Actualizado: 19/10/2017 11:37
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El candidato republicano

Hoy los estadounidenses deciden si el país continúa por la senda del progreso o se hunde en el oscurantismo, la discriminación y los abusos a partir de la llegada de Donald Trump

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Una mala interpretación ha recorrido toda la campaña electoral estadounidense hasta hoy, día de las elecciones, y es que Donald Trump no representaba realmente los valores republicanos actuales, que fue un candidato admitido a regañadientes por el establishment de dicha agrupación política, y que sus ideas y forma de actuar se alejan de sus ideales. Falso, mentira, pura hipocresía. Existen diferencias claves con destacadas figuras republicanas, como rasgos de personalidad y conductas a distinguir. Pero hoy por hoy, Trump es el resultado evidente de lo que se ha convertido el Partido Republicano.

En la actualidad el magnate inmobiliario no es solo quien mejor representa al Partido Republicano, sino es su producto más puro. Este ahora famoso monstruo lo crearon aquellos miembros de la familia Frankenstein, que al verlo rugir retrocedieron lanzando alaridos o se refugiaron con sus plañideras, y también los otros, que gritaron entusiasmados a su lado, o los que dijeron que no, que la abominación se limitaría a balbucear y ellos terminarían por dominarlo.

Los inicios del mal

El mismo año que el expresidente George W. Bush entró de lleno en la contienda electoral que le permitió la reelección, estaba resurgiendo con fuerza el debate entre el pensamiento conservador tradicional y los principios propugnados por los neoconservadores. El triunfo de Bush, su enorme “capital político” conquistado —que por otra parte lo llevó al fracasado intento de reformar el sistema de seguridad social— y la victoria de los republicanos en el Congreso actuaron de amortiguadores de ese debate.

Luego se inició una larga cadena de escándalos, fracasos nacionales e internacionales que barrieron con ese “capital político” y surgió la crisis financiera que, en última instancia, hizo posible la victoria del presidente Barack Obama, quien por otra parte se convirtió en el mejor representante del ideal conservador en Estados Unidos.

La llegada a la Casa Blanca de Obama fue el inicio de dos períodos presidenciales donde el republicanismo —con mayor o menor suerte en dependencia de los resultados alcanzados durante diversas elecciones legislativas— se empeñó en hacer todo lo posible para que el mandatario no pudiera lograr nada.

El resultado ha sido ochos años de avance limitado en diversos aspectos pendientes de la labor del Congreso, pero en los que el país ha salido de la “Gran Recesión” y ha mantenido un crecimiento económico y una disminución del desempleo sostenibles durante más de dos años.

Si bien en la actual etapa hay un disgusto generalizado en la ciudadanía con la ineficiencia de los políticos en Washington, nadie debe confundir este malestar con una insatisfacción generalizada, como demuestran los elevados índices de aprobación del actual mandatario.

Es posible que alguien no esté de acuerdo con esa lectura, pero antes valdría la pena descartar si con anterioridad no se ha dejado influir por lo que queda en el dial de las llamadas voces del exilio de Miami —en una vetusta cafetera radial casi perdida— o si con mejor suerte ha encontrado una veleta para orientarse en cualquiera de los sitios de arrebatados y descabezados que la ultraderecha estadounidense multiplica en Internet.

Conservadores y exaltados

Por años el debate conservador se situó entre los que se mantenían fieles a la idea de enmendar la sociedad civil, mediante un ajuste de acuerdo a las circunstancias imperantes en cada momento, y quienes buscaban una contrarrevolución revanchista. Lo que por un momento se vio como la vuelta a una sociedad conservadora —que superara de forma definitiva la época de la contracultura y los enfrentamientos con el establishment— terminó en un movimiento destinado a destruir todas las leyes, principios y normas que llevaron a la creación de una sociedad con servicios de seguridad social, asistencia pública y beneficios para los más necesitados, y volver al ancien régime, la época del capitalismo salvaje de la década de 1920. Pero lo que es aún más llamativo, la nominación de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos por un Partido Republicano cuyos líderes —con una cobardía solo comparable a su incompetencia— se plegaron servilmente incapaces de proponer una mejor opción, solo ha servido para acelerar la necesidad de refundar un partido que no solo tire por la cuneta el aventurerismo, la demagogia y el populismo de figuras como Trump, sino que devuelva la decencia elemental que debe caracterizarlo. Aún en el Partido Republicano sobreviven apenas figuras capaces de rescatar a esa necesaria agrupación política de la ignominia en que la ha colocado un grupo de cobardes y demagogos.

