Actualizado: 02/08/2021 20:25
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Infraestructura, EEUU, Congreso

El bipartidismo toca a las puertas, ¿pero el Congreso será capaz de responder?

El presidente Biden no solo tiene que enfrentar el extremismo de derecha, sino también el de izquierda

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Tras seis meses de la presidencia de Joe Biden, surge la esperanza de un regreso a la época de los acuerdos bipartidistas, entre miembros de los dos partidos de ambas cámaras del Congreso. Pero, un momento, aún no es tiempo de cantar victoria: a ambos lados del espectro político, figuras como Mitch McConnell y Nancy Pelosi se están esforzando para que ello no ocurra; y sus empeños tienen que ver más con su supervivencia política que con el destino de la nación.

En momentos en que la politización extrema parecía dominar el panorama político en Washington, ha surgido la posibilidad —por parte de senadores centristas y con el apoyo presidencial— de impulsar un plan para renovar la infraestructura de la nación. Algo tan necesario que basta con algunas cifras para ilustrarlo. Según la asociación de ingenieros civiles, el 43 % de las vías están en malas condiciones, mientras el 42 % de los 617.000 puentes tienen al menos 50 años. Un 7,5 % de ellos son estructuralmente deficientes. El país más rico del mundo desciende al puesto 13º cuando se valora la calidad de sus infraestructuras, de acuerdo a la información del diario español El País.

Poner en marcha un plan de tan largo alcance solo llegaría a ser posible gracias a una paradoja política: la división 50-50 en el Senado ha servido para que la fracción centrista de ambos partidos adquiera un mayor poder de negociación, algo no previsto por quienes han buscado definir en los extremos la política estadounidense en los últimos años. Sin embargo, dicha situación tiene en su contra a quienes buscan continúan alimentando sus aspiraciones y objetivos mediante la confrontación y no el diálogo, con independencia del signo ideológico que defiendan.

“Lo más importante es mantener la palabra. Mitt Romney nunca me ha fallado en cumplir su palabra empeñada. La senadora de Alaska, la senadora de Maine, nunca han roto sus compromisos verbales conmigo. Son amigos”, dijo el presidente Biden después de reunirse con el grupo de senadores y anunciar el acuerdo sobre el plan de infraestructura, que aún requiere la aprobación del Congreso en pleno. “Hoy me he reunido con personas en las que confío. No estoy de acuerdo con ellas en todo, pero confío en ellas”, agregó.

Para el logro de acuerdos bipartidistas, el presidente Biden no solo tiene que enfrentar el extremismo de derecha, sino también el de izquierda. El respiro que hasta ahora le habían brindado los elementos más progresistas e incluso radicales de su partido ha terminado.

En la medida en que reformas más profundas, como la legislación electoral, la reforma policial y otras prioridades importantes de los llamados grupos liberales, han topado con el bloqueo republicano en el Senado, los activistas han dejado de elogiar la agenda y las tácticas de Biden, y si por un tiempo omitieron mencionar su nombre cuando expresaban sus preocupaciones, ya la “luna de miel” ha concluido.

Por ello han aumentado los llamados a la utilización de decretos presidenciales para imponer una agenda sin necesidad del apoyo legislativo. Sin embargo, continuar por esa vía es un error, que amenaza con cierta paralización en las directivas nacionales y un avance y retroceso (no importa el signo ideológico) dominados por la confusión. El país es presa de una crónica inestabilidad, política y legislativa.

Decretos presidenciales donde predominan el inmediatismo, mientras se vive entre la excitación y la inercia.

¿Qué sentido tiene tener un presidente que cambie todo o gran parte de lo realizado por el anterior, mientras teme y espera que quien le suceda haga lo mismo con él?

Desde hace unos años asistimos a un proceso de implantación de un totalitarismo invertido, como una forma perfeccionada del arte de moldear el apoyo de los ciudadanos sin dejarles gobernar. Vivimos sumergidos en la creación de una ciudadanía militante y apática al mismo tiempo, que se pierde en la vocinglería de luchas culturales mientras olvida o desprecia la mirada hacia los verdaderos problemas sociales. Miembros prominentes de ambos partidos han encabezado este esfuerzo.

Por ello resulta esperanzador este rebrote bipartidista dentro del republicanismo. Y los demócratas cometerían un grave error si no lo apoyan a plenitud. Basta ya de extremismos. Es la hora de buscar la cordura política.


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