Actualizado: 25/09/2018 8:54
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México, Elecciones, Obrador

¿Cuándo se jodió México? (II)

Segunda y última parte de este trabajo

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Desde temprana fecha en México existe un latente sentimiento comunista, que nunca había acabado de cuajar, porque, aunque existían las ganas y todo el instrumental teórico, faltaban dos cosas: una, la que los tecnólogos llaman Know how (el cómo) y “un líder” (el quién). Hubo un dilatado desfile de personajes poseídos por el ideario comunista, desde los hermanos Flores Magón, Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, Dionisio Encina, Demetrio Vallejo, Lucio Cabañas, José Revueltas, Efraín Huerta, Valentín Campa, Heberto Castillo, Arnoldo Martínez Verdugo… pero ninguno reunió todas las virtudes necesarias, ni su tiempo les favoreció para mostrarlas.

Pero ahora, el progresivo descrédito de la democracia liberal desde la “alternancia”, la crisis de los partidos tradicionales, la ambiciosa ceguera de los políticos, y un entorno internacional propicio para las exaltaciones nacionalistas y nostálgicas del pasado, crearon el caldo de cultivo idóneo para que surgiera, prosperara y finalmente alcanzara el poder, por la vía democrática, como recomienda el Foro de Sao Paulo, una figura perseverante, tozuda y poseída por un acusado sentido de trascendencia, y una enorme y confesa ambición de historia, todo condensado en un apelativo al que insistió se pronunciara siempre completo, con sus dos nombres y dos apellidos, y quien tiene como canción predilecta “El Necio”, del trovador cubano Silvio Rodríguez: es su himno personal.

Hasta hace muy poco tiempo, en el pasaporte de López Obrador sólo aparecían los sellos aduanales cubanos como rastros de sus viajes a la Isla y sus únicos traslados fuera de México. Luego amplió sus horizontes y se internacionalizó. Su primera madrina política fue la escritora cubana Julieta Campos (residente en México desde 1955), esposa del poderoso gobernador Enrique González Pedrero, quien lo impulsó en la vida política de su natal Tabasco como una gran promesa juvenil del PRI regional: era, como se dice en la terminología partidista, un “cuadro”. Luego, el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, persuadido por un cercano colaborador también tabasqueño quien intercedió por él y lo recomendó, y olvidando a Díaz, Madero y Calles, lo aceptó en su equipo cercano donde gestaba el Partido de la Revolución Democrática (PRD), en su casi totalidad, un desprendimiento del PRI, donde se reunieron los disidentes y desafectos. La historia de Díaz, Madero, Calles y Cárdenas (el viejo) se repitió nuevamente: cuando más adelante convino a sus intereses, López traicionó deslealmente a quien había prometido obediencia y gratitud, y lo desplazó sin titubear del liderazgo de la izquierda: en adelante, él sería el único, el Máximo Jefe: insatisfecho con los varios partidos por donde transitó, pues ninguno accedió a rendirle la pleitesía total y absoluta que él necesitaba, finalmente creó su propia franquicia, de reminiscencias religiosas y raciales: el Movimiento de Regeneración Nacional, o MORENA, con tintes guadalupanos y cobrizos. No “partido”, sino “movimiento”, al igual que Mussolini o Perón o, el más cercano, “Movimiento 26 de Julio”. Los partidos son fundamentalmente políticos, pero los movimientos son esencialmente guerrilleros, como el de los Tupamaros.

Siempre, desde antigua fecha, en México existió la inclinación intuitiva pero invencible hacia el ideal comunista, en gran parte como resultado de una injusta política de pésima distribución de la riqueza y de privilegios concentrados en un sector eternamente favorecido, y también fortalecido con la creciente propaganda del credo marxista en el país. Ahora, por fin, después de mucho tiempo de espera y maduración, ya se tenía en México el know how, el cómo, por la cuidadosa acumulación de condiciones propicias largamente trabajadas, y el líder, el quién: Andrés Manuel López Obrador. Sólo se requería el cuándo y ese momento fue, después de dos frustrados intentos anteriores (en 2006 y 2012) la elección de 2018. Más que un marxista del siglo XIX, o un simpatizante del Socialismo del Siglo XXI, López Obrador es —por sus obras lo conoceréis— un Comunista del siglo XXI, que acepta el capitalismo y utiliza el lenguaje democrático, pero previamente pasado por el Foro de Sao Paulo.