Desde hace años, ese Partido Republicano necesita de una valoración de sus objetivos y prioridades, y al mismo tiempo liberarse por completo del control que sobre él ejerció —y en parte sigue ejerciendo— la ultraderecha sureña, en especial en su vertiente más reaccionaria, dominada en buena medida por los diversos grupos y sectas evangelistas. Dos factores influyeron —y mantienen su vigencia dentro de un sector de la población norteamericana— en la adopción de esta ideología reaccionaria, que entre otras características muestra una gran pobreza intelectual.

Uno es que el rechazo a las políticas de welfare, que se profesa en determinados sectores de la sociedad estadounidense, trasciende la política y la ideología en su sentido estrecho. Tiene implicaciones diversas, desde raciales hasta el cimentarse en la creencia nacional de que cualquier persona puede ser un triunfador. Analizar dicha creencia —cuánto hay de realidad, cuánto de mito— implica desde cambios en la inmigración que ha estado llegando a esta nación en los últimos cincuenta años hasta la existencia de una serie de estereotipos establecidos desde hace años.

Otro es que el problema no radica solo en que los neoliberales y libertarios abandonaron el ideal del conservadurismo, en cuanto a movimiento político de corrección y no revolucionario, sino en que también los postulados de lo que podría denominarse el sector tradicionalista dentro del Partido Republicano se convirtieron en caldo de cultivo del populismo.

En la actualidad el tradicionalismo es más una reacción a la fragmentación y la inseguridad de la sociedad capitalista postindustrial que un movimiento con gran alcance. Más allá de la sinceridad de una parte de sus miembros, las apelaciones políticas a la familia y los valores tradicionales, dichos postulados no pasan de ser pura demagogia política.

La explicación es sencilla, ya que no se puede apelar constantemente a estos valores en una sociedad donde imperan no solo el consumo sino la frecuente movilidad laboral, por no hablar del desempleo.

Ambigüedad y demagogia

Todo esto ha tenido como consecuencia que un conservadurismo vulgar, vocinglero y altisonante ha pasado, en muchos casos, a ocupar la primera fila de la oposición al actual Gobierno demócrata, en especial en el rechazo a la reforma de salud. Lo peculiar es que para las manifestaciones y protestas son utilizados con frecuencia quienes se benefician con planes como el Medicare, que en su momento fue catalogado por algunos conservadores como el “caballo de Troya del comunismo” en este país. Demagogia y engaño que han dificultado o impedido un debate profundo sobre un plan de salud para todos los residentes de este país.

Como el candidato republicano Donald Trump no ha estado interesado nunca en formular un cuerpo ideológico coherente de su programa política, la ambigüedad ha sido utilizada en su provecho. Así es fácil encontrar entre los partidarios de Trump aquellos que por sus declaraciones antisistema suelen colocarse más cerca del anarquismo que el capitalismo; exiliados cubanos que parecen añorar el deslumbramiento por el caudillo y que ahora son fanáticos del empresario de Nueva York, que imaginan pero desconocen por completo; estadounidenses con una resistencia tradicional a formar parte de un gran país; y cazadores de dinero de todo tipo que por lo general terminan en la ruina o la cárcel. Esto para enumerar unos pocos.

Esa rendición irracional ante el poder, sea el de un dictador, un millonario o alguien con capacidad para contratar o disponer de un sistema de seguridad que puede manejar a su antojo, ha tenido consecuencias nefastas a lo largo de la historia.

Dicha fascinación trasciende las fronteras ideológicas y la afinidad totalitaria, a la que se podrían agregar especificidades políticas más precisas históricamente, va más allá de las agrupaciones, para ser no solo contraria a los partidos políticos, tradicionales o no tradicionales, sino convertirse en una muestra de rechazo al sistema democrático, con el que por otra parte quienes se alzan en contra aparentan simpatizar; es más, pretenden presentarse como sus abanderados.

Cobardía y líderes republicanos

Lo que está a prueba hoy martes 8 de noviembre es la capacidad electoral de los estadounidenses. Al emitir su voto, millones de ciudadanos de este país deciden de acuerdo a sus verdaderos problemas. Cuando se analiza el proceso electoral estadounidense en su totalidad, se reafirma su eficiencia.

La llamada a las urnas en Estados Unidos no es para juzgar la popularidad de Miley Cyrus. A diferencia de Cyrus, Trump no es extravagante en su imagen —del cuello para abajo— sino en sus palabras, pero igualmente busca el mismo efecto: pavonearse y llamar la atención.

Lo peor de esta campaña presidencial en EEUU no ha sido Trump. Han sido arribistas mojigatos al estilo de Paul Ryan y Reince Priebus; aspirantes presidenciales cobardes como Marco Rubio y Ted Cruz; fanáticos en que es difícil discernir la ignorancia del extremismo y el placer simple de “decir cualquier cosa”, como nos acostumbró Ben Carson; y simples groseros a la hechura de Chris Christie. El Partido Republicano requiere una transformación total para poder brindar mejores figuras a sus partidarios y a los electores de esta nación en general.

