernadas por estados que dejen de ser fallidos a tan poca distancia de su frontera sur. Todo ello en respuesta, por demás, a que la periferia fundamental americana desde los ochentas, China, ha dado un salto de tigre para convertirse en otro centro que lucha por convertirse en el único en el sistema-mundo contemporáneo. Le propone, en fin, que comiencen a trasladar hacia su vecindad lo que hoy se produce e importa de un país que si pudiera eliminaría al sistema-mundo que existe desde el siglo XVI, para en su lugar sustituirlo por un Imperio-mundo… o sea, AMLO les propone una alianza en la respuesta americana a esa emergencia de otros polos de poder global, sobre todo de China.

Es indudable que para México y Centroamérica, y todos los que entren en ella, la propuesta de que Washington apoye su desarrollo es satisfactoria, si es que consideramos las alternativas que hay en el mundo multipolar del presente. Para nadie es un secreto, a estas alturas, que las condiciones del Consenso de Pekín son peores para las periferias que las del añejo Consenso de Washington… China, a diferencia de Occidente en general, no transfiere producciones más que las más elementales. Mientras el modelo minero occidental siempre incluía el dejar parte del proceso previo de elaboración en la periferia, con la instalación de las correspondientes plantas industriales semi-elaboradoras, el chino no deja allí más que el hueco tras el levantamiento de la tierra de la mina para subirla en un barco, y luego realizar la cadena productiva completa en la propia China…

Para que se entienda: es como si en Cuba nunca se hubiera desarrollado la industria azucarera que elaboraba el azúcar crudo que luego se refinaba en EEUU, porque en su lugar solo se cultivó y cortó la caña que de inmediato habría de subirse en los barcos para que más tarde fuera por completo procesada en China (el sueño de los reformistas cubanos de la década de los sesentas del siglo XIX, por cierto).

China no transfiere producciones al exterior, ni aun las de mediano componente tecnológico, y con ello no promueve el surgimiento de semiperiferias, lo que en definitiva es muy significativo. No puede darse ese lujo, porque en primer lugar una China que aspire a la hegemonía tendrá demasiada gente (cinco veces más que EEUU) a la que asegurarle las entradas necesarias para los ciudadanos de primera clase de ese mundo futuro.

Esto demuestra que no solo es que China por tradición cultural no desee conservar a la larga el sistema-mundo capitalista establecido desde el siglo XVI, sino que por su necesidad de acaparar producciones de punta, e incluso de escaso valor tecnológico agregado, no puede. China, como absoluto poder hegemónico global, por necesidad y por tradición cultural en un final lo que hará será retrotraer la historia a etapas de menor complejidad en las relaciones internacionales, al imponer uno de esos añejos imperios-mundo que han sido la tónica hasta el surgimiento del sistema-mundo capitalista actual. Y ello porque en esencia La República Popular China es aún un Imperio fundado sobre las mismas bases desde hace 2.500 años, para nada la supuesta alternativa socialista que supere al sistema-mundo capitalista actual (todo un incuestionable avance humano con respecto a todo lo que ha existido antes).

Esta realidad de la disminución de nuestras ya limitadas libertades, y de nuestros consiguientes márgenes de maniobra, en caso de que China suceda a EEUU como la potencia hegemónica global, se la oculta a la izquierda latinoamericana el hecho de que los llamados Socialismos del Siglo XXI prosperaron y pudieron llevar adelante sus políticas redistribucionistas únicamente gracias al aumento de valor de las materias primas sin elaboración, aumento causado por el acelerado ascenso de la economía china a inicios de esta centuria.

En esa interpretación de la izquierda latinoamericana cabría esperarse que el ascenso de China a poder hegemónico, dado además su discurso dizque socialista, habrá de traernos infinitas ventajas con respecto a la Era Americana. Mas la realidad es muy distinta, y sobre todo será muy distinta: En primer lugar la “conveniente” relación con China en el fondo solo conllevó a que la región latinoamericana retomara con mayor fuerza que nunca el modelo extractivista a gran escala, controlado por un gigantesco estado redistribuidor; y si hubo ventajas en precios de materias primas, y todavía las hay en el mercado chino, aunque en franca declinación, se debe a que el nuevo Centro estaba y todavía está en competencia con el antiguo, y en esas condiciones no puede aplicar un monopolio de la demanda de dichos productos que obligue a los productores de materias primas a vender a cada vez menores precios.

