Actualizado: 20/08/2018 14:20
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EEUU, Bush, Trump

Anti-Bush

Hoy, por diversas razones que van de la política a la persona, Trump y Bush hijo son la versión republicana del aceite y el vinagre

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El año en que el expresidente George W. Bush entró de lleno en la contienda electoral que le permitió la reelección estaba resurgiendo con fuerza el debate entre el pensamiento conservador tradicional y los principios propugnados por los neoconservadores. El sonoro triunfo de Bush, su enorme “capital político” conquistado —que lo llevó al fracasado intento de reformar el sistema de seguridad social— y la victoria de los republicanos en ambas cámaras del Congreso actuaron de amortiguadores de ese debate

Luego se inició la larga cadena de escándalos y fracasos nacionales e internacionales que no solo hicieron trizas ese “capital político” de Bush y lo hundieron en los peores índices de popularidad, al tiempo que surgió la crisis financiera que enterró a los norteamericanos en un presente de incertidumbre.

Sin embargo, la necesidad del debate se mantuvo vigente para los republicanos y resurgió, con más ruido que discusión racional, con el movimiento Tea Party.

Vale la pena recordar algunos de los fundamentos de la ideología conservadora discutidos por aquellos años, porque estos alertaron —y en cierta medida también contribuyeron— al rumbo erróneo que ha tomando la política norteamericana en manos de la actual administración de Donald Trump.

Lo lamentable para los republicanos es que, en la práctica electoral de las elecciones primarias, no lograron sacar ventaja de sus previsiones y terminaron por aceptar en la boleta del partido al candidato menos capacitado para realmente proponer en práctica ese nuevo rumbo. El hecho de que Trump lograra la victoria y esté en la Casa Blanca no valida lo adecuado de su proceder. Demasiados triunfos electorales —con comillas o sin ellas— arrastra la historia para creer que los votantes no se equivocan.

Durante su primera campaña por la presidencia y tras su llegada al poder, Bush hijo se presentó como el representante de una política aislacionista. De forma sorpresiva, en 2000 le ganó el segundo debate al vicepresidente Al Gore en lo que se convertiría en un preámbulo a su cuestionada victoria en las urnas. Uno de los puntos que en aquel momento contribuyó a su triunfo fue el rechazo no solo a la actitud del entonces presidente Bill Clinton —y su política de intervencionismo “por razones humanitarias” en lugares como Bosnia y Kosovo— sino el distanciamiento del sueño de su padre —el expresidente George Bush— de la visión de un “nuevo orden mundial”.

En aquella ocasión, la principal diferencia entre ambos aspirantes a la Casa Blanca estuvo en la insistencia de Bush hijo de que Estados Unidos solo debía enviar sus tropas al extranjero cuando estaban en juego sus “intereses vitales”, frente a la insistencia de Gore de hacerlo también en defensa de “los valores democráticos de la sociedad norteamericana”, como los derechos humanos y la libertad.

En su ataque, Bush hijo enfatizó la ausencia de preparación de debilidad mostrada durante el Gobierno de Clinton en operaciones militares. Una crítica no ausente de fundamento, aunque por otra parte la administración de Clinton había revertido la reducción de gasto militar puesta en práctica por su padre (el expresidente George H. W. Bush) y el secretario de Defensa de este, Dick Cheney.

Hoy —por diversas razones que van de la política a la persona— Trump y Bush hijo son la versión republicana del aceite y el vinagre, pero un poco de memoria lleva a recordar que las apariencias engañan y años atrás sus posiciones estuvieron cercanas, aunque no coincidentes. Hay que reconocerle a Trump que ha llevado a la práctica —o al extremo— algunos preceptos que Bush hijo solo expresó o no desarrolló a plenitud. También señalar que el expresidente se ha convertido en un crítico del aislacionismo.

En fecha reciente, al participar en una ceremonia de entrega de premios en el Atlantic Council —un grupo de estudios no partidista— Bush hijo alertó de los peligros para Estados Unidos de entrar en una senda aislacionista.

“América es indispensable para el mundo. El precio de la grandeza es responsabilidad. Uno no puede elevarse y alcanzar a ser, de muchos, la comunidad líder en el mundo civilizado, sin involucrarse en sus problemas, sin verse convulsionado por sus agonías e inspirando por sus causas”, dijo Bush hijo invocando un discurso del legendario primer ministro británico Winston Churchill.

