Actualizado: 17/10/2017 10:31
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Chávez, Venezuela, Maduro

Chávez y el poschavismo

Si es posible predecir un poschavismo que derrote a sus opositores en las urnas, no hay igual seguridad a la hora de definir su destino como gobierno

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¿Qué está deteniendo el proceso de transición poschavista en Venezuela? No es el temor a la oposición. El domingo, el periodista y exvicepresidente José Vicente Rangel citó en su programa de televisión los resultados de una encuesta hecha por la firma Hinterlaces, que asegura que el vicepresidente Nicolás Maduro, sacaría 14 puntos de ventaja al excandidato presidencial y actual gobernador del estado de Miranda, Henrique Capriles, si ambos llegaran a enfrentarse en las urnas. No es un dato definitorio pero sí un indicador más que se suma a toda una serie de factores que indican que la oposición no solo está dividida sino debilitada. Una actuación tibia y vacilante desde la partida de Chávez para ser operado en Cuba, junto a una campaña muy bien dirigida y con arraigo popular, que ha convertido al mandatario venezolano no solo en mito populista al estilo de Eva Perón sino en algo más: en un objeto de culto donde la fe y la superstición se unen en un irracionalismo cada vez más peligroso para el ejercicio democrático.

Pero si es posible predecir un poschavismo que derrote a sus opositores en las urnas, no hay igual seguridad a la hora de definir su destino como gobierno. La gestión bicéfala del vicepresidente, Nicolás Maduro, y del presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, solo ha funcionado como un carruaje que ha conseguido no salirse del camino, pero al mismo tiempo es incapaz de definir un rumbo. La frágil alianza se mantiene gracias a que Chávez aún está vivo. Por lo demás, es una carreta fantasma. Cuba, que ha sido un factor clave en la unión, ha conseguido anotarse un punto al conseguir que el gobernante venezolano saliera de la isla con vida y tras un testimonio fotográfico, pero para el gobierno de Caracas el regreso de Chávez lo que ha hecho es intensificar la necesidad de una solución legal e institucional al vacío de poder creado por la enfermedad del mandatario.

El problema que enfrenta el poschavismo es, a la vez, simple y complejo. Cuenta con el poder suficiente para dominar las instituciones y manejarlas como marionetas, pero al mismo tiempo es incapaz de imponer la soberanía. Esto se debe, sencillamente, a que el ejercicio soberano era una potestad de Chávez, que ejercía de forma personal, carismática y en directo televisivo. Su mandato siempre fue un reality show político, sustituirlo por el show de Maduro, esa especie de telenovela El derecho de gobernar (“Quiero hablar pero no puedo”) puede entretener por un tiempo pero no mucho.

El problema para la jerarquía chavista es que el gobernante venezolano fue capaz de adueñarse de todos los poderes —ejecutivo, legislativo y judicial— pero se quedó a medias en la transformación social que implicaba que el simulacro de órganos gubernamentales fuera acompañado de una capacidad de control absoluto sobre la sociedad. En este sentido, no basta con imitar a Cuba: hay que implantar su modelo a plenitud. Así Chávez consiguió que las instituciones de gobierno respondieran a él por completo. Lo que no logró es que la población en su totalidad obedeciera a esa mascarada de gobierno.

Bastó que un grupo de estudiantes armaran un campamento frente a la sede de la Embajada de Cuba en Caracas para dejar en claro que las protestas en Venezuela podrían tornarse en un fenómeno peligroso para el chavismo. En sus buenos tiempos, Fidel Castro hubiera transformado a una protesta de este tipo en una demostración de fuerza a su favor y un hito revolucionario.

Así que si la telenovela de Maduro comienza a mostrar sus grietas y el reality show de Chávez está liquidado por falta de presentador, la solución para el chavismo comienza a apuntar hacia la necesidad de un gobierno fuerte —una dictadura militar, si es necesario— en manos de Diosdado Cabello, que no tiene carisma ni es el delfín de Chávez, pero sí cuenta con el apoyo de sectores militares.

De inmediato, crecen las apuestas a favor de que la siguiente etapa de esa especie de transición sin tránsito —sin paso de un estado a otro— se inicie con la juramentación de Chávez, algo en estos momentos tan simple que si no se ha realizado es porque aún no existe una definición sobre los pasos siguientes o porque le han permitido al enfermo un período de adaptación tras el regreso.

Si luego de esto Chávez renuncia o se halla una forma que le permita mantener el elevado impacto simbólico —que en la actualidad representa su figura— junto a la posibilidad de ejercer de guía y ser el poder desde el reposo, es algo que depende no solo de las circunstancias sino de su estado de salud, ese secreto que hasta el momento Cuba supo guardar tan bien, pero que ahora está expuesto a las intrigas y los rencores en la lucha cada vez menos oculta por el poder en Venezuela.


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