Actualizado: 01/12/2020 17:54
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Coronavirus, Pandemia, EEUU

COVID-19: el día después…

No existía una “fuerza de tarea” a escala global para enfrentar estos enemigos de nuevo o viejo tipo

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Una casa es el lugar donde uno es esperado.
Antonio Gala

La incertidumbre, el no tener control del presente y el futuro próximo, suele ser la fuente de la angustia, esa que enferma y mata más que cualquier infección. Como si hubiera estallado la Tercera Guerra Mundial, un virus, una imperceptible cadena de proteínas, han desatado un combate cuyo final, al escribir estas líneas, parece lejano. Esta vez el enemigo no tiene ideología ni preferencias religiosas. Sus armas son menudas, sigilosas. Un virus no resistiría mucho tiempo fuera de los seres vivos; dentro de ellos, y solo confiando en la estupidez de algunos humanos, el llamado enemigo invisible puede derrotar el mejor de los ejércitos y silenciar las armas más poderosas. La ciencia ficción —a veces más ciencia que ficción— había pronosticado este desastre en novelas y películas. La razón: el propio desatino del hombre y su desdén por la naturaleza, de la cual seres microscópicos, intangibles, los virus, son parte inseparable de su historia en la Tierra.

Cada conflagración mundial que se ha cobrado un alto índice de vidas humanas ha servido también para reconfigurar el planeta donde vivimos. La Primera Guerra o llamada Gran Guerra (1914-1918) alumbró revoluciones y trastocó el mapa colonial. A partir de entonces emergieron los nacionalismos con sus luces y sus sombras, e imperios antiquísimos como el otomano llegaron a su fin. Fue el escenario para probar armas más letales, y también —siempre hay un también— avances importantes en el campo de la medicina y la cirugía de guerra, llevados después a la vida civil. Tras el armisticio firmado a las once de la mañana del día once de noviembre de 1918, nada volvió a ser igual. Entre otras cosas, surgió la Sociedad de Naciones, para evitar que algo similar sucediera (SIC).

De la misma manera, la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), más mortífera que la Primera Guerra porque la tecnología y la imbecilidad de los hombres fueron mayores, cobró la vida de muchos inocentes y de otros que no lo eran tanto. Como en la Gran Guerra, hubo avisos, pródromos. Pero pocos hicieron caso, y prefirieron pactar con el mal. El enemigo era demasiado visible para ignorarlo, y se llamaba totalitarismo, con apellidos como nacionalsocialismo, fascismo, militarismo japonés, franquismo y nunca olvidar el último, pero no el menos malo: comunismo. El choque de estos sistemas cerrados, fanáticos, volvió a cambiar el mundo en todos los sentidos. También aquí para la medicina moderna hubo oportunidades únicas: se usó por primera vez la penicilina, considerado un hito en el combate a las infecciones bacterianas. Tras finalizar la guerra, en 1945 se crearon las Naciones Unidas. Otra vez se trataba de frenar la guerra planetaria, y con sus aciertos y fracasos, al menos la de las armas se ha logrado a pedazos.

Si comenzamos a entender la Pandemia de la COVID-19 como otra conflagración mundial —pudiera haber sido nuclear, el choque de un meteorito inadvertido, una onda masiva de calor, una glaciación repentina—, no pudiéramos negar que los científicos y unos pocos políticos lo habían advertido. Iba a suceder de un momento a otro. Solo era una cuestión de saber cuándo. Del mismo modo que se ha avisado sobre el cambio climático, y la necesidad de tomar medidas en lo posible para detenerlo, la “fuga” de una potente bacteria de un laboratorio o el pase de un virus animal a un humano, como parece ser el caso, era una jugada cantada y no de ficción, sino de ciencia. Alguien pesimista diría que todas las condiciones estaban dadas para que ocurriese, incluido el irrespeto que la mayoría de los habitantes sienten por la naturaleza y su cuidado.

Como en cualquier otra guerra, la única forma de evitarla es estar preparado para ella. Hubo un espacio entre los primeros casos y las medidas higiénico-epidemiológicas que permitieron el avance del enemigo. Cual batalla, la respuesta de los humanos fue atrincherarse en la mentira y despreciar la fuerza del contendiente. No hay enemigo pequeño en el campo de la salud. Y mejor: el pequeño, el imperceptible, suele ser el más letal porque acostumbra ser el más traicionero. No existía una “fuerza de tarea” a escala global para enfrentar estos enemigos de nuevo —o viejo— tipo. La Organización Mundial de la Salud (O.M.S.) se tornó ineficiente, incapaz de reclutar un ejército de soldados y armas para combatir y pasar a la ofensiva, única manera de detener el avance de la artillería pesada de la COVID-19. Quizás fallaron los espías de la OMS y del C.D.C. (Centro para el Control de Enfermedades de Estados Unidos) al no alertar al alto mando sanitario de varios países sobre la virulencia de este conocido, primo hermano del SARS. Tal vez los políticos, como sucedió en el ataque a Pearl Harbor, ignoraron las señales que venían de Asia y fueron, otra vez, rehenes de su soberbia: es un continente que quedaba demasiado lejos.