La adscripción al Consenso de Pekín no solucionó los problemas estructurales de la región latinoamericana, y mucho menos los solucionará en un futuro. Nuestra entrada en tal Consenso solo nos convertirá en la nueva África de un sistema-mundo que como tendencia ineluctable evolucionará con rapidez hacia un Imperio-mundo centrado en aquella capital.

En contraste nos encontramos ante la realidad de que el Consenso de Washington ya no existe, y sobre todo que EEUU ya no está en capacidad de imponer a nivel global un sistema-mundo en que desempeñe el papel monopólico como el que proponía en los noventas (“todos a desregularse… menos nosotros”). Además de que de hecho, y en parte a consecuencia de ese retroceso en el poder global, la sociedad americana misma está abandonando su postura liberal por un modelo social: sea el evangelicano de predominio de los valores “blancos”, la pequeña comunidad semiurbana y la mediana unidad productiva; o por uno de sociedad multicultural, más cercana en su ordenamiento a los modelos nórdicos de socialismo democrático.

Cual ganará de esos modelos tendrá que ver con la solución que se le dé al problema de la inmigración: o el muro del Trump demasiado dependiente del apoyo evangelicano, que lanzará incluso a México en manos chinas; o un modelo de relación de complementariedad económica en que las desigualdades entre EEUU y su vecindad no sean tan amplias como hasta ahora, y que podría ser una esperanza de salvación global de lo avanzado desde el Renacimiento ante el Imperio-mundo que se levanta del otro lado del Pacífico.

Porque en todo caso cuál de las soluciones se impondrá en EEUU, si la aislacionista, que deja al mundo y a nosotros en específico en manos del futuro Imperio-mundo chino, o la socialista democrática, que es el primer paso para una sociedad global multicultural, basada en la cultura del pluralismo, depende también de nosotros, los vecinos inmediatos de EEUU, que somos los que creamos los flujos de inmigrantes que pueden ser utilizados por una u otra posición para ganar a los electorados.

En este sentido la propuesta de AMLO evidentemente va más allá de solucionar un problema mejicano, y lo convierte de hecho a él, si no mete la pata, en el líder de la izquierda democrática latinoamericana (centro-izquierda): va por el camino de hacer lo necesario para fortalecer la posición de quienes en EEUU pueden ser los iniciadores de un nuevo sistema-mundo menos basado en los monopolios centrales, y que en un inicio sea capaz de enfrentar y evitar la tendencia natural de la República Popular China de convertirse en un Imperio-mundo, absolutamente monopólico, en que la acumulación solo irá en un sentido: el de Pekín y las enormes masas de ciudadanos chinos que todavía viven como en cualquier país tercermundista.

Es una propuesta para remodelar al mundo, y va más allá de lo inmediato: puede de hecho ser la primera piedra en una alianza hemisférica de las fuerzas de la izquierda democrática, más que contra las izquierdas y derechas autoritarias, contra las fuentes ideológicas de esas corrientes contemporáneas: Moscú y Pekín.

Notas finales

A los que como Mauricio Escuela se entusiasman, desde las páginas de Granma, con la caída del Imperio Americano y en general del sistema-mundo que ha imperado desde el siglo XVI, les recuerdo que ese sistema-mundo significó un incuestionable avance sobre todo lo anterior, y que la alternativa, los Imperios-mundo, resultan un retroceso a lo pre-moderno, a las formaciones pre-capitalistas, una actualización 3.0 de las “Formaciones Asiáticas” de Marx.

En cuanto a AMLO, esperamos que entienda que el eje de todas sus demasiadas promesas pasa por conseguir articular esta alianza con EEUU, cuyas bases puede dejar plantadas ya con este inconstante presidente, a quien hemos visto moverse de un extremo al otro del espectro político en sus soluciones y propuestas. Lo demás, pacificación, desarrollo, campaña de moralización pública… todo depende para México de que se consiga establecer este New Deal con los vecinos del Norte…


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