“Si nos mantenemos unidos, nada es imposible. Si nos dividimos, todo fracasará”, agregó.

9/11

Pese a la tendencia aislacionista señalada a George W. Bush —Condoleeza Rice llegó a decir que los marines no iban a actuar como cuidadores de las guarderías de Kosovo—, en la práctica su política internacional se inclinaría más hacia un unilateralismo necesario. Ello no sería más que una continuación de lo enunciado en su momento por la secretaria de Estado de Clinton, Madeleine Albright, que EEUU actuaría “multilateralmente si es posible, unilateralmente si es necesario”. Así, mientras la nueva administración demócrata se diferenciaba de la anterior en una posible disminución de recursos monetarios, equipos y tropas dentro de la contribución internacional en acciones militares de preservación de la paz y el orden, en términos de acciones bélicas específicas —como los ataques aéreos ocurridos durante la administración Clinton contra Irak, Yugoeslavia, Sudan y Afganistán— se mantendría la pauta anterior.

De igual forma —y pese a su odio vocinglero hacia el matrimonio Clinton y en menor medida hacia la familia Bush—, en líneas generales Trump no ha alterado este patrón. Su única particularidad es que ahora quiere que los miembros europeos de la OTAN compren armamento fabricado en EEUU, algo difícil de lograr.

Las circunstancias vinieron a modificar la estrategia de Bush hijo anunciada en aquel segundo debate presidencial. En específico los atentados terroristas del 9/11 y las consecuencias de la desastrosa invasión a Irak.

Cuando ocurrió el ataque, la política de George W. Bush se mantuvo orientada de acuerdo a la ideología de los neoconservadores —lo estaba desde antes, pero alcanzó un énfasis que las circunstancias anteriores no habían posibilitado— y reafirmó el principio aislacionista en cuanto a la voluntad expresa de que la nación americana debía actuar sola —sin contar e incluso oponiéndose a los criterios internacionales— cuando veía amenazados sus intereses. Finalmente se logró una “coalición internacional” que participó en la guerra contra Irak, pero el peso tanto de la ofensiva bélica como de la labor de reconstrucción como de organización posterior del país árabe estuvo en manos estadounidenses.

Las guerras en Afganistán e Irak siempre tuvieron notables diferencias. La justificación de ambas fue distinta desde sus inicios. En el caso de Irak, la supuesta existencia de armas de exterminio masivo fue negada hasta por un informe de la CIA. Ello produjo un cambio en el propio campo conservador. El segundo presidente Bush comenzó a apelar, cada vez con más frecuencia, a palabras como “libertad” y “valores democráticos” —así como a destacar que el mundo era un lugar más seguro sin Sadam Husein—, pero ello no evitó que aumentaran las críticas a la guerra por parte de los ideólogos conservadores.

George Will, entonces el columnista más brillante e influyente del pensamiento conservador, fue quien propinó el golpe más contundente, al cuestionarse los errores cometidos durante la campaña iraquí y los fallos surgidos en el intento de llevar la democracia al Medio Oriente. Will afirmó que no consideraba confiable a un gobierno que se lanzaba a una contienda bajo premisas que resultaban al menos dudosas. Sus palabras no solo fueron un eco tardío de las dudas expresadas por algunos miembros del gabinete de Bush padre antes del inicio de la contienda. El comentario fue un ataque a fondo que reforzaba la conclusión de que dicha administración había actuado por motivos ideológicos y no fundamentada en la necesidad de defender a la nación frente a un peligro inminente.

América primero

Patric J. Buchanan —que desde los tiempos de Bush padre se había opuesto al derrocamiento de Sadam— también por esa misma época publicó un libro donde explicaba lo que consideraba eran los errores causantes del desvío del rumbo correcto de la derecha —la vía trazada por Ronald Reagan— y descargaba todas las culpas en los neoliberales que habían “secuestrado la presidencia de Bush [hijo]”.

Uno de los principales puntos de esa oposición conservadora era que —contrario a los fundamentos del Partido Republicano de disminuir el papel del Estado— el gobierno de Bush hijo lo que había hecho era incrementar la burocracia del gobierno y aumentado los gastos en la ayuda internacional. No hay que olvidar al respecto que la idea de una Dirección de Seguridad Nacional data de los tiempos de Clinton. Para los conservadores al estilo de Buchanan, EEUU estaba gastando en el exterior recursos que debía emplearse con fines nacionales. El principio cardinal de “América primero” había sido pisoteado por un presidente lanzado a la “edificación de naciones” y dispuesto a ejercer el papel de “gendarme internacional”.