López Obrador significa hoy, para él mismo y para los demás, el triunfo de la voluntad, después de la victoria de la fe en su causa redentorista. El cineasta Epigmenio Ibarra es hoy su Leni Riefenstahl, como antes lo fue Luis Mandoki. Ese voluntarismo empecinado ha sido su rasgo más constante y exitoso: durante más de 20 años, de forma expresa, ha buscado la presidencia que hoy finalmente obtuvo con un poco más de la mitad de los votantes. El resto de los ciudadanos no lo quiere, y ni siquiera le concede el beneficio de la duda. La división, el encono y la ceguera de una oposición enfrentada con ella misma, propició en gran parte su triunfo avasallador, junto con una perseverante labor del campeón para recorrer minuciosamente todo el país durante años, haciendo lo que ningún candidato antes que él, en una inocultable campaña de proselitismo sin financiamiento conocido, hasta que alcanzó a forjar un partido a su exacta medida, después de transitar por varios otros, logrando esa franquicia política personal donde hoy es el único que manda y ordena.

Su victoria, innegable, ha sido aceptada por sus adversarios con una inusual tersura y premura en la política mexicana más reciente. Sin embargo, las palabras corteses de la política no han ocultado el malestar detrás de las fórmulas diplomáticas de parabienes, forzados o auténticos, externados por sus opositores derrotados. Por lo ya visto, el voluntarismo sí resulta efectivo para alcanzar el poder, pero no lo es tanto para ejercerlo: llegar a la silla no es lo mismo que llenarla. Encabezar un país no es lo mismo que conducirlo. No lo logró ni el patriarca Moisés, con todo y la ayuda del mismo Yaveh, y entonces airado rompió su báculo a la vista de la Tierra Prometida. Ya terminó la campaña y el agitador consumado deberá asumirse como gobernante prudente, no sólo de quienes votaron por él, sino de todos los mexicanos, simpatizantes o no de su causa y persona.

Ha prometido tanto y tanto se espera de él, que algunos escépticos dudan que pueda cumplir todo lo ofrecido, lo cual quizá haga declinar de inmediato su hoy mayoritaria popularidad, y posiblemente creará tempranas situaciones de difícil solución. Puede que estallen explosiones de sus mismos partidarios insatisfechos, sintiéndose engañados, si no logra satisfacer pronta y suficientemente sus expectativas. Ya no bastará con la crítica ni la promesa: se requerirán realidades, y cuanto antes, mejor. Su control casi absoluto del poder legislativo le impide en un futuro aducir que no pueda llevar adelante sus prometidas medidas populares: tiene todo en las manos para hacerlo en la exacta medida de su voluntad y capricho.

Los desesperados e incautos votantes mexicanos le han otorgado un mandato indiscutible a su nuevo campeón. Espero que no se arrepientan de su generosidad. Falta ahora que resulte un fallido “aprendiz de brujo”. O peor, aquel Golem incontrolable que creó un rabino praguense atemorizado y perseguido, buscando protección divina y remedio a los abusos e injusticias.

Ahora, por así decirlo, estamos en la zona de calma que marca el vértice del huracán, después del primer vendaval electoral, donde se apeló a cualquier medio con tal de ganar, por parte de todos los lados contendientes. Hay un refrán mexicano que parece aplicar ahora: “El prometer no empobrece, el dar es lo que aniquila”. Lo cierto y evidente es que las promesas y compromisos de López Obrador superaron a las de todos los demás, y prendieron profunda y convincentemente en la muchedumbre necesitada o simplemente hastiada. Pero ya terminó la etapa de prometer sin medida, y comienza ahora el doloroso lapso de respaldar con actos y acciones. Ya sabemos qué y cuánto se ofreció, pero ahora nos enteraremos de cómo y con qué se cumplirá.

