Actualizado: 19/10/2017 11:37
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Delito, EEUU, Obama

El crimen… ¿paga?

¿Qué es más beneficioso para la sociedad: un sistema que castigue con venganza y sin clemencia al culpable u otro que ayude a rehabilitarlo?

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La reciente visita del presidente Barack Obama a la prisión federal de Reno en Oklahoma, no es un hecho aislado, sino otra señal de que el Presidente quiere dejar, como su legado, la reforma del sistema de la justicia criminal en el país. Es la primera vez que un presidente en funciones visita una prisión federal.

Y es que Estados Unidos, la nación de la libertad, es el país con mayor número de presos en el mundo. Unos dos millones doscientas mil personas, casi el 25 % de la población carcelaria universal.

La causa más horrible de este fenómeno, fue el nacimiento de las “prisiones privadas” durante el gobierno de Ronald Reagan en los ochenta, cárceles que crecieron muy saludablemente después bajo Bill Clinton y hasta hoy, en una industria cuya materia prima es el castigo. Así, el sistema carcelario se convirtió, gracias al espíritu empresarial, en una suculenta promesa comercial. Hoy en día Geo Group y Corrections Corporation of America (CCA), dos grandes corporaciones de cárceles privadas, incluso cotizan en la bolsa.

Corrections Corporation of America, en su arrogancia por la ganancia, llegó a proponer en 2012 a gobernadores de 48 estados comprar prisiones públicas si firmaban un contrato que les garantizara un 90 % de ocupación durante 20 años, si no, los estados tendrían que pagar por las mazmorras vacías. Las gobernaciones rechazaron la propuesta, pero en el estado de Arizona, tres de las prisiones de CCA han logrado acuerdos con el gobierno para que le garanticen una ocupación del 100 %. Algo parecido sucede en Louisiana, Oklahoma y Virginia[i]. Es fácil imaginar el posible nexo entre este tipo de acuerdos y la saturación de algunas cárceles.

Otra causa importante han sido las “condenas mínimas obligatorias”, un estricto código que no dejó a los jueces en los últimos años mucho espacio para sentenciar según su criterio y mostrar, cuando fuera justo, la clemencia necesaria. Esas tercas reglas de condenas fueron implementadas bajo el gobierno de Bill Clinton, quien ha reconocido su papel en el problema de la superpoblación penal[ii]. En los 90, las cárceles privadas tuvieron un impulso notable con la demanda de espacio para los convictos que no cesaban de llegar.

Estos dos elementos perniciosos ––junto a votantes que consideran que mientras más se castigue al criminal menos crimen hay–– han provocado decenas de miles de condenas absurdas y desproporcionadas, convirtiendo la justicia criminal, en demasiadas ocasiones, en un indeseable crimen social.

Robert Graves, había sido sentenciado a muerte por asesinato, cumplió 18 años de cárcel, 16 de ellos en confinamiento solitario. 6.640 días. La celda era de dos por tres metros y medio. Graves no era culpable. Fue exonerado de su condena.[iii] “Te rompe la voluntad de vivir… hasta que no sabes ya quién eres”, declaró Graves ya en libertad. La Unión de Libertades Civiles Estadounidense (ACLU) estima que hay diariamente 80.000 prisioneros en celdas de confinamiento solitario.

La mayor cantidad de condenados a largas sentencias por crímenes no violentos en Estados Unidos son los negros y los hispanos. 85 gramos de droga te pueden costar 15 años. Y respecto al sistema judicial se comenta: no siempre gana la verdad, sino el abogado más caro. Existen dos dichos populares para los condenados a prisión en Estados Unidos. Uno, que se van a vivir casi a “hoteles de lujo”, y otra reza así: “Enciérralo, tira la llave y olvídate de él”.

Habría que preguntarse ––sin renunciar a las bondades de un sistema penitenciario que aparte al delincuente–– qué es más beneficioso para la sociedad, un sistema que castigue con venganza y sin clemencia al culpable, u otro que ayude a rehabilitarlo.

Esa parece ser otra vertiente de las reformas al sistema de justicia criminal que se perfilan. Y Barack Obama parece no estar solo en el empeño. Miembros de ambos partidos y diversos factores económicos y sociales caminan en la misma dirección.

Para la absurda empresa carcelaria privada, que a veces gana millones manteniendo a los reclusos con lo mínimo, el crimen es una bendición porque les paga. Pero no para la sociedad. Estados Unidos tal vez se encamine ahora, mediante estas reformas, hacia un futuro en que la rehabilitación, condenas proporcionadas y la fiscalización del negocio carcelario, sustituyan a la sorda y oculta injusticia en este triste mundo de crimen y castigo.



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