Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Trump, EEUU, Exilio

El aliado extraño

Los cubanos que siguen a Donald Trump son parte de un problema, y además un enigma a resolver, afirma a su vez el autor de este trabajo

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Este señor tenía puños como mazas. Corpulento además, con la fortaleza del campesino, no del fisiculturista, lo que lo hacía temible.

Era todavía un hombre joven la mañana en que llegó a abrir, como todos los días, el bar cafetería que junto con sus hermanos había construido desde los cimientos en una esquina habanera; ese día encontró en la puerta de su propiedad a dos hombres vestidos de milicianos que no le permitían la entrada.

“¡Qué no puede entrar, compañero!”, vociferó un tercer miliciano desde atrás del mostrador donde hacía un inventario de las existencias, al ver como el hombre había apartado de un empellón a los dos alfeñiques que en vano intentaron retenerlo; “¡Este bar ha sido intervenido por la Revolución!”, añadió, en un chillido postrero.

El hombre se acercó con pasos firmes al macizo mostrador, los ojos fijos en el hombrecillo y, sin proferir palabra, se abalanzó y le lanzó un puñetazo de muerte. Se había necesitado, años atrás, el esfuerzo de cinco hombres para armar y colocar en su lugar la enorme pieza de caoba que constituía el mostrador. El empellón del hombre fue tal que hizo que la mole de madera y metal, con un bronco bramido, se desplazara medio metro, pero no fue suficiente para poder romper el rostro demudado al miliciano, que logró escabullirse y salir huyendo del lugar junto con sus compañeros de decomiso.

Muchos años más tarde, ya retirado de trabajos infames, y asediado por el Mal de Parkinson, las manos temblorosas del hombre todavía se cerraban en puños de furia cada vez que aparecía Fidel Castro en la pantalla del pequeño televisor. “Hijodeputahijodeputahijodeputa…”, recitaba su mantra en un susurro apenas audible, la garganta atenazada por la parálisis, los ojos inflamados con bríos de otros tiempos.

El señor era —porque ya falleció— parte de ese exilio lacerado, expropiado y humillado, que nunca perdonó, ni ha perdonado; ese exilio llamado con muchos nombres, que van desde “tradicional” o “histórico”, a “intransigente” y “reaccionario”; el exilio de los cubanos que recalaron en la extrema derecha, porque era ese el lugar más alejado de la cosa Castro y que allí se convirtió, naturalmente, en esa paradoja que son los hispanos republicanos.

Y yo, que no comulgo con esas rinconeras, entiendo sin embargo la frustración y tristeza que debieron trasegar esos cubanos; comprendo la rabia que todavía les nubla los ojos cansados, y digo que no tenían otra opción, que hicieron lo único que podían hacer.

Décadas después de que el bar de aquel hombre fuera decomisado, desmantelado y entregado a una turba que deshizo en unos días toda una vida de trabajo honesto, han seguido llegando desde Cuba oleadas —a veces cuantiosas, otras no tanto, pero incesantes— que trajeron el nuevo exilio, llamado también con muchos nombres.

Es oportuno mencionar que no hay nada que se pueda hacer acerca de los muchos nombres de nosotros los cubanos: dejamos de ser tan solo cubanos el día que nos dividieron en los de adentro y los de afuera, en desafectos y fieles, revolucionarios y gusanos, ellos y nosotros. Ahora, en estos tiempos de bruma, tenemos aun más matices y somos muchas más cosas que antes; no parece entonces estar a la mano el día en que de nuevo seamos cubanos, y nada más. Difícil tarea para una etnia que no es gregaria: la nación no nos une, solo nos identifica.

Decía entonces que ese nuestro exilio nuevo fue, y es, muchas cosas; cosas que, por supuesto, necesitaron nuevos nombres; nombres que van desde “marielitos” y “escoria”, a “balseros” y “regetoneros”; exilio de cubanos a los que nada se les quitó porque ya nada tenían. Exilio de otra índole. Exilio que abomina lo que fue, pero eso es todo. Y hay de todo en ese exilio fragmentado; no todo bueno, no todo malo y donde, para indiferencia de algunos y perplejidad de otros, hay partidarios de nada menos que el señor Donald Trump.

……

Trump en sí mismo no es mucho más que una caricatura de la caricatura: Rico MacPato disfrutando de una apoteosis de egocentrismo y libertad de expresión.

