Actualizado: 19/01/2021 21:47
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EEUU, Elecciones, Trump

Crisis postelectoral

Cuestionar los resultados electorales en EEUU, sin pruebas convincentes, es el peor servicio que se le puede hacer a la república más antigua del mundo

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La negativa del presidente Donald Trump a aceptar su derrota en la consulta electoral del pasado 3 de noviembre ya ha adquirido ribetes de tragedia y de farsa. Algunos se burlan y hasta encuentran divertido que el Presidente rehúse reconocer el triunfo de su adversario en las elecciones y mantenga su insistencia en un gigantesco fraude que no puede probar. Pero lo realmente grave es que un enorme segmento del electorado (alrededor del 71 % de los que votaron por él) cree, con religiosa convicción, que el fraude existe y que su líder ha sido objeto de un robo escandaloso. Decir que tal creencia puede dar lugar a una crisis de confianza que agreda los fundamentos mismos de la democracia es enunciar un pronóstico moderado. Podría producirse un estallido social de incalculable violencia que no tendría más motivo que la satisfacción del ego enfermo e hipertrofiado del Presidente.

Confieso aquí que yo voté por él, y no por simpatías ciertamente (que nunca las ha despertado en mí a quien tengo, desde hace muchos años, como un patán insolente sin gota de carisma, talento o buen humor), sino porque mi odio a los demócratas (que se remonta a la presidencia de John Kennedy) es mucho mayor. Puesto a elegir, preferí que este majadero impresentable siguiera otros cuatro años en la Casa Blanca, en lugar de uno de esos políticos untuosos que siempre han sido obsecuentes y débiles con el castrismo y otros enemigos naturales de esta nación. Prefería la torpeza de Trump a la gentil bonhomía de Biden que, casi seguramente, seguiría los pasos de Obama en la política hacia el régimen que oprime y envilece a mi país desde más de seis décadas.

Pero mis deseos —y los de muchos que puedan pensar como yo, sumados a quienes mueve una genuina devoción por el Presidente— no bastaron para triunfar en los comicios del mes pasado. Hubo unos cuantos millones más, cuyos votos no han podido ser descartados como fraudulentos, que prefirieron al binomio demócrata y terminaron imponiéndose. En eso consiste la democracia, y cuestionar esos resultados, sin pruebas convincentes, es el peor servicio que se le puede hacer a la república más antigua del mundo. Voy más lejos, sería preferible aceptar el triunfo de Biden manchado por el fraude, a poner en duda la legitimidad de todo el sistema electoral sobre el que descansan las instituciones de esta nación.

El gobierno del pueblo —y el ejercicio con el que periódicamente se renueva— es demasiado valioso y sagrado para ponerlo caprichosamente en solfa porque los resultados de unas elecciones (celosamente supervisadas por miembros de los dos grandes partidos actuantes) no hayan sido los que más nos gustaran. La rabieta del Presidente ante su derrota sería simplemente patética, si además no pusiera en peligro la fe que el electorado (particularmente esos más de setenta millones que votamos por él) debe tener en las instituciones y mecanismos que sostienen la sociedad democrática: el modo organizado de vivir en que consiste esa entidad que llamamos Estados Unidos de América y que todos los que vivimos en ella disfrutamos.

No podemos juzgar con ligereza el proyecto deliberado de socavar la confianza que millones de electores han tenido desde siempre en el proceso electoral de este país, ni dejar de salir al paso de consejas, leyendas y fabricaciones maliciosas que cuestionan la honradez de nuestras elecciones porque las mismas no salieran como muchos esperábamos. La propagación de esos rumores infundados debería ser no sólo rebatido desde los medios de prensa, sino punible como actos delictivos de los cuales habría que responder ante los tribunales. La responsabilidad del presidente Trump en la difusión de esta campaña de descrédito, que en este momento intranquiliza a buena parte de la población estadounidense, es equivalente a un acto de traición, por el cual el Presidente y los que colaboran con él en esta descabellada empresa, deberían rendir cuentas a la justicia.

Joe Biden es, ciertamente, un hombre gris y, hasta donde somos capaces de juzgarlo, débil y titubeante, en cuya exaltación se ve acompañado por una activista vociferante que ha ido derivando, cada vez más, hacia posiciones de izquierda, si no de extrema izquierda. Eso es verdad, pero por esta pareja —que no me gusta— han votado 80 millones de personas y su candidatura obtuvo los suficientes votos electorales para que la declararán vencedora. Se impone ahora que la aceptemos como nuestros máximos representantes y la respetemos como los líderes reconocidos de la sociedad donde tenemos la inmensa fortuna de vivir. Estas son las reglas del juego que los ciudadanos de este país a diario alardeamos de respetar. Nos toca ahora vivir a la altura de la doctrina que profesamos.


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