Resultó llamativo que una opinión similar —en lo que respecta al desvío de fondos necesarios para el país en mantener la presencia norteamericana en Irak— fue manifestada por el candidato presidencial demócrata, Barack Obama durante el segundo debate presidencial de su primera campaña.

Por otra parte, el concepto de “América primero” había sido empleado por el candidato republicano, John McCain, en una versión limitada bajo el postulado de “la nación primero” pero referido sólo a una subordinación de la política ante las necesidades nacionales. Pero ese tinte populista redujo un principio político —adecuado o no— a una mera consigna de campaña.

Resultó entonces que uno de los problemas fundamentales, que enfrentaban los republicanos en la necesidad de definir una línea política e ideológica alejada de la de Bush hijo —que había resultado un fracaso— tenía que ver con la posición de EEUU en un mundo alejado de la Guerra Fría.

Anti-Bush

Durante su presidencia, George W. Bush —más que recorrer un camino—, llevó a cabo una metamorfosis: transitado de metamorfosis: de un “aislacionista” a un unilateralismo apoyado en la fuerza de una nación poderosa para terminar abogando en favor de un compromiso internacional.

Este cambio no fue más que una reacción defensiva ante la debacle en Irak. Se había lanzado a la guerra sin tomar en cuenta las advertencias sobre una posible insurgencia después de la invasión. Obtener la victoria militar inmediata fue relativamente fácil, pero lo que vino después fue el caos. Su ideal de construir una nueva república tuvo que ser sustituido por un programa de edificación de una democracia en un país con una cultura y valores desconocidos para los estadounidenses. En última instancia, se había visto obligado a llevar a cabo lo que precisamente había despreciado en Clinton: convertirse en un trabajador social armado. Luego, tras ese cambio de roles, y convertido en un “internacionalista”, aprovechó esa ideología para criticar a quienes postulaban la retirada de Irak como “aislacionistas”. El adoptar una postura “internacionalista” le posibilitó catalogar de “aislacionistas” a los que defendían una retirada militar de Irak.

Bill Clinton, en su momento, había intentado en convertirse en una especie de campeón de la democracia en el mundo —interviniendo o amenazando con intervenir en Somalia, Haití, Bosnia, y Kosovo— pero con la suficiente capacidad de maniobrar políticamente para evitar que una intervención militar en el terreno o una participación a largo plazo terminara por convertirse en una situación de estancamiento similar a la ocurrida durante la guerra de Vietnam, aunque ello tuvieran como consecuencia el sacrificio de objetivos y logros: es decir, una actitud hipócrita en última instancias. Pero siempre tuvo en cuenta los resultados de presidentes Lyndon B. Johnson y Richard M. Nixon—que enviaron contingentes armados a Vietnam y persistieron en una guerra inútil con consecuencias lamentables para EEUU— y así evitar el potencial tanto de movilizar al sector poblacional estadounidense contrario a tales acciones como de inflamar a grupos radicales terroristas anti EEUU en todo el mundo. Los ataques en Nueva York y el Pentágono impidieron al expresidente George W. Bush mantener la actitud de Clinton —que por otra parte no fue capaz de impedir el desarrollo del radicalismo que culminó en el 9/11— y su consecuencia fue no solo un enfrentamiento frontal al terrorismo y sus bases sino el extender dicha lucha a la búsqueda de un cambio de régimen —en favor de la democracia— en países con gobiernos totalitarios o autoritarios. Los dos períodos de la administración de Barack Obama se limitaron, en buena medida, a un retroceso de objetivos: ataques puntuales a objetivos terroristas sin intentar ir más allá.

El Gobierno de Trump, sin reconocerlo, en la práctica no se ha apartado de dicho objetivo. Solo que ahora convertido en razón de Estado: El principio aislacionista de “América Primero” es, más que una negación de la política internacional de Obama, un rechazo a las prácticas de la era de George W. Bush. No por gusto suele referirse a los “gobiernos anteriores” o a sus antecesores, englobando tanto a las administraciones demócratas como republicanas.

Si en lo que se refiere a financiamiento u apoyo —en declaraciones y mensajes de su cuenta en Twitter— Trump es la antítesis de Obama, en su actuar cotidiano es sobre todo lo opuesto a Bush hijo.


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