Actualizado: 15/10/2021 16:37
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Caudillos

El vocabulario de los caudillos, sus maneras, aun su vestimenta en ciertos casos, coincide con lo más emblemático de las clases populares

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Sobre todo los caudillos de Izquierda no surgen por generación espontánea. Son el resultado de un estado de cosas propicio. Sin ese estado de cosas previo ellos no tienen razón de existir. Ya lo sabemos. Ellos necesitan, fundamentalmente, una situación de pobreza extrema y de desigualdad en sus territorios, amén de la pérdida de esperanzas principalmente entre las clases más desposeídas.

Al llegar al poder, los caudillos de Izquierda ofrecen milagros a la población esquilmada. La pregunta es: ¿creerán ellos mismos en las quimeras que dan por seguras desde sus tribunas? ¿Será que el llamado complejo mesiánico los hace perder el sentido de la realidad, de lo racional? ¿Al menos en los principios, actúan de buena fe?

El vocabulario de los caudillos, sus maneras, aun su vestimenta en ciertos casos, coincide —o ellos las hacen coincidir— con lo más emblemático de las clases populares. Cambian los nombres de las instituciones, de los organismos y hasta del país si así lo estiman, y aun sustituyen las fiestas patrias. Son solo ejemplos. Ellos necesitan dar la impresión de que todo es “nuevo”; la verdadera historia comienza ahora.

Según las estadísticas, y los anecdotarios, Venezuela era uno de los países donde la desigualdad en la repartición de las riquezas era —o es aún— más notable. Esto explica por qué un hombre mediocre, sin un proyecto político y económico claro, tomado por una payasería proverbial, fuera elegido presidente por la mayoría de la población. Y aún más: el ciudadano venezolano promedio sabe que Hugo Chávez mintió a sangre fría antes de ser electo. Entre otros engaños, aseguró que Fidel Castro no era su amigo, que en Cuba había una dictadura y que entregaría el poder en un lustro. Son mentiras “estratégicas” que las “masas”, desesperadas, perdonan en pro de su redención. Hoy, cualquiera con la más mínima información podría apostar, sin temor a perder, que Venezuela, sumida en la inflación, en un acrecimiento desmesurado de la inseguridad pública, con los poderes judiciales y legislativos controlados por el Gobierno, va por el camino hacia la destrucción. Sin embargo, todavía una buena parte de la población apoya a Hugo Chávez. Si les preguntaran a sus adeptos, de los más pobres, responderían: “Es la única esperanza”.

Lo mismo ocurrió en Cuba: Fidel Castro mintió sin clemencia antes de afianzarse en el poder y armar la dictadura más perfecta que se haya dado al menos en América Latina. Pero entonces la mayoría de la población (entendemos por mayoría el 50.01 %) se lo perdonó: eran las clases populares de Cuba sumamente explotadas, los segmentos más populares de la población no tenían perspectivas de una vida mejor. Hoy Cuba está hundida en el desamparo en todos los órdenes y nadie podría calcular en qué podría desembocar esta tragedia. Lo que sí se puede asegurar es que ni los propios Castro y sus acólitos creen que su revolución sea salvable.

Evo Morales y su socialismo de corte venezolano están hundiendo a Bolivia en un caos signado por la violación de la dignidad, los derechos fundamentales, la libertad de prensa y el derroche de recursos financieros. El nicaragüense Daniel Ortega, considerado uno de los más corruptos gobernantes de Izquierda, retomó el poder —cierto, por un escaso margen en las votaciones— en elecciones libres, y ahora mantiene a su país en un punto muerto donde, como tal, reina la más genuina confusión en cuanto al futuro.

Pero nadie podría asegurar que el surgimiento de caudillos en América Latina ha concluido. Con otros rostros, con promesas basadas sobre diferentes ánimos políticos, ellos podrían seguir apareciendo. Mientras la saturación en la despensa de un ciudadano de la clase media estadounidense tenga su origen en la miseria de un obrero, de un indígena latinoamericano, ellos, los caudillos, tendrán su caldo de cultivo a la mano. Mientras que los gobiernos de Estados Unidos se sigan considerando jueces —nunca parte— de las calamidades que asuelan a los pueblos de Latinoamérica, los caudillos tendrán su actuación asegurada. Mientras los gobiernos estadounidenses y los organismos financieros internacionales mantengan su vista lejos de Latinoamérica, habrá caudillos.

Luego no se quejen.


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