Su cuantiosa fortuna, su talento para navegar la turbulencia de las finanzas, su habilidad para sortear malos tiempos declarando bancarrota tras bancarrota, lo califican apenas como un hombre rico que adora el sonido y brevedad de su apellido, que nombra edificios y casinos —ya sea un pabellón de hospital en Queens o un rascacielos en Manhattan— como fiera capitalista marcando territorios con un chorrito de capital.

Hay en Estados Unidos de América muchos con mayor fortuna que Donald Trump. Unos son personajes con cierta vida pública, otros son casi desconocidos. Apenas algún acto de altruismo, la publicación de una de esas listas al estilo de “Los veinte más…”, o alguna aburrida nota sensacionalista, menciona muy de vez en vez el nombre de algunos de esos dueños del mundo, que viven su vida lo mejor y más discretamente posible.

Pero a Trump no le basta con la opulencia: necesita, además, notoriedad, y la busca con desespero, ya sea con un peinado estrambótico, un espectáculo televisivo, o desbarrando sobre algún tema de moda. En esa guisa, pues la política es su más reciente hobby.

La otra cara de esa moneda es una buena parte de la sociedad norteamericana —tan aficionada a Hollywood y la televisión— que con tanta facilidad se deja fascinar por lo banal: Katy Perry y Justin Bieber son las cuentas con mayor número de seguidores en Twitter; Kim Kardashian produce más titulares que el calentamiento global. Y Donald Trump, pues es la Kardashian de la política.

Trump no es entonces el problema.

El hombre es solo un fenómeno, un producto estacional de la sociedad de consumo consumidora de información rosa, roja y amarilla. Su discurso es inflamatorio, pero carente de sustancia. Dice lo que haría, ¡cuántos planes!, pero sin decir cómo piensa hacerlo, y lo aplauden a rabiar. Dice lo que muchos quieren escuchar, y casi lo pasean en andas. Sabe para quién habla, y dice entonces que Estados Unidos están colapsando bajo el peso de los migrantes ilegales y la baratija china; que el gobierno no sirve; que nada sirve; que él, sólo él, va a reconstruir a America the Great, y ese grupo le cree a pie juntillas.

El problema entonces, si es que hay alguno, son los que siguen a Donald Trump.

……

Los cubanos que siguen a Donald Trump, que son parte del problema. Y que son, además, un enigma a resolver.

Porque, vamos: que a Trump lo sostenga ese veinte y tanto porciento ultraconservador de la sociedad estadounidense, esa facción tan escasa en melanina como con frecuencia en materia gris, esa que rechaza la América plural, diversa y multirracial, que quizás quisiera regresar a algún momento del siglo XIX y evitar la arribazón de irlandeses hambreados y empobrecidos campesinos italianos, de judíos industriosos y gentiles plebeyos —por no mencionar a lo que llegó después: nosotros, los hispanoamericanos— y preservar así América para los americanos, o sea, para ellos; que sean esos los que apoyan a Trump es tan entendible como que aquel señor cubano de puños de hierro fuera un republicano de hueso colorado.

Pero que otros cubanos, emigrantes de la segunda ola, tan hispanos, tan latinos como el resto de los habitantes del continente al sur de Miami, vean un aliado en un xenófobo, supremacista, elitista e icono WASP como lo es Donald Trump, que se intenten sumar a un grupo que los mira de reojo, al que no pertenecen porque, simplemente, ahí no los quieren —o sí: solo para votar, y después por la puerta trasera, por favor— es algo que escapa a mi entendimiento de lo lógico.

El adversario de mi adversario no es necesariamente mi aliado. No es Trump el aliado de los cubanos, y mucho menos lo son los que lo siguen: esos passionate people que golpean a un mendigo tan solo porque es hispano, o que le gritan en la cara a un periodista mexicano-americano “Get out of my country!”, agitando un dedo admonitorio como si fuera un Colt PeaceMaker; si se presta atención se verá que se parecen demasiado a esos milicianos que atropellaban, decomisaban y humillaban, chillando desde atrás de un mostrador ajeno “¡Esto es en nombre de la Revolución!”.

La revolución —tan insensata— que siempre medra en las dudas más oscuras; esta vez, la revolución de Donald Trump: un aliado tan extraño como indeseable.


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