Actualizado: 13/12/2017 9:30
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EEUU, Congreso, Trump

Donald Trump, el espejismo populista

Ni Trump es un prisionero de su partido ni la organización se ha transformado a consecuencias de su elección

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No ha dejado de ser una pesadilla para quienes no nos acostumbramos a su victoria. Tampoco ha perdido adictos entre sus seguidores más fieles. Ordenes presidenciales, mítines, agravios, intrigas, chismes: el fenómeno Trump ocupa a diario las páginas de los periódicos y las pantallas de los televisores; impera en las redes sociales, reina en internet. Pero si nos detenemos en los logros de sus cortos meses de presidencia, en los resultados hasta ahora de su mandato, poco puede atribuírsele. No se trata, simplemente, de ejercer la crítica a sus posturas ni de rechazar sus planteamientos. No es manifestar acuerdo o desacuerdo aquí, sino hacer una pregunta: ¿qué tan efectivo está resultando como presidente Donald Trump?

Solo que la pregunta no admite una respuesta simple, porque lo realmente importante es señalar que aquello que, a falta de un nombre mejor, podríamos caracterizar como la “época de Trump” está —de forma lenta pero constante— transformando la sociedad estadounidense e incluso el panorama mundial.

Cuando se llega a esa conclusión, uno se da cuenta que hay otra pregunta aún más importante, pero a la que se alude poco en la “prensa del establecimiento” y menos aún dentro del Partido Demócrata: por qué detenerse una y otra vez en la calamidad que —para muchos de nosotros— significó el resultado de la votación electoral que llevó a Trump a la presidencia, y no analizar las causas que hicieron que el Partido Republicano lograra ampliar su poder legislativo, con logros sustanciales en ambas cámaras. Así como el hecho de que ambas victorias —ejecutiva y legislativa— han conseguido, y consolidarán y harán crecer sustancialmente en los próximos meses y años, un dominio casi absoluto sobre el poder judicial.

Todo ello obliga a la conclusión de que esta “época de Trump”, en su corto tiempo de existencia, actualmente tiene asegurada no solo una influencia sino un poder singular, cuyos efectos ya son capaces, en tan breve espacio de tiempo, de transformar de forma extraordinaria al país en que los estadounidenses vivirán en los próximos años.

Si bien la efectividad presidencial de Trump, como gobernante, es relativamente poca en su mandato —y ello responde en gran parte a que ha sido más destructiva (sobre el legado de Obama), que constructiva (sobre su propio plan de gobierno)—, en cambio está resultando traumatizante, no solo emocionalmente para sus detractores —que es al final lo que impera en la prensa y los lectores, cada vez menos— sino para Estados Unidos y el resto del mundo. Trump cuenta más por lo que permite hacer que por lo que hace.

Esta conclusión, por otra parte, arroja dudas sobre ese empecinamiento —de dicha prensa y los círculos demócratas— en promover un hasta ahora menos que improbable enjuiciamiento político al Presidente o impeachment.

Sobre todo porque la definición sobre esa supuesta coalición entre la campaña electoral de Trump y la cúpula del Kremlin tendía que ser tan abrumadora, en términos legales, que no dejara resquicios a la defensa política de un Partido Republicano que hasta ahora se muestra tan solidario con él. De ahí la importancia de analizar ese paso, del rechazo y el temor a la complacencia, que se ha establecido dentro de la cúpula del republicanismo.

Lo curioso de este efecto es que —en buena medida y en lo que respecta a resultados— se fundamenta no en la agenda de campaña de Trump y en lo que prometió, sino en lo que está permitiendo a los republicanos, que un tiempo temieron que el aspirante presidencial terminaría por destruir al partido bajo cuya bandera se presentó a las elecciones.

En estos momentos, ni Trump es un prisionero de su partido ni la organización se ha transformado a consecuencias de su elección. Lo que ha ocurrido es una especie de simbiosis, donde cada cual permite al otro beneficiarse sin interferirse mutuamente. Los escándalos casi a diario del mandatario tienen un papel de distracción cuya clave resulta ambivalente: no son tan dañinos como para impedir la marcha de un proyecto —pese a las tímidas quejas de algunos legisladores republicanos— y al mismo tiempo esa función de “distracción” actúa en dos vías opuestas, tanto en cierta dilatación de ciertos programas desde la Casa Blanca como en concentrar la atención del público y especialmente los medios de prensa en cuestiones que, en última instancia, no preocupan sustancialmente a su base de electores.

