Actualizado: 16/10/2018 10:01
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Nueva York, Ingenio, Azúcar

Dulzor siniestro

La American Sugar Refinery Company fue una de las 12 firmas originales que integraron el Dow Jones, y una refinería en Brooklyn estuvo activa hasta 2004

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Quizá esto resulte decepcionante para más de un cubano: la mayor refinería azucarera del mundo no se encontraba en la Isla sino en Brooklyn, en Williamsburg, Nueva York, para ser exactos.

Confieso que, por mi parte, jamás se me habría ocurrido. Es casi para sentirse traicionado. Pensar que a última hora Woody Allen suprimió una secuencia a Radio Days ya que se sentía avergonzado. Se dedica a contemplar y lamentarse de la montaña rusa del Coney Island; mira hacia el mar y cree descubrir el periscopio de un submarino nazi y deja pasar la gran oportunidad de coincidir en algo con nosotros los cubanos, de formar parte de ese otro dulce abismo, el verdadero.

Y no se trata de una fábrica perdida en medio del monte ni a unas cuantas millas de un pueblo polvoriento. Domino Sugar Factory ha sido una de las edificaciones más emblemáticas de la línea costera de Brooklyn durante más de un siglo. El letrero amarillo con el nombre —de 40 pies de alto— aún se puede leer desde Manhattan, y estuvo en funcionamiento hasta 2004.

(En la actualidad la firma Domino pertenece a Fanjul Corp., el conglomerado de los hermanos Fanjul, nacidos en Cuba: Alfonso “Alfy” Fanjul, José “Pepe” Fanjul, Alexander Fanjul y Andrés Fanjul).

El dulce Norte

Cuando en 1776 las trece colonias se independizan de Gran Bretaña, ya en Nueva York existían numerosos centrales azucareros, que se encontraban en manos de empresarios y familias de la localidad.

Por entonces los hermanos William y Frederick Havemeyer, inmigrantes ingleses, establecieron su negocio azucarero en la ciudad, que era uno de los centros principales de refinamiento y producción de azúcar de Norteamérica.

En 1856 se construyeron las edificaciones originales de lo que con los años sería la Domino Sugar Factory. Para 1870 ya estaban procesando la mitad del azúcar que se consumía en Estados Unidos.

El negocio resultó tan exitoso que en mayo de 1896, la American Sugar Refinery Company —como se llamó originalmente lo que luego sería la Domino Sugar Factory— se convirtió en una de las 12 firmas originales que integraron el Promedio Industrial Dow Jones.

Desde todas las regiones del mundo, los barcos traían el azúcar para ser refinada en Brooklyn,

Conociendo esto no es difícil comprender que Wall Street se opusiera a que EEUU le declarara la guerra a España e interviniera en Cuba. El temor local frente al aumento de una posible competencia inmediata. Desde el inicio de las hostilidades en la Isla, el apoyo a los insurrectos cubanos vino del sur, principalmente de Luisiana. No por casualidad fueron los estados esclavistas sureños quienes primero estuvieron en favor de la causa anexionista. Al hablar del “Norte revuelto y brutal”, más bien había que mirar al sur. Pero por lo general una frase hecha tiene más larga vida que la verdad. “When the legend becomes fact, print the legend”. Y cuando no también.

Refinando azúcar en este siglo

Luego de protagonizar una de las huelgas más largas en la historia de Nueva York —que comenzó en 2000 y se extendió durante 20 meses, en que 250 trabajadores protestaron por los bajos salarios y las condiciones laborales—, la Domino Sugar Factory cerró sus puertas en 2004 —lo que dejó sin trabajo a 225 empleados— tras haber estado produciendo azúcar refino durante 148 años. La fecha es lo bastante cercana como para actualizar criterios y modificar ideas.

Del conjunto de edificaciones, tres fueron declaradas monumentos históricos en 2007, entre ellos el exterior del edificio central de la refinería, que ahora será convertido en un sitio de oficinas. Un plan para urbanizar la zona recibió el apoyo del Concejo de la Ciudad de Nueva York en 2010.

Pocos meses atrás la revista The New Yorker publicó una fotos de la Domino Sugar Factory, tomadas en 2012 por David Allee, que tuvo acceso a los 27.432 metros cuadrados del complejo Domino.

Allee fotografió el lugar durante más de un año. Dice que aunque las imágenes no pueden dar el olor del sitio —”a natilla catalana mezclado con moho y podredumbre”— espera comunicar algo de su complicada historia.

“Está la prueba obvia y el residuo físico del proceso desordenado, caótico y aparentemente violento del refinamiento de azúcar”, según le contó a Jessie Wender en The New Yorker.

Dentro de esos espacios cerrados —propios de una prisión— había también “un sentido visceral de que el trabajo que se llevaba a cabo allí constituía una tortura” y “al mismo tiempo todo estaba literalmente cubierto de azúcar”.

Para alguien que de niño conoció el olor característico de un central azucarero por dentro y por fuera, esta descripción no solo es precisa sino también, en el recuerdo, algo escalofriante.


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