Este país no está en crisis, ni económica, ni política ni social. Estados Unidos hoy no es la Alemania de 1933. Existen diferencias raciales, discriminación y diversas formas de odio. Sin embargo, no hay arraigada una xenofobia que dé paso al crimen, generalizado en toda la nación. Precisamente a dar aliento a esos sentimientos es lo que intentó Trump y fracasó durante su campaña.

Lo que existe es un estancamiento en las leyes, creado por los republicanos, que se refleja en el obstruccionismo que han ejercido en el proceso legislativo, tanto cuando eran minoría como al lograr la mayoría en el Congreso. Ello ha llevado a la percepción de que en Washington nada funciona y nada se logra.

De ello no hay mejor ejemplo que la imposibilidad de sacar adelante una reforma migratoria. Una ley que no tenía que haber quedado en el limbo, para que Trump intentara aprovechar ese vacío en su campaña. Como tampoco tenía que haber quedado sin cubrir la vacante en la Corte Suprema, ya que se sabía que Barack Obama, como lo hizo, propondría para el cargo a una figura neutral, alejada de los extremos. Pero no, los republicanos no quieren para la Corte Suprema un magistrado equilibrado, sino a un ideólogo fiel al extremismo que se ha apropiado de dicho partido.

El problema del Partido Republicano, al favorecer tales posturas extremas, es que estas llevan inevitablemente al fin de ese republicanismo que Ryan y Priebus dicen representar. Si Trump llega al poder, ellos serán barridos por el monstruo que ayudaron a crear.

En Estados Unidos se tiende a asociar al populismo con la izquierda, debido al ejemplo latinoamericano. Pero basta mirar a Europa para recordar que también hay un populismo de derecha y de ultraderecha.

El peligro del fascismo

En el caso de que el candidato presidencial republicano tenga realmente interés en combatir los “problemas” de EEUU que ha señalado a lo largo de su campaña, sus respuestas o soluciones son simplemente las de un partidario del fascismo, así de simple.

Por ejemplo, la propuesta de Trump para combatir lo que él considera un grave problema migratorio solo puede llevarse a cabo mediante la fuerza.

Un plan que no busca exclusivamente redactar nuevas leyes y medidas, y expulsar a millones, sino también cambiar la Constitución: modificar la Enmienda 14 para revocar la “ciudadanía por nacimiento”, otorgada sin importar el estatus migratorio de los padres.

En noviembre de 1938 Alemania conoció la “Noche de los Cristales Rotos”. Millones fueron privados de su nacionalidad y expulsados del país. Puede pensarse que es un ejemplo exagerado, lejano en el tiempo y la geografía. No es así.

En República Dominicana una disposición constitucional del 2010 considera que la ciudadanía radica en la sangre y no en el lugar de nacimiento. Millones de haitianos, residentes por décadas en el país, han sido declarados “visitantes de paso”. No importa si sus orígenes se remontan a una fecha tan lejana como 1929. Tienen que inscribirse como extranjeros los que nacieron en ese pedazo de isla caribeña, de padres haitianos con un status inmigratorio irregular.

Así que cuando Donald Trump habla de restablecer la “grandeza americana” no está pensando en ese pasado idílico, con el que pueden estar soñando algunos de sus simpatizantes, sino intentando crear un panorama mucho más tétrico, y ajeno por completo a la tradición y la historia estadounidense.

Lo que hace más alucinante esa propuesta no se limita a lo disparatado de las “soluciones” sino es también irreal en sus premisas: ¿dónde está la crisis migratoria y de protección de fronteras?

Los indocumentados se han reducido en cerca de un millón durante los últimos años, según el Pez Resecar Center. La seguridad fronteriza es la mejor en mucho tiempo. Los cruces ilegales en la frontera con México están en su nivel más bajo en dos décadas, de acuerdo a un análisis de The Washington Post. Este Gobierno es el que más inmigrantes ilegales ha deportado.

Por supuesto que cifras y hechos no sirven para curar los trastornos emocionales. Trump apela a convencer no con datos sino con exabruptos, y hay quien se divierte con ellos o se identifica con los mismos. El peligro no solo radica en sus aspiraciones presidenciales, sino en que la notoriedad de su campaña puede alentar los sentimientos en contra de los latinos o los extranjeros en general, y desembocar en delitos de odio.

El sueño de la razón produce monstruos, pero más aún los crea la sinrazón. Para comprender a Trump y a los que votan por él no hay que leer tratados políticos, sino contemplar los grabados de Goya. Y ver también algunas cintas documentales sobre lo que ocurrió en Alemania e Italia, lo que llevó al fascismo y al nazismo.


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