La Humanidad vencerá la COVID-19. Casi nadie lo duda. Pero como sucedió en ambas guerras mundiales, el mundo será otro. En primer lugar, se podrá hacer imprescindible la vida virtual. El llamado tele-trabajo demostraría ser tan o más eficiente que el presencial pues no es lo mismo fajarse con el tráfico —y con algunas personalidades tóxicas en una oficina— que, ligeros de ropa, y con un café recién colado, comenzar y terminar la jornada en casa. Con la irrupción de la robótica y las impresoras 3-D, los productos podrían ser elaborados desde los hogares.

La medicina dará, finalmente, el cambio total. Cambiará la forma en que se examinan y consultan los pacientes. La tele-medicina, incluyendo la muy actual cirugía robótica pudiera sustituir una parte de la asistencia sanitaria directa. Un cambio esencial, necesario, es la imbricación de los servicios privados y los comunitarios de modo que la salud no deje de ser un servicio, un derecho humano básico, y a la vez los médicos y personal sanitario vivan como merecen. La prevención, al fin, será lo más importante. No solo es más barata para la sociedad. Es la ruta más segura para alargar la vida.

En el campo educacional es cierto que la calidez y la pedagogía de un maestro presencial no tienen comparación con uno virtual. Pero del mismo modo, quizás el llamado home-schooling funcione para muchos hogares en los cuales los padres o los hermanos mayores dan a los niños el apoyo necesario. Desde que se creó Khan Academy (2006) muchos pedagogos insisten en mezclar la enseñanza virtual con la asistencia al colegio de manera que las horas de estancia en la escuela se reduzcan a lo indispensable, para bien de maestros y alumnos. Y menos gastos para la sociedad.

Un cambio mayor pudiera ocurrir en servicios como restaurantes, mercados, farmacias y otras entidades las cuales hoy reciben pocos clientes debido a la prohibición de salir a la calle. Amazon se ha convertido en la proa de las entregas a domicilio. Son capaces de proveer al usuario desde peces tropicales vivos hasta plantas exóticas en buen estado. Los establecimientos por departamentos posiblemente estén en las últimas. Salvo las féminas, tan dadas a espulgar la percha con atávico placer, para muchos hombres el “mall” es una tortura —excepto si entran en una relojería o en una tienda de deportes. En esos casos, casi todas las grandes cadenas de comercio permiten compras virtuales y entregas a domicilio.

El mundo cambiará para bien más que para mal. Sería conveniente que como tienen los Cascos Azules, la Cruz Roja, la OMS y la ONU tengan una fuerza multinacional sanitaria potente —¿Cascos Rojos?—, capaz de desplegarse en cualquier país y bajo cualquier circunstancia. A partir de ahora será un asunto de seguridad nacional que cada país posea sus propias fábricas y almacenes de medicamentos esenciales, y equipos sanitarios de asistencia vital como respiradores, desfibriladores, monitores, máscaras y ropa sanitaria desechable en cantidades suficientes. En Estados Unidos nos desayunamos con que la mayoría de los principios activos de los antibióticos y una parte considerable del arsenal farmacéutico proviene de China y otros países no tan amigos. De ser cierta esa información, la responsabilidad por esa debilidad vital debe ser cargada al menos por cuatro o cinco presidentes anteriores.

Todo lo imaginado con anterioridad nos lleva al punto de que el hogar, tras el ataque contumaz de la COVID-19, volverá a ser eso: hogar, hoguera; el sitio donde nuestros antepasados escapaban del frio y de las fieras al calor de la lumbre mientras cocían sus alimentos. Encerrados pues alrededor del fuego, los actuales humanos tienen la necesidad de reencontrarse, de hablarse entre ellos, comer en familia, compartir con sus hijos preocupaciones y alegrías. La lectura, aunque virtual, volvería a ser una parte indispensable de la vida doméstica. Y los fines de semana, o quizás a mediados de esta, una salida al parque, a la playa, a un lugar donde por la ausencia de tantos humanos depredadores, han regresado las mariposas y los arboles están llenos de nidos y de pájaros que no dejan de cantar. Entonces las familias se saludan, y sonríen. Cada familia disfruta la salida de su “cueva electrónica”, y sobre todo, se sientan a una distancia social aconsejable —¿tres metros?— de otras familias felices.


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