Actualizado: 20/05/2019 15:52
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Bernie Sanders en Pensilvania: prudencia y transversalidad

El Partido Demócrata no puede esperar que la gente común se ponga a estudiar el funcionamiento del Estado de Bienestar en Finlandia para llegar a la definición democrática del socialismo

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Luego de varias semanas de expectativas, el senador por el Partido Demócrata, Bernie Sanders, llegó a Bethlehem, ciudad ubicada en el extremo este del estado de Pensilvania. Frente al pabellón ArtsQuest donde comparecería Sanders junto a periodistas de Foxnews, se aglutinaban una docena de militantes de Donald J. Trump agitando banderas americanas y pancartas con el nombre del actual presidente norteamericano. La composición social de este grupo de trumpistas era muy específica: mujeres y hombres blancos de entre cuarenta y setenta años, una composición social que recuerda al promedio de edad de los militantes del movimiento Tea Party. Al fondo, una imagen icónica, convertida hoy en monumento público: el gigantesco horno de la industria del acero, emblema de la clase obrera de Pensilvania. Durante finales del siglo XIX hasta mediados del XX, Bethlehem fue conocida como la cuna del acero norteamericano hasta que en 2001 se viera forzada a declararse en bancarrota. El SteelStacks de Bethlehem: una imagen potente que evoca ética del trabajo y orgullo de grandeza.

Sanders escogió un lugar significativo para su primera visita de Town-Hall en este nuevo ciclo electoral. Venir a Pensilvania es un gesto, y los gestos en política son tan importantes como el carisma o las promesas. Los gestos suelen dibujar un horizonte de expectativas de la gente. No debemos olvidar que Pensilvania fue el último estado que visitó la demócrata Hillary Clinton antes de cerrar su campaña. En el otoño de 2016, Clinton cerraba su contienda con triunfalismo teatral en Filadelfia de la mano de Katy Perry y Bruce Springsteen. Un retablo metropolitano que pasaba por alto que apenas a una hora y media de la ciudad, había otro electorado que le daría la vuelta al estado. Pensilvania, como Michigan o Wisconsin, es uno de esos estados donde permanece un contraste fuerte entre el espacio metropolitano y la zona rural, una oposición minuciosamente estudiada por Kathy Cramer, politóloga de la Universidad de Wisconsin.

No podemos construir una visión integral del mapa político americano sin entender las lógicas del resentimiento que fluctúan entre la metrópoli y el interior rural. Este es el nuevo eje de la política. De ahí es la primera novedad de Sanders: hacer énfasis en la variable territorial, evitando caer en la hipótesis de que una elección presidencial puede ganarse con el voto de los estados costeros (New York o California). Pensilvania será un estado clave en este rompecabezas electoral de 2020.

A Sanders se le vio con confianza en la tarima, y no sólo porque es un político experimentado, sino porque inmediatamente reconoció que asistir a un debate en Foxnews es visto con recelo por las bases demócratas. En un momento de polarización extrema, hay que suministrar los diálogos si se quiere evitar ser llamado traidor. He aquí otro importante gesto de Sanders: visitar Pensilvania para hablar en la tarima de los contrincantes, y no desde el cónclave de su partido. Las dinámicas de las diferencias no duraron en hacerse notar. Por ejemplo, en la primera pregunta sobre el significado de la palabra “socialismo”, Sanders defendió una definición genérica: socialismo es la posibilidad de efectuar un modelo económico que beneficie a la mayoría. Una definición que pudieran subscribir tanto las democracias escandinavas como Podemos en España, o el Movimiento Cinco Estrellas de Italia. Sin embargo, ¿por qué llamarle socialismo a esto? Y, ¿por qué hacerlo en Pensilvania?

Si lo importante es hacerse audible —y más en un lugar como Bethlehem— hablar de socialismo requiere de demasiadas mediaciones para quienes se encuentran en la franja intermedia del arco ideológico. Hubiera sido más sensato que Sanders le diera una vuelta de rosca al asunto. Por ejemplo, en lugar de hablar de socialismo, ofrecer un conservadurismo de otro tipo. Esto es, conservar la dignidad de una vida sin subordinarla a los poderes económicos; conservar la escuela pública contra las privatizaciones; conservar la naturaleza contra los proyectos desarrollistas destructivos; o conservar un patriotismo progresista de las mayorías contra un nacionalismo de las minorías del poder financiero.

El Partido Demócrata no puede esperar que la gente común se ponga a estudiar el funcionamiento del Estado de Bienestar en Finlandia para llegar a la definición democrática del socialismo. La agilidad política debe aprovechar la porosidad del discurso ideológico contemporáneo. Por esta razón, el liderazgo demócrata tiene que estar en condiciones de poder moldear la realidad existente, en lugar de insistir en los viejos comodines del siglo XX.

Sanders logró equilibrar su rigor idealista con un estilo prudente. La prudencia ha desaparecido casi por completo del estilo de los liderazgos políticos, aunque por siglos haya sido una virtud en la oratoria pública. La prudencia tiene el poder de contener los excesos del carisma, a la vez que le devuelve autocontrol a la expresividad. En el mundo inundado por redes sociales y la turbulencia noticiosa, la imprudencia se ha vuelto la norma. Sanders, con habilidad y aplomo, supo deslizarse entre las preguntas incómodas tanto desde la audiencia como desde los moderadores. Por ejemplo, ante la pregunta sobre sus ingresos millonarios, el Senador de Vermont devolvió la pregunta asumiendo esa condición como el resultado de la venta de sus libros. En realidad, el problema en América no es que haya millonarios, sino la amenaza de una oligarquía que recrudezca la dominación política.

Pero sabemos que esto no es una premisa exclusiva de Sanders, sino que es un presagio que se remonta a los propios Founding Fathers, como las conocidas críticas del clarividente John Adams. Las formas prudentes de Sanders en Bethlehem, rebajaron el tono de sus críticas a Wall-Street y a las élites políticas. Sanders reconoció que él también es una élite, y por eso, de lo que se trata es de poder garantizar confianza en el momento de la delegación del voto. En este sentido, el diseño de una política transversal es aquella que recomponga las formas responsables de la élite atenta a las necesidades de la gente común.

No se trata de ser autocomplaciente con todos, sino de poder traducir con prudencia el espíritu de la época. Esta operación será el único movimiento que podrá hacerle cara al nuevo nacionalismo de derechas. Curiosamente, durante el conversatorio en Bethlehem, Sanders no pronunció una sola palabra sobre qué hacer en torno a la cuestión migratoria o sobre la amenaza geoeconómica china. Y sabemos que estas dos cuestiones son cardinales en los próximos debates de cara al 2020. Una izquierda encandilada por una solidaridad en abstracto nunca será capaz de construir imágenes que puedan irradiar anhelos colectivos. Se necesita construir una democracia más fuerte que la complacencia metropolitana.

La prudencia en política debe ser instituida desde mitos que puedan trascender las estadísticas o la moral. Por eso Sanders tiene que estar en condiciones de incorporar un mito político fuerte que relaje el poder de la “razón” y que genere consuelos en la gente. Los mejores momentos en la historia del movimiento obrero asumieron esa tarea: una política transversal que traspasaba, en cada caso, la demanda particular de la clase. Por ahora, Sanders se perfila como el único candidato que mejor puede llevar a cabo esta tarea.

Gerardo Muñoz es profesor en Lehigh University, Pensilvania. Su última publicación es el libro Alberto Lamar Schweyer: ensayos sobre poética y política (Bokeh, 2018) y de próxima aparición Poshegemonía y populismo (2019).


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