Actualizado: 23/07/2019 15:01
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EEUU, Política, Trump

El acoso

Para los fustigadores no hay nada que Donald Trump hizo, haga o hará que esté bien

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La amenaza es el arma del amenazado.
Leonardo Da Vinci

Cuando me preguntan mi opinión sobre el presidente Donald Trump, y después de un intento fallido por ser políticamente correcto, acepto el reto con la siguiente paradoja: si el presidente Barack Obama me invitara a tomarme una cerveza en la esquina, iría con gusto. Somos de la misma generación, es un hombre culto, y ha construido una bella familia; nadie, 50 años atrás en Hawái, hubiera apostado un céntimo por él. Sin embargo, a pesar de que tuvo éxitos en política interior, sus intervenciones —o moratorias y desaciertos— en el exterior fueron, cuando menos, peligrosas. Para hacer un balance serio, honesto de su mandato, todavía tendrán que pasar muchos años. Pero sería una conversación relajada, humo de habanos por medio.

Si el presidente Trump me invitara a un trago —no sería en una esquina—, tendría mucho cuidado de aceptar. En primer lugar, porque el hombre no bebe, y esa invitación se me haría sospechosa. En segundo lugar, porque según cuentan quienes le conocen, te “lleva carta” todo el tiempo y nada se le olvida. Desde que Donald nació —y como nació— cualquiera hubiera apostado todo su capital por el hijo de Fred Trump.

A mitad de su gobierno, es un hecho irrebatible que la economía crece, y las estadísticas señalan que las minorías pocas veces han estado mejor en salarios y empleos. En política exterior, los regímenes dictatoriales sienten que Estados Unidos han recuperado su papel hegemónico en el mundo —lo cual no es un delito. Para un balance de su hacer solo habrá que esperar unos meses: si es relegido por el pueblo o no.

Aquí nos encontramos con la clásica disquisición entre el ser y el hacer. Cuanto del ser persona influye en el hacer público y viceversa. Esa ruptura entre el ser y el hacer, aunque pudiera ser infrecuente en las grandes masas, no lo es entre los líderes políticos. Sobran los ejemplos de tristemente célebres asesinos y dictadores que en el ámbito privado se comportan con amabilidad, son simpáticos y sensibles, y al mismo tiempo son capaces de ordenar una masacre sin perder el sueño ni la sonrisa.

A la altura de la mitad del periodo presidencial de Donald Trump, hay algo que comienza a preocupar. Más que “resistencia antitrompista”, válida en una democracia, estamos llegando al más puro y detestable acoso contra el presidente de Estados Unidos. La no esperada victoria del candidato republicano en las primarias y su todavía más sorprendente triunfo sobre la experimentada Hilary Clinton fue un macetazo en la cabeza del establishment político norteamericano. La única explicación plausible para los opositores —o inconscientemente deslizadora de culpas— fue la colusión del magnate y su campana con los rusos.

Supongamos que todo eso haya sido cierto. Que Mueller pueda probar, con evidencias y si duda razonable, que los rusos pusieron al presidente de Estados Unidos y no fue el pueblo norteamericano mediante su voto en los colegios electorales. ¿Eso qué tiene que ver con la vida privada del hombre? ¿Y con su hijo, de quien la prensa se ha burlado? ¿Y con su esposa, criticada hasta por una chaqueta usada por una noble causa? Si la presidencia norteamericana se debiera a moralidades este país no hubiera tenido 45 mandatarios.

El odio, el rechazo ciego hacia la persona que es Donald Trump, y la confusión sobre su hacer como presidente, ha resultado que periodistas y políticos respetables se hagan cada día menos creíbles, rechazados por quienes supuestamente los defienden de un mandatario autoritario, racista, “fascista”. En su repulsa al multimillonario, un poco ridículo con su peinado, su mobiliario de oro y excesos decorativos, no pueden ver al presidente que, equivocado o no, ha cumplido hasta ahora todas las promesas hechas durante su carrera a la Casa Blanca.

Para los fustigadores no hay nada que Donald Trump hizo, haga o hará que esté bien. Si viaja al otro lado del mundo para lidiar con un conflicto universal, aquí reúnen al Congreso para oír los chismes de un hombre condenado por mentir bajo juramento. Si demora horas para ver los estragos de un ciclón o un tornado, no es por precaución, porque hay que cuidar al presidente, sino porque al millonario no le interesa la vida de los pobres. Si algunos trabajadores fueron contratados ilegalmente en uno de los cientos de hoteles y campos de golf que el individuo tiene en el mundo, él debía saber nombre y apellido, lugar de procedencia e ilegalidad de los miles de “sin-papeles” que trabajan en sus instalaciones.

Es justo y necesario, como dice el credo, criticar al presidente. Pero cuando hemos sido testigos por dos años de un verdadero acoso, no solo contra el hacer sino con el ser del individuo, no tenemos otra opción que pedir basta, respeten la voluntad de la mitad de la gente. En este país todo el mundo conocía al Donald Trump marañero, conquistador de mujeres bellas, administrador inmisericorde de un imperio inmobiliario, estrella de reality show. Casi nadie, incluyendo a la mayoría de los republicanos, hubiera siquiera soñado a Trump como candidato; durante las primarias, su lenguaje y maneras recordaban al más virulento bandido del Medio Oeste.

Lo peor de todo es que el Partido Demócrata, y hasta hace bien poco, ha hecho del anti-trompismo su único programa político. Ese odio ciego ha llevado a algunos congresistas a la proposición suicida de eliminar a la agencia policial del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), y a cerrar los albergues para niños sin acompañantes —una idea hecha realidad en tiempos del presidente Obama—, sin saber qué hacer con aquellos pequeños que son dejados en la frontera por sus propios padres, o entrados por coyotes. Esas y otras “criticas” son propuestas francamente antinorteamericanas.

Al ocuparse de Trump y nada más de Trump, avezados demócratas han lanzado la también suicida iniciativa llamada “Green New Deal”. Como sucede generalmente con los partidos verdes, una corriente de pensamiento extremista más proclive al izquierdismo radical, buscan el poder político a través de una lucha contra cierto pero discutible calentamiento global y cambio climático. Por el desgaste y la no propuesta demócrata, y seguir insistiendo en lavar sus culpas a través de la “trama rusa” y la vida privada de Trump, la mayoría del “Partido del Burro” se ha quedado sin discurso; otros han tomado su lugar, y hablan con desparpajo de socialismo en el país del individualismo y el mercado —ojo: es su derecho.

En la novela El Acoso, Alejo Carpentier (1956) narra la vida de un hombre que perseguido por sus camaradas se esconde en un teatro mientras tocan la Sinfonía “Heroica” de Beethoven —¡vaya contradicción! Durante 46 minutos, el breve tiempo en que transcurre la obra, el personaje se nos rebela como ha pasado desde ser un luchador contra la tiranía a ser el soplón que huye del ajusticiamiento por sus compañeros. Justamente aquí se trata de eso: como siempre “lleva carta” y nada se le olvida, debemos prever que en cualquier momento dejará Trump de ser el acosado para convertirse en el acosador; de ser o hacerse la victima a ser el victimario de sus muchos enemigos.


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