Actualizado: 24/09/2021 16:37
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EEUU, Florida, Educación

El asalto a la educación universitaria en la Florida

A propósito de la ley Civic and Debate

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Hace algunas semanas, la legislatura floridana votó a favor de la ley Civic and Debate, y el gobernador DeSantis la firmó. Dicha ley ordena a las universidades estatales a que compilen y archiven comentarios, tendencias y posiciones políticas de profesores y alumnos. De no hacerlo, las universidades perderían la financiación pública. Con ello, los promotores de la ley buscan, según han manifestado públicamente, detener el adoctrinamiento del estudiantado y promover la diversidad intelectual en las universidades, lo cual nos parece muy bien, solo que buscan en el lugar equivocado. En primer lugar, el adoctrinamiento político y la ‘batalla de ideas’ no están en las aulas universitarias floridanas sino en las redes sociales. En segundo lugar, ya existe un sistema de supervisión bastante rígido e intruso contra el profesorado universitario y a favor del estudiantado.

En primer lugar, los promotores de Civic and Debate erran al creer que el profesorado floridano tiene el poder —the power to— de adoctrinar al estudiantado. Quizás en otra época sí, pero hace muchos años que no. Hoy por hoy, ese poder está en manos de redes sociales como Facebook, YouTube, Twitter, Instagram. Es allí donde está la desinformación, el adoctrinamiento, el lavado de cerebro y la ‘batalla de ideas’. Y es allí donde una buena parte de la juventud de hoy se forma y deforma, consume y absorbe una cantidad de información tremenda, la excelente, la buena y la regular, y la mala y la pésima. Y sí, es probable que algunos profesores intenten adoctrinar, pero generalmente los profesores comparten con sus alumnos tres horas de clase a la semana como máximo, y luego esos alumnos se van a Facebook, YouTube, Instagram y Twitter a pasar una buena parte del resto del día sin asesoría de ningún tipo. Incluso, estando en el aula, los profesores impartiendo la lección y los alumnos, teléfono en mano, ojeando las redes sociales sin prestar atención a la lección. Muchos alumnos se sientan al final del aula, junto a la pared, abren sus laptops y se aíslan completamente de la clase. Entonces creemos que, bajo esas circunstancias, ni el más hábil de los profesores lograría lavar, ni siquiera remojar, mucho menos enjabonar, cerebro alguno.

En segundo lugar, los promotores de Civic and Debate erran al creer que los estudiantes floridanos están indefensos ante profesores-lavadores de cerebros. De hecho, los profesores universitarios en la Florida trabajan bajo un régimen de vigilancia y evaluación bastante riguroso y hasta humillante, en el que los estudiantes juegan un papel protagónico y donde además participan jefes del profesorado y padres de alumnos.

Los profesores son evaluados por sus alumnos, y por cada curso. Las evaluaciones son anónimas e incluyen cerca de 50 preguntas relacionadas con la calidad de la clase, la personalidad y profesionalidad del profesor, los temas tratados en la clase, lo que el profesor dijo o dejó de decir, los libros de textos y tecnologías utilizadas, la naturaleza de la relación profesor/alumno, y un largo etcétera. Las evaluaciones incluyen una sección donde los alumnos pueden expresar, por escrito y de forma anónima, lo que ellos piensan del profesor en cuestión. Muchos alumnos, la gran mayoría, expresan opiniones positivas y constructivas, dignas de ser consideradas y abrazadas por los profesores. Pero muchos alumnos expresan opiniones tan ofensivas que no podemos repetir aquí. A algunos alumnos no les basta con las evaluaciones, por lo que expresan sus opiniones —de forma anónima— en Facebook, Instagram, YouTube y Twitter, sin que el profesor se entere y pueda defenderse. Y está bien. Los alumnos tienen el derecho de decir lo que piensan. Incluso, tienen el derecho de hacerlo desde el anonimato, y no hay nada que los profesores puedan ni deban hacer al respecto

Cabe señalar que los estudiantes pueden escoger los cursos que deseen con los profesores que prefieran. Si hay un profesor que no les guste por cualquier razón, ya sea política, ideológica, religiosa, de género, racial e incluso personal, ¡pues pueden irse con otro profesor! ¡Están en todo su derecho!

La mayoría de los estudiantes son estratégicos: toman cursos solo con profesores que consideran amables y profesionales y que, según creen, les darían altas calificaciones y una buena carta de recomendación para un empleo o la escuela de leyes, medicina, y economía entre otras.

Las universidades tienen un sistema de apelaciones para que el alumnado se defienda de posibles arbitrariedades de ciertos profesores. Los alumnos también pueden acudir a la oficina del jefe de profesorado y del decano para exponer sus puntos de vistas y reportar conductas inapropiadas por parte de profesores. Encima de eso, las universidades tienen un senado estudiantil bastante temible, compuesto por estudiantes cuya labor es precisamente defender a los suyos, a los estudiantes. Ciertamente, la gran mayoría de los profesores prefiere no tener que lidiar con ese senado estudiantil. Lo evitan a toda costa.

