Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Democracias y sociedades: riflexiones

¿Cómo funciona un determinado proyecto democrático y sus instituciones en sociedades tan fragmentadas y “atrasadas”?

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Se hace necesaria una rIflexión (como diría Zumbado) mayor, una indagación más problematizada, sobre los pros y los contras en torno a democracia representativa o democracia participativa y los contextos donde serían aplicables.

¿Es obligada y única la fórmula democrática-representativa? Más aún, ¿es la fórmula demo-representativa una sola receta? ¿Responden a contextos sociales homogéneos? A estas tres contesto que no y creo que una mayor elaboración teórico-práctica es necesaria. Si admitimos que el desarrollo histórico ha sido y sigue siendo —como se hace evidente— profundamente desigual, la diversidad de sus expresiones políticas e institucionales deben tender a ser diferentes. Una cosa es la democracia en Francia, Alemania, Italia o España y otra en el Reino Unido, EEUU o Japón. El recetario greco-romano-inglés en su versión adaptada en EEUU es una cosa y otra bien diferentes en Francia o Alemania. Una cosa es la democracia facturada en Londres y Washington, donde se aplica la fórmula menos democrática de todos conocida como “the winner-takes-all,” donde el que gana la mayoría simple se apropia de todos los escaños y cualquier hipótesis de proporcionalidad representativa es suprimida por completo (y de aquí la muy poca democracia efectiva de ambos países, donde ninguna tercera o cuarta fuerza política puede abrirse paso).

Otra bien diferente es la proporcionalidad francesa y de otros esquemas parlamentarios, donde hasta las minorías puedan ocupar sus espacios en todos los esquemas legislativos y donde un gobierno pierde popularidad y tiene que irse, en tanto que en Washington una pérdida sensible de apoyo popular palpable en decenas o cientos de encuestas, no desalojan a una muy impopular administración, llámese W. Bush u Obama, del gobierno mediante votación parlamentaria o congresional.

En el siglo XIX, los sistemas de democracia occidentales se acomodaban a sus propias transformaciones. Empezaron siendo democracias de “propiedad” entre ingleses y norteamericanos, donde ni pobres, ni mujeres, ni negros contaban para el ejercicio de la democracia y se demoraron más de 150 años para perfeccionar estos “pequeños detalles.”

Un ejemplo interesante: la Alemania imperial bajo Bismarck, y sus condiciones internas, incluida una poderosa socialdemocracia, se dio un ordenamiento más democrático y representativo que los ingleses y los norteamericanos.

¿Y mientras, los países del “Sur” qué éramos? Colonias, semi-colonias o neocolonias, con sociedades cuyas transiciones sociales andaban quinientos, mil o más años detrás de las de la Europa más avanzada (no Rusia, Europa del Este, Balcanes y áreas mediterráneas), situación que sigue arrastrándose hasta hoy. Siete siglos atrás esa “Europa avanzada” estaría fragmentada en feudos, localismos, grupos étnicos diversos y masacrándose por motivos religiosos por más de 130 años, quemando gente, etc., lo que puede hoy estar pasando en el Medio Oriente, Norte de África y otras latitudes. La Carta Magna se firmó en Inglaterra en 1215; seis siglos más tarde, en pleno siglo XIX, el caos reinaba en América Latina entre federalistas y centralistas, sin configuraciones clasistas claras ni estables, con sus reflejos directos en sus marcos institucionales. Y en medio de tanta “inmadurez histórica” y fragilidad institucional/constitucional “lo más normal” era que afloraran una y otra vez los dictadores, los supremos, los hombres providenciales o caudillos, términos que hoy usamos peyorativamente para degradar lo mismo a un Chávez, un Perón/Evita, un Nasser que a un Fidel, Francia o Rosas, u otros tantos; faltando en esto el examen de los correspondientes contextos históricos para satisfacer un determinado objetivo político —mediáticamente “cocinado”— de los que en este mundo de hoy califican o descalifican a escala planetaria todo lo humano y lo divino. Se me ocurre que siguiendo esto de hombres providenciales o caudillos, ¿por qué no se lo aplicamos a Enrique VIII, Enrique IV o al propio Bismarck en sus correspondientes contextos y épocas?