La heterogeneidad ética e ideológica del equipo que lo rodea, no garantiza ni sugiere siquiera una pluralidad ni una tolerancia perdurables, pues el vencedor es una figura lo suficientemente hegemónica para apartar a cualquiera que ponga en riesgo su proyecto de inscribirse en la historia de esos héroes nacionales “que nos dieron patria y libertad”, como Hidalgo, Morelos, Juárez y Madero. Si hubiera un Monte Rushmore en México, ya se tendría un nuevo rostro para esculpir, porque según él, añadirá a aquellos valores de los padres fundadores “la justicia”. Y él será, además, El Justiciero Ejecutor.

Si las dificultades internas son imprevisibles, las externas resultan terriblemente predecibles: el diálogo que inevitablemente deberá sostener con Donald Trump, más allá de la renegociación del TLC (NAFTA), en la simple relación normal de vecindad entre dos naciones, reclama ya las apuestas en páginas especializadas en juegos y deportes extremos.

Es imposible abarcar en unas pocas líneas un problema tan complejo y un futuro tan incierto como el que enfrenta hoy México, después que “el pueblo habló” con voz sonora, otorgándole no sólo el poder ejecutivo sino también el legislativo al nuevo tlatoani: ni todo un libro completo y macizo podría dar cuenta del reto cercano, siquiera fuera a medias, satisfactoriamente. La mayoría alcanzada es inobjetable, validada por las mismas instituciones electorales democráticas, que antes descalificó y denostó una y otra vez el ahora candidato ganador.

Se ha afirmado ligeramente que con este resultado “ganó la democracia”: no lo creo, pues en realidad, lo que prevaleció fue la mayoría de los votantes que acudieron a las urnas, lo cual no necesariamente es sinónimo. Y en realidad, si vamos más allá y hurgamos en el ánimo de los electores, la gente no votó a favor de sino en contra de. Fue el hartazgo por los políticos y los partidos tradicionales, que han sido remisos en demostrar probidad y eficiencia lo que impulsó un voto de castigo al sistema el cual, paradójicamente se pudo expresar mediante sus propio mecanismos e instituciones, en unos comicios considerados transparentes e impecables (salvo un par de incidentes).

Pero quizá sea ahora el momento, a nivel no sólo mexicano sino mundial, de evaluar un dogma de la legitimidad contemporánea: el intocable voto universal. No es racional ni equitativo que con la fórmula facilona de “un hombre (o una mujer) un voto”, siga aplicándose este sofisma en un mundo cada día más complejo y sofisticado, donde sólo un ciudadano suficientemente preparado, informado y consciente, está capacitado para tomar decisiones responsables y asumir enteramente sus consecuencias. Porque, aunque duela y repugne admitirlo, las mayorías no siempre tienen la razón: Jorge Luis Borges, siempre tan incorrecto políticamente, afirmaba que “la democracia es una exageración de las estadísticas”. Esto lo enunció precisamente en los días cuando Adolfo Hitler alcanzaba un avasallador 98,8 % de aprobación en las Elecciones para el Reichtag de 1936, con un asombroso 99 % de participación ciudadana.

El voto universal debe ser analizado, porque parte de la inequidad de considerar iguales a las personas, entendiendo igualdad por identidad: estas sólo son iguales en derechos, y el voto no debe ser un derecho natural sino adquirido: de igual forma que no se confía a un niño una pistola cargada, tampoco debe concederse a cualquier individuo la capacidad de decidir y afectar con su decisión a todos sus semejantes.