Claro que el factor fundamental aquí se resume en la variable tiempo. Los legisladores republicanos, y en especial quienes están al frente de ambas cámaras, están funcionando con objetivos a cumplir no en el plazo de los cuatro años de la presidencia sino simplemente de dos, hasta las próximas elecciones legislativas. De ahí su premura.

Saben que ciertos aspectos a su favor —la situación económica heredada de la pasada administración—, como otros creados en buena medida tras el triunfo republicano —la burbuja bursátil que terminará estallando—, pueden revertirse en un plazo relativamente corto, así como las consecuencias de sus propias políticas —la destrucción del Obamacare—, e influir en contra de ellos en las urnas en 2018. Pero al mismo tiempo, confían en que la transformación económica y social sea tan profunda, y las posibilidades de adquirir mayor político en los estados tan sólidas, como para lograr mantener su dominio.

Más allá del sonido y la furia, lo que han demostrado los primeros meses de la presidencia de Trump puede resumirse en dos elementos fundamentales.

El primero es que, pese a su retórica, el mandatario no se comporta como el caudillo que muchos temimos, en lo que se refiere a imponer su agenda política anunciada. Esta afirmación puede provocar argumentos en contra cuando se destacan declaraciones y gestos, pero si se analizan los pasos concretos dados por la administración, no se puede negar que Trump no solo “escucha” y se deja “asesorar” —al contrario de lo que se le sigue criticando en buena parte de esa prensa— sino que es capaz de delegar funciones en aspecto vitales dentro de la conducción del país.

Así la guerra en Afganistán ha quedado en manos por completo de las decisiones del alto mando militar —al contrario de lo ocurrido durante el Gobierno de Obama—; la CIA tiene luz verde para su labor en lo que respecta a Irán; el proyecto de sustitución de la reforma de salud es fundamentalmente creación de la dirección legislativa republicana, y en particular del presidente de la Cámara de Representantes, Paul Ryan, ya que la propuesta senatorial lo que busca es una compaginación con el mismo —la declaración de Trump de que es un plan “mezquino” es hasta el momento más hipocresía que oposición—, y lo que apunta hacia que el resultado final será lo que los republicanos venían añorando desde hace años; la reforma fiscal se encamina a transitar por iguales caminos y el cacareado plan de creación de infraestructura parece haberse reducido no a un plan gubernamental sino a un proyecto empresarial en manos de capital privado.

Todo ello nos lleva al segundo elemento. Y es que, en buena medida Trump ha abandonado la agenda populista que contribuyó a su victoria y lo distanció de otros oponentes republicanos en la lucha por la nominación presidencial —Rubio, Cruz, Bush, Christie, Carson— en cuanto a seguro de salud para todos, no a los recortes del Medicaid y a sus ataques a Wall Street.

Por supuesto que otra parte de su agenda populista, la más verbal —embestida contra la inmigración mexicana, “islamofobia”, exaltación machista— se mantiene en pie.

Trump utilizó el populismo como carta de triunfo —acorde a las circunstancias nacionales e internacionales— en la carrera electoral, pero no es su razón de ser, al estilo de tantos gobernantes latinoamericanos y algunos europeos. O las circunstancias no le han permitido desarrollarlo, y su acomodación característica lo han llevado a adaptarse al momento.

Se debe enfatizar que más que de cambios fundamentales en el proceder de Trump, lo que vale destacar es esa especie de adaptación a las circunstancias —y añadir que no deja de responder a su “flexibilidad” pregonada por él mismo— pero las cuales evidencian que, al final, el gran ganador de lo ocurrido el 8 de noviembre de 2016 en Estados Unidos fue, más que ese mandatario que algunos aún alaban y otros criticamos a diario, el grupo político que a partir de 1960 trató de apoderarse del Partido Republicano y que décadas después lo ha logrado a plenitud.


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