Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Venezuela, Maduro, Chávez, La denuncia de hoy

El eje bolivariano

Son neocomunistas, pero sus métodos son viejos, de los tiempos de Vladimir Lenin

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La situación en Venezuela se hizo más crítica el pasado 12 de febrero, cuando una multitud de estudiantes salió a las calles en distintas ciudades del país para pedir la libertad de varios de sus compañeros antes detenidos, así como para protestar por el desabasto que asola aquella nación, la carestía de la vida y el aumento de la criminalidad.

El mandatario venezolano, Nicolás Maduro, reemplazo del fallecido Hugo Chávez e hijo putativo de este y de Fidel Castro y otrora estudiante de la Escuela Superior del Partido Comunista de Cuba “Ñico López” de La Habana, desde que tomara la presidencia hace un año, ha actuado como tal: como el hijo fiel que cumple las órdenes de un padre, o de dos. Como el hijo parcializado, enceguecido por el amor a sus dos padres. Es decir, sin pensamiento propio. Así, tuvo a bien recibir el barco medio hundido que era Venezuela cuando tomó el poder, sin reparo alguno para terminar de hundirlo. No hay que tener una mente privilegiada para concluir que Maduro ha sido utilizado por Castro y Chávez: cándido, aceptó la estafeta del espíritu numantino de aquellos dos para terminar de sepultar a su tierra. O sea, más claro: la culpa de los males que hoy sacuden a Venezuela no es de Maduro, sino de Chávez. Y antes, de Fidel Castro, quien sembró en el fallecido gobernante ese asunto del antiimperialismo, el florecimiento del comunismo y el quehacer de cacique, entre otras virtudes. Claro, alguien podría observar entonces que Hugo Chávez no era tan despierto de intelecto si se dejó inocular por Castro el virus de una doctrina perdida. Robot a las órdenes de sus mentores, Maduro ha heredado o ha querido heredar, entre otros rasgos de su predecesor, la ofensa cotidiana contra sus oponentes, el peor vocabulario de barrio, la humillación para quien sea de sus adversarios y adversarias, de lo cual se ha hecho eco su grupo élite compuesto por personas con nombres y apellidos raros y la mayoría con aspecto de bolcheviques redivivos. Y eso tiene un precio: las heridas que abre la lengua, dice el refrán, no sanan nunca.

Inmediatamente después de los sucesos del 12 de febrero —donde murieron tres personas y más de 60 resultaron heridas— el llamado “eje bolivariano” —los neocomunistas latinoamericanos que han ascendido al poder mediante elecciones democráticas— se han pronunciado a favor de Nicolás Maduro, en contra de los estudiantes y en contra de la verdad documentada en innumerables fotos y videos, donde ha quedado claro el actuar pacífico de los estudiantes y otros manifestantes, y el ensañamiento de las fuerzas del orden y los piquetes chavistas.

Son neocomunistas, pero sus métodos son viejos, de los tiempos de Vladimir Lenin. Los que, luego del enclaustramiento que padecimos en Cuba, al fin logramos tener acceso a la verdad, nos enteramos de que el revolucionario ruso era un asesino impiadoso que justificaba sus crímenes en pos de la Dictadura del Proletariado. Y un gran manipulador, un gran mentiroso, un tipo sin escrúpulos. Y así actúan hoy sus tísicos seguidores en América Latina.

De este modo, sobre los sucesos del 12 de febrero en Venezuela, ha declarado el gobierno de Argentina “su firme respaldo al gobierno constitucional elegido por los ciudadanos de dicho país [Venezuela] y alerta sobre los evidentes intentos de desestabilización que enfrenta el orden institucional en el país hermano”. El de Bolivia: “solidaridad con el pueblo venezolano” y “el total apoyo de la democracia en Venezuela”. El de Cuba, condena “los incidentes violentos, que ocasionaron muertes, decenas de heridos, ataques a instituciones públicas, quema de vehículos y destrucción, organizados por grupos fascistas” y afirma que todo obedece a “intentos en desarrollo de golpe de Estado en Venezuela”. El de Ecuador condena “los actos de violencia y vandalismo producidos por elementos irresponsables de la oposición” y hace saber su “total apoyo” al presidente Nicolás Maduro. El de Nicaragua: “Rechazamos la política de odio y destrucción” que promueve la “derecha fascista” de Venezuela “y nos solidarizamos en cariño y hermandad con Nicolás y su pueblo”. Y, como si fuera poco, declara el Partido Comunista de Chile que la oposición en Venezuela “conspira para llevar a cabo un golpe de Estado”.

Bueno, estas declaraciones son tan nauseabundas, tan elementalmente infames, que quienes las lean creo que solo tiene dos opciones: reírse o pasar la página. Sucede que estos muchachos del neocomunismo al parecer han olvidado que ya no estamos en la época de Lenin: ahora hay internet (excepto para el ciudadano promedio en Cuba), cámaras digitales, máquinas de video, y en fin, un planeta comunicado al instante.

Como le es común a esta sífilis extemporánea, los gobiernos antes citados no aportan ni una prueba para calzar lo que dicen. Y elemental: sabemos que nadie podría pensar que un golpe de Estado o la organización de este se fuese a dar a plena luz el día, por medio de estudiantes que se expresan con toda franqueza y de manera multitudinaria. O tal vez el eje bolivariano quiere hacernos creer que estas manifestaciones, tan justificadas, tienen el propósito de crear las condiciones para un subsiguiente golpe de Estado. La preguntas es: ¿tan débiles son que esto sería posible? Cínicamente infantil lo declarado por el eje bolivariano. Como igual de cínico resulta tildar a los estudiantes de “fascistas” y acusarlos de intentar desestabilizar a un país ya desestabilizado por sus maldicientes, procaces gobernantes. Y la pregunta: ¿desde cuándo se viene haciendo el caldo de cultivo en Venezuela para que hoy, así de pronto, constatemos que existen cientos de miles de “fascistas”? Y otra: ¿tendremos que admitir que al menos, al menos, la mitad de la población venezolana es fascista, como nos quisieron hace creer en las pasadas elecciones presidenciales?

Nada, que cada día los argumentos de los nuevos comunistas latinoamericanos son más débiles, y más sucios, y más risibles. Ya no saben qué decir. Repiten el mismo cliché ante cualquier “amenaza” por débil que esta sea. Dan pena.

Pero, lo que considero más importante es que, así como van, cada día pierden más crédito ante la opinión pública internacional. Se acercan a la agonía. Patalean en el absurdo y la inmoralidad. Nadie con un poco de decencia les presta oídos.

Ya ven. Así van las cosas.


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