Más todavía: en el siglo XIX las influencias en nuestro continente se debatían entre los modelos que buscaban copiar de norteamericanos, franceses o británicos, intentando fabricar esquemas constitucionales, instituciones y partidos políticos mal copiados y poco funcionales al contexto donde se les quería imponer. Y algo parecido ocurriría más tarde con radicales, anarquistas, socialdemócratas y comunistas.

Con la descolonización de Asia y África vino la “herencia” forzada de los esquemas constitucionales de las exmetrópolis, desde Japón hasta Iraq o Siria con sus balcanizaciones no sólo territoriales, sino étnicas, religiosas y de intereses comunalistas, que hoy y mañana seguiremos pagando.

Aquí en Miami se llega a celebrar la constitución cubana de 1901 —con enmienda Platt y todo— facturada en su 99 % siguiendo el modelo del interventor. ¿Qué porciento de la población cubana tuvo derecho a votar? Una marcada minoría. ¡Es para morirse de vergüenza!

¿Cómo funciona un determinado proyecto democrático y sus instituciones en sociedades tan fragmentadas y “atrasadas”? Imponiéndoles esquemas constitucionales e institucionales comprados en Walmart? ¿Recitando retazos de Jefferson o Madison? Porque lo cierto hoy es que —como resultado de su primacía global— la democracia es, por antonomasia y gracias al absolutismo mediático, el sistema bipartidista, presidencialista y “winner-take-all” y cero de voto popular que existe en EEUU y que, si se comprueba en cualquier libro de Cívica, ha dado origen a los más elevados índices de “apatía” cívica del supuesto ejercicio electoral en este país. Curioso es que millones de ciudadanos de EEUU vienen rechazando desde hace años el sistema del Colegio Electoral (Electoral College) en favor de la primacía del voto popular directo y sus representantes electos persisten en ignorar semejante reclamos.

No sé cómo pudiera estructurarse y funcionar un sistema democrático socialmente participativo y no representativo, y mucho menos al estilo de EEUU y que en lugar de partidos se hicieran representar sectores sociales. Tal vez especulo inútilmente o se me sale la veta anarquista, pero hay que seguir buscando y pensando para alcanzar un mejor sistema de ejercicio de la democracia de todos, sin monopolios absolutos de nadie.

A veces he pensado en una asamblea nacional, sin dedazos ni “gallos tapados”, y con una representación de sectores sociales en lugar de partidos/maquinarias electorales. ¿Sería posible, funcionaría, eficaz y sin partidos? No sé, pero preferiría tratar esto, con fuerza y dedicación antes de partidos, mono o bipartidismo, La Chambelona y todo lo demás. Lo viví muy de cerca allá y lo he vuelto a vivir acá, y me pasaría cien años argumentando en su contra.

¿Qué más decir? Si la soberanía se origina y dimana del pueblo y sus representantes, supuestamente, deben representar a éste, nada más lógico que representantes y senadores respondan a los abrumadores porcientos que se pronuncian contra las aventuras bélicas, por los derechos para todos por igual, a favor de presupuestos balanceados, reducción de los gastos militares o en contra del embargo a Cuba y el derecho conculcado de viajar a Cuba, y otros muchos puntos. Sin embargo, representantes y senadores, sordos, ciegos y mudos a tales reclamos que las encuestas nos recuerdan a diario, siguen representando a otros intereses, de conocidas corporaciones y maquinarias, y no del ciudadano común. Así funciona, en realidad, la supuesta representatividad de los funcionarios electos y el costo de ello es la creciente apatía cívica —repito, consignada en los libros de Cívica de 7mo grado de este país— en esta democracia “par excellence.”

Habría que convocar un “congreso de actualización” mediante caracoles o espíritus, oraciones o promesas a pagar, a John Locke, Adam Smith, Juan Jacobo Rosseau y a Montesquieu (y no tanto a sus ecos apagados de las 13 Colonias como Jefferson o Madison), a Marx y León III, Weber y Gramsci, “les autres”...y también a los nuestros, a José Martí, a José Carlos Mariátegui, a José Ingenieros, en fin, a algunas de nuestras raíces. Hay que seguir “dándole taller” a estos temas para ponerle fin a nuestros mimetismos e imitaciones estériles.


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