Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Geopolítica

Chivas Regal en China

De Pekín a Caracas, pasando por La Habana: ¿Un respiro en medio de la miseria o la confusión de una ventaja circunstancial con un destino?

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Un viejo axioma plantea que la política exterior de un gobierno es una prolongación de su política nacional. No parece ocurrir así en el caso de la Cuba de Fidel Castro, donde da la impresión que ha ocurrido precisamente lo contrario. La paradoja es que esta inversión de las leyes —que supuestamente rigen el acontecer de un país— le ha permitido sobrevivir a más de un cambio en el equilibrio de las fuerzas internacionales.

Por regla general, la política exterior del régimen cubano transita por varios caminos al mismo tiempo —en ocasiones contradictorios—, donde lo que se destaca en la prensa es secundario y el objetivo principal se oculta o rebaja de categoría. A veces da la impresión que el interés del mandatario se concentra en un asunto —al que dedica la máxima atención en público—, cuando en realidad sólo está aprovechando una ventaja momentánea mientras elabora una estrategia a largo plazo por un camino paralelo.

Ahora el gobernante cubano parece reverdecer en la alianza con el presidente venezolano Hugo Chávez y el interés inversionista chino, pero ambos aspectos son el resultado de situaciones disímiles: el ayer convertido en una caricatura y, el futuro, tras un modelo que permita sobrevivir a la élite gobernante luego del fin de Castro.

Para buena parte del exilio, el llamado "eje La Habana-Caracas" define las posibilidades que tiene el castrismo de seguir manteniendo su control férreo. Sin Chávez, no hay Castro. O, al menos, no por mucho tiempo. La tendencia —siempre condenada al fracaso— de subordinar el destino nacional a un factor extranjero. Es precisamente eso lo que siempre han tratado de trasmitir las acciones del Comandante en Jefe: la dependencia del triunfo cubano a los logros en el campo internacional. Un trotskismo tropical empeñado en la revolución permanente, cuando en realidad es un Stalin criollo incapaz de arriesgarse en una aventura de la que no está seguro de obtener ventajas. Por eso los fracasos, propios y ajenos, en el terreno mundial —aniquilación del movimiento guerrillero latinoamericano, derrocamiento de Salvador Allende en Chile, descalabro del sandinismo en Nicaragua, paz en Centroamérica, fin de la Unión Soviética y el campo socialista, pérdida de la influencia en África y el Oriente Medio— no han contribuido a su caída.

Por los cuatro rincones

Entre finales de los años cincuenta y principios de los sesenta del pasado siglo, la Unión Soviética se aferró a la política de preservación del status quo en el equilibrio internacional. Nikita Jruschov temía el surgimiento de conflictos en Asia, Oriente Medio y África, que apartaran a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) del avance en el terreno económico y social, en el cual estaba empeñado a fin de competir con el mundo capitalista, no mediante conquistas militares, sino en el campo del dominio comercial y el bienestar ciudadano.

Sólo el peligro de que Hungría se apartara del campo socialista —creado tras la Segunda Guerra Mundial— lo impulsó a invadir a esta en 1956. Fue renuente en brindar ayuda a Vietnam, obligó a los comunistas iraquíes a reconocer incondicionalmente al general Abd al-Karfm Kassem y durante la mayor parte de la lucha insurreccional el Partido Socialista Popular cubano no vio con buenos ojos la lucha guerrillera de Castro en la Sierra Maestra. A su vez, trataba de que la China de Mao Tse-tung y la Yugoslavia de Josip Broz Tito regresaran al redil soviético.

Si bien la política de Jruschov no era monolítica —la KGB trabajaba y se mantenía al tanto de las condiciones existentes en cualquier nación para extender el comunismo—, en el terreno internacional se mantuvo el principio de la "coexistencia pacífica" tras su destitución, una prolongación de la idea estalinista de "socialismo en un solo país".

El fracaso de Jruschov fue —además de sus limitaciones personales— la imposibilidad entonces de encontrar una fórmula para modificar el sistema sin destruirlo (Mijail Gorbachov y los gobernantes chinos representan los dos extremos a que se pudo llegar en esta búsqueda). Tras su destitución, la URSS experimentó un retroceso hacia el énfasis en formas de dominación política y militar —por otra parte, nunca abandonadas durante el régimen de Jruschov.


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