Actualizado: 23/07/2019 15:01
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Egipto

Egipto: la segunda fase de la revolución

La Junta Militar egipcia se encuentra cada vez más sola, después de que el Gobierno en pleno anunciase el lunes 21 de noviembre que ha presentado su dimisión a la cúpula castrense

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Nuevamente en El Cairo las multitudes agrupadas en la plaza Tahrir piden la caída del Gobierno. A primera vista pareciera que a través de las pantallas estuviera reeditándose la historia de los movimientos democráticos que pusieron fin a la dictadura de Mubarak en Febrero de 2011. Pero, después de una segunda vista, comenzamos a ver algunas diferencias. Por ejemplo, no todos los manifestantes son jóvenes. Las mujeres aparecen ocultas debajo de negras túnicas. La palabra que más se escucha no es “libertad” (“Huriyya”) sino Alah. Hay, además, mucha violencia en las calles. Y odio en los rostros de los participantes, casi todos, gente muy pobre.

Las revoluciones que están teniendo lugar en el mundo árabe no poseen, definitivamente, un carácter social ni político claramente definido. En la práctica ellas se sustentan sobre lo que en otro artículo hemos llamado “los cuatro pilares de la revolución”. Esos pilares son:

  • Sectores medios, cultural y políticamente orientados hacia Occidente, cuya forma inicial de expresión han sido, y en parte todavía son, los movimientos estudiantiles
  • Los militares que desertaron de los regímenes dictatoriales
  • Las cofradías islámicas
  • Las masas suburbana

La caída de la dictadura ejercida por Hosni Mubarak resultó, al igual que en las revueltas tunecinas, de una dinámica en la cual se conjugaron diversos actores que terminaron por agrietar el bloque dominante en el poder. El detonante de la revolución fue —como ha sido el caso en otros países musulmanes— el movimiento estudiantil, cuya romántica expresión ha sido cubierta por los corresponsales de Occidente bajo el título de “primavera árabe”, tan similar en las formas a las revueltas que pusieron fin a las dictaduras comunistas de Europa del Este.

El hecho de que en diversos países occidentales surgieran, casi de modo paralelo al estallido de las insurrecciones árabes, movimientos como el de los “indignados”, los que desde España continuaron en Grecia, siguiendo a través de Israel y Estados Unidos hasta presentarse en rincones olvidados del mundo como el Chile de los estudiantes, hizo pensar a muchos comentaristas que nos encontrábamos en vísperas de una revolución democrática de connotaciones globales.

Sin embargo, los acontecimientos que hoy tienen lugar en Egipto han enfriado los ánimos. A la euforia inicial ha seguido, como suele ocurrir, una caída en los más depresivos umbrales del pesimismo. No obstante, si hacemos uso de ese mínimo de frialdad que requiere un análisis político podemos concluir que, así como no había ningún motivo sólido para la euforia inicial, tampoco existe uno para la depresión mental. La lógica, ese fruto preciado del cerebro humano, anda dando vueltas por el medio y no por las puntas de la razón.

Cabe recordar que el Gobierno de Mubarak era esencialmente militar. Las cofradías islámicas, a su vez, formaban parte tácita aunque no explícita del poder establecido. De hecho, habían asegurado enormes espacios en las escuelas, universidades, reparticiones públicas y organismos de caridad. Esa alianza tácita mantenida con Mubarak explica por qué solo de un modo vacilante las hermandades ingresaron a la insurrección popular desatada por los estudiantes. La verdad es que solo entraron a la lucha cuando captaron que al movimiento anti dictatorial se habían sumado pauperizadas masas suburbanas y que el ejército comenzaba a resquebrajarse por los cuatro costados.

En el marco del cuadro descrito, el cometido asignado al gobierno post- Mubarak no podía ser otro sino resguardar la paz en un periodo de transición destinado a crear las condiciones institucionales para la formación de un gobierno civil surgido de la contienda electoral. Lo que sorprendió fue que muy pronto comenzó a surgir entre los nuevos generales un proyecto destinado a restablecer una dictadura como la de Mubarak, pero sin Mubarak. En fin, en los cuarteles, como suele suceder, está siendo fraguada una contrarrevolución destinada a perpetuar a los militares en el poder. Sin embargo, la junta militar presidida por Husen Tantaui no parece haber medido muy bien sus pasos.