Quizá ya sea el momento histórico mundial indicado para replantear y corregir este vicio que corrompe a las democracias actuales, y no se tata de inventar nada nuevo, sino de regresar a los orígenes de las democracias, cuando para alcanzar el derecho al voto debían cumplirse ciertos requisitos. Las democracias de aquellos padres fundadores no sólo eran más sanas y operativas, sino más realistas que estas que hemos ido deformando paulatina y constantemente. Si se considera que hoy ya es imposible ese regreso a esos orígenes, entonces habrá de asumirse que todo ciudadano, por el hecho de serlo y contar con la edad adecuada, tenga derecho a UN voto igualador; pero también deberá considerarse que ese voto igualitario y natural, digamos congénito, pueda ser incrementado y multiplicado por el cumplimiento de ciertos requerimientos que evalúen y premien el desempeño y el beneficio social del individuo. Esto puede ser recogido en una legislación adecuada, elaborada por especialistas y aprobada por un consejo de notables.

Otro vicio de muchas democracias como la mexicana actual, es el financiamiento público de los partidos políticos. Esto ha resultado un atropello y una injusticia al mismo tiempo, y de muy reciente aplicación, pero no ha brindado buenos resultados, pues lo que debe ser, en principio, un servicio público y comunitario, ha derivado a la larga como un gran negocio que ha beneficiado a personajes y familias. La compra masiva de votos que adopta mil disfraces —“donaciones” de alimentos, materiales de construcción, prebendas y servicios— han viciado de origen a las elecciones actuales. Y esto se ha evidenciado sobre todo con las agendas más populistas, pues resulta más fácil y barato comprar votos de hambreados que intentar lo mismo con las clases medias acomodadas y en los sectores sociales de más altos ingresos.

En el caso mexicano, los abrumadores y contundentes resultados de las elecciones, revelaron, además de todo lo anterior, por una parte, un hastío general por la democracia que incluyó a los partidos y políticos tradicionales, y por otra, un apetito de “cambio a toda costa” que significa un salto al vacío sin paracaídas, sin rumbo definido ni propósito claro, como puede comprobarse en los “postulados” y “lineamientos” del candidato ganador, donde se expresan generalidades y propósitos de buena disposición pero sin cálculo ni razonamiento. Ha sido en este caso el estruendoso triunfo de un espejismo. Y es que muchos pueblos dolidos y frustrados, tal parece que precisamente ahora cuando se cumple el medio siglo de aquellos sucesos que voltearon a París en mayo y luego a Francia, Europa y el mundo en 1968, hubieran rescatado uno de los grafitis más exitosos: “¡Basta de realidades! ¡Queremos promesas!”

Me asombra y hasta conmueve ver hoy a mis buenos amigos mexicanos divididos en sus reacciones ante el suceso: algunos temen, teniendo en cuenta la personalidad del candidato triunfador, su nebuloso programa de gobierno y las historias de vida de muchos de sus “compañeros de viaje”; otros, en cambio, están alborozados y genuinamente ilusionados con “el cambio que viene, ahora sí” … Quizá los cubanos somos más escépticos por nuestra propia experiencia histórica: no éramos ariscos, nos volvieron a palos. En esa alegría esperanzada que exhiben recuerdo la mirada de un niño ya muy lejano en el tiempo, contemplando con ilusión asombrada la entrada por el malecón habanero de unos hombres barbudos vestidos de rudos uniformes color verde oliva. Mucho quisiera equivocarme, pero temo que la historia pueda repetirse.

Sin embargo, todo está por escribirse en esta historia que apenas comienza. Espero no se cumpla aquella recomendación de los antiguos griegos, quienes advertían que los pueblos deben tener mucho cuidado con lo que piden a los dioses, porque a veces se lo pueden conceder para castigarlos.

En estos tiempos tan cercanos el gran volcán vigilante del Anáhuac, amodorrado pero no muerto, el bélico Popocatépetl nevado, ha estado rugiendo insistentemente: decían los antiguos que esos clamores eran “las almas de los tiranos”, que querían escapar de su ardiente seno para invadir la tierra…

Hace casi 50 años, un azorado Zavalita soltó, en la sorprendente novela de un juvenil Mario Vargas Llosa Conversación en la catedral, la pregunta que hoy aplico a esta tierra querida e incomprensible: ¿Cuándo se jodió México?