Actualizado: 23/10/2019 9:47
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Venezuela, Maduro, EEUU

Apocalipsis Venezuela

Si para descubrir a un delincuente hay que seguir la ruta del dinero, en Cuba hay que seguir lo que dice Gramma. O aún mejor: lo que no dice, oculta o tergiversa

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No puede esperarse que los hombres sean trasladados del
despotismo a la libertad en un lecho de plumas.
Thomas Jefferson

Era un joven cuando el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 en Chile. Poco o casi nada tenía explicación para quienes la única fuente de información era la prensa, la radio y la televisión cubanas. El doctor Salvador Allende era un líder apoyado por la mayoría de su pueblo, y había sido elegido, democráticamente, por una aplastante cantidad de votos. A pesar de que se reportaban huelgas y carencias —guerra económica—, la sociedad chilena iba en camino a un socialismo unánimemente aceptado, y derrotaba a la CIA y al imperialismo. Chile y el Gobierno de la Unidad Popular recibían el apoyo de toda la comunidad internacional excepto, por supuesto, Estados Unidos.

Pasaron muchos años para que quien escribe supiera que aquello eran medias verdades, o francas mentiras. Que el médico Salvador Allende era más político que clínico, compitiendo durante una década por hacerse con la presidencia; un cargo que solo logró por votación congresional y apoyo de la democracia cristiana, al estar dividido el Chile político en dos mitades casi iguales. Aunque mencionó las huelgas, la prensa cubana no hablaba de la rápida y masiva escasez, provocada en algunos casos, pero que obedecía, mayormente, a una desacertada e improvisada política económica. Nadie supo de los contactos de Allende con la inteligencia y los funcionarios cubanos desde principios de los años sesenta —¿Chicho?; el impacto —negativo— de la extendida visita del Ex Máximo Líder en la clase política chilena moderada.

El resultado fue que el golpe de Estado chileno vino a ser como una sorpresa para los cubanos de a pie. Y por eso la represión de Pinochet, condenable, sin dudas, pareció doblemente cruel. Cuarenta y seis años después, con seguridad hay muchos compatriotas dentro de la Isla que creen en la legitimidad de Nicolás Maduro. Que el exdiscípulo de la Escuela del Partido “Ñico López” goza de un apoyo masivo, dentro y fuera de Venezuela, y que es solo la derecha recalcitrante, una minoría, y la oligarquía venezolana y, por supuesto, el sospechoso habitual, Estados Unidos, quienes lo quieren fuera del Palacio de Miraflores.

Por tener el control total de los medios, los cubanos nunca vieron la fraudulenta votación donde, con un rechazo de más del 80 % según las encuestas más serias, un país en ruinas, la casi total ausencia de ciudadanos en los centros de votación y la negativa de participación de la mayoría de la oposición, Maduro se adjudicó el 67 % de la preferencia —no olvidemos que Sadam Husein fue reelecto con el 100 % de los votos unos meses antes de ser derrocado. El cubano promedio, aunque lo sospecha, no tiene constatación gráfica de la represión sanguinaria, los niños comiendo en la basura, el pueblo gaseado y disparado con perdigones volcado a las calles, los ciudadanos muriendo en los hospitales por falta de medicamentos. El régimen cubano podría vanagloriarse de haberle evitado a su pueblo ver cosas semejantes en su propio país.

Pero puede que sea Venezuela, precisamente, el sitio donde el despotismo nativo y su fin terminen por revelarse. En lenguaje escatológico, allí donde el apocalipsis socialista-totalitario continental tenga su última manifestación. Si para descubrir a un delincuente hay que seguir la ruta del dinero, en Cuba hay que seguir lo que dice Gramma, y aún mejor, lo que no dice, oculta o tergiversa. A fin de cuentas, ese es el Órgano Oficial. Y la tendencia, claramente expresada en los medios, es el de la confrontación, no del diálogo. Dicen en Caracas que las órdenes del golpe de Estado vienen de Washington. Pero las órdenes de inmolación siempre vendrán de la Habana.

En ese contexto de ajedrez político-militar, y sin descartar el siempre importante factor económico, vuelve la Isla a ser el centro gravitacional sobre el cual giran las grandes potencias y sus intereses. No es chovinismo sino la historia, que se repite. Ni Angola, ni Nicaragua y ahora Venezuela hubieran sido peligrosos sitios conflictivos —y amenazado la paz mundial— sin la presencia determinante de Cuba. Dada la importancia que para la sobrevivencia del régimen cubano tiene Venezuela, dos escenarios probables pueden haberse examinado en el Palacio de la Revolución: llevar el conflicto venezolano hasta las últimas consecuencias, o relanzar un dialogo para ralentizar el impulso opositor, la Isla como garante.

Desgraciadamente para los operadores políticos cubanos, el bombazo del ELN en Bogotá, y el apoyo implícito a sus líderes refugiados en La Habana, ha complicado este último escenario: es causa más que eficiente para devolver la Isla a la lista de países patrocinadores del terrorismo —aún no sabemos si fue un libretazo de los guerrilleros, o es una estrategia calculada desde la Plaza de la Revolución para atrincherarse todavía más. En todo caso, ambas iniciativas son fallidas, contraproducentes. Ha hecho que el ejecutivo norteamericano revalore el viejo anhelo de matar dos o tres dictadores de un tiro: la ruptura de las relaciones con La Habana —algo buscado desde los incidentes sónicos—, y la aplicación expedita del Título III de la Ley Helms-Burton. Y en Nicaragua, apretar el acelerador sobre el COSEP —Consejo Superior de la Empresa Privada—, para exigir el fin del Orteguismo.

Es curioso que sea en la tierra de Bolívar, en breve dos siglos después, donde se pueda revelar, finalmente, el destino de la América hispana para los próximos cincuenta o cien años. No se trata de una lucha entre el Imperialismo norteamericano, nueva potencia hegemónica, por esclavizar los pueblos al sur del Río Bravo. Además de ser ese un argumento gastado y sin sentido práctico, el dilema de las naciones latinas de América ha sido esclavizarse ellas mismas de la mano de monarcas autóctonos.

De modo que lo que se pelea en el Nuevo Carabobo, no es la descolonización de Latinoamérica. La batalla en Venezuela, Armagedón simbólico, es por el fin del caudillismo nativo y totalitario, que tanto daño ha hecho a nuestros países y que es peor, como escribiera José Martí, que el colonizador extranjero. Es una pelea por deshacerse de los hombres creídos dioses, salvadores de pueblos, elegidos por la Historia. La lidia simbólica en Venezuela es para destronar de Latinoamérica el poder omnímodo del Hombre y colocar a la Institución y los consensos por encima de la voluntad individual. Quizás sea esa la revelación mayor: cómo salir del Siglo XIX cuasi feudal, para entrar, sin socialismo —versión neofeudal— en el siglo XXI y en la postmodernidad democrática.


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