Como ya ha sido dicho, el régimen de Mubarak reposaba sobre una alianza tácita dentro de la cual las cofradías islámicas tenían un espacio asignado, aunque subalterno. Hoy, en cambio, la correlación de fuerzas ha sido radicalmente modificada. Por lo pronto, las cofradías han advertido que desde el punto de vista político constituyen la fuerza mayoritaria de la nación. De tal modo que si regresan a participar en el poder, lo harán bajo la condición de que el ejército sea subordinado al poder religioso, invirtiéndose así los términos que prevalecieron desde Nasser hasta Mubarak. En otras palabras, aquellos que intentan imponer los “hermanos musulmanes” es una “república islámica” y lo más probablemente es que lo lograrán, no mediante una insurrección popular pero sí mediante elecciones. Pero para que esas elecciones tengan lugar, será preciso derribar, o por lo menos neutralizar. a la Junta Militar. Esta es, por lo tanto, la segunda fase de la revolución.

Por si fuera poco, el movimiento popular democrático que dio origen a la revolución ya no es la vanguardia de la insurrección. Ella es ejercida, casi sin contrapeso por las cofradías. Por cierto, lo que menos desean los sectores esclarecidos de Egipto es que “los barbudos” —como ellos llaman a los “hermanos musulmanes”— ejerzan directamente el poder político. Pero tampoco quieren apoyar a los militares, por muy laicos que sean, y embarcarse así en un sucio proyecto destinado a restablecer a la antigua estructura de poder que regía durante Mubarak. Eso sería igual a traicionarse a sí mismos. De tal modo que por el momento no les queda otra alternativa que sumarse a la segunda insurrección la que ya es una insurrección popular e islámica.

Pero antes de poner el grito en el cielo, cabe considerar algunos factores.

El primero, y es muy importante, es que las cofradías islámicas no actúan de modo directo en la política sino a través de un partido civil llamado “La Libertad y la Justicia”. Eso significa que el movimiento religioso ha aceptado cierta formal politización en el marco de una pluralidad política partidaria.

Por otro lado, y este es un segundo factor, gran parte de las cofradías islámicas, en su mayoría sunitas, mantienen estrecho contacto con las de Arabia Saudita, país que no es por cierto un modelo de democracia, pero que, aunque sólo sea por razones económicas, no mantiene una actitud beligerante ni contra EEUU ni contra Europa. Si además agregamos el alto grado de modernización cultural alcanzado por los sectores medios de Egipto, lo más probable es que en el caso de que surja mediante vía electoral un gobierno islámico, esté será mucho más parecido al de Turquía que al de Irán.

Un tercer factor, y quizás el más importante, es que las cofradías islámicas no constituyen un todo homogéneo. Por cierto, hay las que exigen la instauración de un totalitarismo islámico. Mas, tampoco es posible desconocer que existe en Egipto un Islam políticamente moderado dispuesto a ser interlocutor con gobiernos occidentales. En suma, las contradicciones no sólo no están resueltas ni entre las cofradías con respecto al ejército, ni tampoco al interior de las propias cofradías. La segunda fase, la que estamos observando, será sólo una entre varias.

En cualquier caso, de una idea tenemos que despedirnos. Esa es la idea radicalmente eurocentrista de que la historia de los países musulmanes ha de recorrer los mismos caminos que los de las naciones occidentales. Eso quiere decir simplemente que no cabe, bajo ningún motivo, abrigar la esperanza de que en Egipto, o en cualquier país musulmán, surja algo parecido a una secularización como ocurrió en Europa.

No hay que olvidar nunca que en Occidente la división entre el poder religioso con respecto al civil surgió de las insuficiencias del primero para hacerse cargo de la potestad civil. Ese no es el caso de los países islámicos. En ellos la religión ha sido, es, y por mucho tiempo será, inseparable de la vida política. Tampoco existe en el mal llamado Cercano Oriente el menor indicio relativo a que alguna vez surgirá un movimiento de reforma parecido al que levantaron las sectas protestantes en contra de la Roma papal. El Martín Lutero del Islam no ha nacido y seguramente nunca nacerá.

En fin, tenemos que llegar al convencimiento de que a los pueblos y países hay que aceptarlos como ellos son y no como quisiéramos que fueran. Si los gobernantes occidentales y árabes logran interiorizar ese principio elemental, ahorrarán —no solo— municiones.



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