Por el otro lado, los jefes de profesorado también evalúan a los profesores. Esas evaluaciones que los alumnos hacen son archivadas en un expediente. Sí, cada profesor tiene un expediente laboral, un cuéntame tu vida como en Cuba. Que se dice y no se cree. Entonces, cada año el jefe del profesorado se reúne con cada profesor, uno a uno, abre el expediente y lee las evaluaciones que los alumnos le hicieron. Luego ese mismo jefe de profesorado evalúa a cada profesor en lo académico; o sea, si el profesor realizó investigaciones, escribió y publicó ensayos y libros, si participó en conferencias y si, como en Cuba, aportó a la comunidad con trabajo voluntario. Además, el jefe del profesorado toma en cuenta cuántos alumnos aprobaron o suspendieron los cursos de dicho profesor; cuántos pasaron con calificaciones A, B, C, D y F. Y si muchos alumnos desaprobaron, y ello sucede más o menos continuadamente con ese profesor, el jefe de facultad puede concluir que el profesor, y no los alumnos, es el problema. Por lo tanto, puede que ese profesor no reciba aumento salarial; puede que sea amonestado verbalmente y/o por escrito (siempre en privado); puede que se le sea retenida la promoción; puede que sea destituido de, por ejemplo, profesor titular a asistente de profesor o profesor adjunto; y hasta puede que sea expulsado, lo cual sucede mucho más a menudo de lo que alguna gente cree.

Un punto importante a comentar es los libros de textos utilizados en las aulas, pues mucha gente considera que son instrumentos de propaganda, adoctrinamiento y subversión. Al respecto decimos tres cosas. Es cierto que los profesores son libres de escoger los libros para las asignaturas que imparten, pero la selección no es arbitraria sino bajo criterios académicos aprobados y establecidos por escrito, y pocos profesores, muy pocos, se atreven a violar dichos criterios. Arriesga reputación y carrera el profesor que utiliza un libro considerado propagandístico y subversivo. Sus colegas le mirarían de reojo en señal de protesta, lo rechazarían y, por tanto, lo aislarían como a un paria. No obstante, cabe preguntar: ¿quién decide si un libro es propagandístico y subversivo?

Entre otros factores, la calidad de un texto académico está dada por la bibliografía empleada, la cual debe cubrir no meras opiniones sino las teorías, definiciones y tendencias relacionadas con el tema central del texto. Libros y ensayos, antes de ser aceptados por las editoriales, son sometidos a un proceso conocido como peer review, el cual consiste en un grupo de usualmente tres colegas anónimos y a quienes los autores no tienen acceso alguno. Ojo, la palabra colega no quiere decir amigos, socios o compañeros. Es más, esos colegas suelen ser críticos implacables, más interesados en la crítica por la crítica, la destructiva. A veces, más que críticos, se comportan como burlones despiadados que disfrutan del choteo. De todos modos, esos tres colegas anónimos deciden si el texto reúne la calidad académica requerida para ser publicado, y solo entonces las editoriales deciden si publicarlo o no. Generalmente, libros subversivos y propagandísticos no logran pasar esa revisión, y es por eso que ese tipo de libro es usualmente impreso y distribuido por los propios autores, costeado con dinero propio. En cualquier caso, es solo una minoría de alumnos, diríamos que un 10% aproximadamente, los que leen textos académicos. Tampoco leen la prensa impresa ni la digital. Sencillamente no leen, ¡ni siquiera ven televisión ya! Lo que utilizan para aprender es Facebook, Instagram, YouTube y Twitter entre otras plataformas digitales.

En tercer lugar están los padres de los estudiantes. Hay que tenerlos en cuenta a pesar de que los alumnos universitarios son adultos, responsables de sí mismos. Muchos alumnos acuden a los padres para que intercedan ante algún problema con algún profesor. La ley federal Family Educational Rights and Privacy Act (FERPA) prohíbe a profesores y administración compartir información de los estudiantes hasta con los padres de éstos, pero alumnos y padres pueden solicitar una excepción, la cual nunca es negada. De manera que los padres de un alumno pueden exigirle a un profesor explicaciones sobre el porqué de una calificación mala, un trato injusto, algún comentario que no les guste o consideren inapropiado. Se sabe que los malentendidos ocurren y que es muy difícil satisfacer todos los gustos en un aula de, digamos, 50 alumnos.

En general, los profesores prefieren ser discretos y no ser centro de atención. El sistema los motiva a ir con la corriente y evitar controversias y problemas. Si un alumno dice que el comunismo es bueno, pues no se le contradice. Si otro alumno dice que lo mejor es el fascismo, igual. Ni se le contradice ni se le discute. Se le explica basado en la bibliografía, las teorías, estadísticas y ejemplos históricos. Parte del entrenamiento de los profesores es precisamente el intercambio de conocimientos sin entrar en discusiones ni llegar a la controversia. Es en parte por eso que creemos que la Civic and Debate no aporta nada que los profesores ya no sepan, acostumbrados como están a adaptarse y buscar formas de enseñar sin complicar las cosas.

En fin, es lógico que políticos y padres de alumnos piensen que hay profesores buenos y malos y mediocres, porque los profesores son tan humanos como los carpinteros y plomeros, médicos, ingenieros y políticos. Los profesores son tan humanos como los estudiantes y sus padres. Los profesores también tienen hijos. Todos tenemos preferencias, intereses y problemas que resolver. Y es cierto que hay profesores liberales, socialistas y comunistas en nuestras universidades. También los hay conservadores, neoconservadores, anticomunistas, racistas y pro confederados. Y los hay radicales y moderados, demócratas y republicanos, ecologistas y no ecologistas, porque hay de todo en la casa del Señor. Es por todo eso que creemos que los promotores de Civic and Debate, a pesar de sus buenas intenciones, hace rato que no visitan un aula universitaria en la Florida, quizás ni en Estados Unidos. No tienen idea de la naturaleza del estudiantado y del ambiente académico de hoy, y por eso la ley caducó el mismo día que la concibieron.


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